Trump: el contramasaje

Hay días en que la política parece —como siempre— una «organizada» sesión de prensa. Y ya. Pero también hay días en que podría ser una conferencia de prensa… sin prensa. Desde los 60, el gran Marshall McLuhan —teórico de medios canadiense, quien apabulló con praxis profética la red de redes y su aldea global— pautó la reflexión hacia la tele, y subsiguientes pantallas, como vehículos que modifican formas de pensar. Y más. Es así como escribió aquello de: «el medio es el mensaje»… y, en uno de sus juegos retóricos más ricos, llegó a decir: the medium is the massage. El medio es el masaje. Lo que relaja hasta hipnotizar —sugestionar, seducir, cautivar—… y vaya. Así, Washington recién agregó una variable: el veto es el mensaje. El baneo, como dicen los jóvenes contemporáneos.

La Casa Blanca de Donald Trump —y su equipo de prensa— decidió sacar de sus instalaciones a CNN, MS NOW y Politico. No por falta de espacio, al parecer. El ya manido argumento presidencial del fake news… ampulosa ficción, mentiras, o cobertura magra, ya dilató. Los tres conglomerados mediáticos llevaron el asunto a los tribunales el lunes 21 y alegan violaciones a la Primera Enmienda de su Constitución.

Luego apareció el detalle agudo. Mientras CNN tenía asignada la cobertura del pool —o colectivo— de transmisión presidencial para ese día… todas sus consolas se fundieron a blancos y a reset. ABC, CBS, Fox y NBC muy bien podían sustituirla. Pero no lo hicieron. Las cinco cadenas —incluida CNN— suspendieron la cobertura conjunta del presidente… allá su metraje y, peor, su imagen. El público podía ver el helicóptero. Podía oír —mal y de lejos— al helicóptero. Pero no necesariamente podía escuchar al presidente.

Es una escena casi macluhaniana. El presidente estaba allí. La cámara también. Pero faltaba el medio… Y, cuando falta el medio, hasta la realidad comienza a tartamudear. Y emergen recursos de carácter —perdón— bien goebbelianos: Trump TV.

La Casa Blanca sostiene que el acceso de medios es a discreción… ya que existen «razones de seguridad». Oquéi. El problema es que «discrecional» no significa necesariamente según me guste —o no— lo que escribes. Desde hace décadas, los tribunales gringos han intentado mitigar algo de humo en esa pequeña fiesta de sótano casi preparatoriano. En 1977, el caso Sherrill-v-Knight estableció límites para negar credenciales a periodistas. Y en 2018, durante el primer mandato de Trump, el caso de James «Jim» Acosta —acucioso reportero de CNN, de padre cubano— volvió a poner sobre la mesa el proceso y la ausencia de reglas claras para retirar una «acreditación» hacia el ala Oeste de la Blanca mansión del número 1600 de la avenida Pensilvania, allí en el Distrito de Columbia.

Los corresponsales de la Casa Blanca no son una ocurrencia de CNN. Ese sistema de pool, que permite repartir cámaras, periodistas y espacios para cubrir al presidente, se remonta a las belicosas jornadas de Franklin Roosevelt. Y hay razones prácticas: no caben todos en el avión presidencial, ni en la Sala Oval o en determinados actos. Unos entran, trabajan, y comparten el material con los demás. Así nació una pequeña paradoja democrática. El poder requiere al periodista. Luego, el periodista necesita acceso al poder. Y el ciudadano necesita a los dos. Porque el presidente podrá hablar. Pero alguien tiene que preguntar, ¿no? Ha de haber constrastes. Y hay quien tiene que escribir lo que ocurrió cuando el president e terminó de hablar.

Eso explica la rampante escena dialéctica de aquel lunes: Fox News junto a CNN. Los dos medios por donde normalmente rasguñan los platos ideológicos encima de la mesa… decidieron —por una vez— no reemplazarse. El Washington Post se sumó reteniendo fotografías presidenciales. El New York Times hizo lo propio. Los enemigos naturales descubrían una fraternidad profesional. Y eso no es poca cosa.

Desde Nixon y Watergate, hasta Clinton y Lewinsky —para sobrevolar a Reagan y las tragicomedias de histrión en una Casa Blanca pletórica de prensa— presidentes y medios han tenido sendos encontronazos. Se sabe. El poder nunca ha amado, del todo, al espejo transmisor. Pero una cosa es pelear con el espejo —como la Alicia de Carroll. Y otra es decidir quién puede entrar a la habitación… y quién no. Quién ocupar las dos primeras filas, marcadas como VIP. Porque así están marcadas.

Y aquí resurge el entramado de estos años: fake news. Quizá —ahora sí— habrá que cambiar una palabra. Fiction News. Porque la ficción, cuando está hecha con pasión, no pretende engañar, más bien quiere revelar. Gabriel García Márquez, antes de ser el Gabo de sus Arcadios amarillos, hizo periodismo. Hoy, un pesado volumen blanco con verde se desencarama de mi librero: sus Textos costeños. Él sabía que contar una historia no es inventarla. Significa encontrar la forma en que el lector entienda —a su manera— lo que acaba de suceder.

Por eso el problema comienza cuando el poder quiere escribir también la noticia. Su Lucha… amén al Mein Kampf del norte. Entonces ya no sabemos si se está frente al mensaje, o en el medio… o ya subyugados al —irresistible— masaje. Una cosa es que un Gobierno guste contar su versión. Otra, bastante distinta, es que quiera escoger quién puede contar la historia. Y qué moment(um).

Para las elecciones intermedias se gira ya en noviembre. Es justo cuando más importa saber quién está hablando, quién pregunta y quién observa. ¿Locura o deseo? McLuhan probablemente habrá sonreído. Pero quizá habría preguntado algo mucho más incómodo: ¿…y, de todos ustedes —pools— quién está sosteniendo la cámara? Y hacia dónde. Un gran mapa se les tiñe de azul más que de rojo. Al parecer.

Deja un comentario