No hay conmoción entre dos que rompa moldes como un abrazo. De padres a hijos, de parejas a la hora de dormirse, del reencuentro entre amigas, de un familiar que recibe a otro tras una larga ausencia, de deportistas que comparten el triunfo. El cuerpo siente la potencia y el prodigio del otro, la piel se agita, el espesor de cada músculo convulsiona. «Jesús regala abrazos», dicen los creyentes. Hasta podría decirse que hay un abrazo para la gratitud, la formalidad, el respeto traducido en cariño cuando se hace cara a cara.
Ese abrazo denota el estado del otro tanto en la manera como en la energía: hace sentir al alegre, al deprimido, al distante, al enfermo. El abrazo fraternal. Descubre al huesudo o al excedido en descuidos alimenticios. Y está el otro abrazo, el que va por la espalda, el del rodeo que aprieta la cintura: el «caracol del abrazo» en palabras de la poeta Piedad Bonnett. «De dos que suman uno». Propio de parejas y amantes, del coqueteo en tiempos adolescentes. Tierno, desinhibido. Del hombre que apapacha a la mujer, casi siempre. La poesía lo inmortaliza con candidez —«abraza mi cintura en su cintura», describe Bonnett—, así como apunta a la desesperación: «No me abrazarás nunca como esa noche nunca/ No volveré a tocarte. / No te veré morir», dice Idea Vilariño en «Ya no».
La infalibilidad del abrazo nunca debería romperse, aunque se quebranta. Ocurre. La estadística podría arrojar aquellos de un caso en millones de posibilidades. Y cuando sucede deja un tendal escandaloso. Le ocurrió, o fueron víctimas de su propia inocencia, al CEO y la directora de recursos humanos de una empresa de datos, descubiertos por una Kiss Cam en el último concierto de ColdPlay en Boston. Aquel video que los evidenció en un abrazo en caracol nunca hubiese llegado a tener más de 50 millones de reproducciones en TikTok si no hubiesen huidos despavoridos al ser descubiertos. La infidelidad resultante no requirió más de cinco segundos para comenzar a dar la vuelta al mundo y saltó por los aires para aplastar todo derecho a la intimidad y la privacidad.
Ya tiene tiempo en que la intimidad y privacidad han sido avasallados para caer en mano de mercaderes que lucran con ellas. La explosión tecnológica vía internet y redes sociales las han encumbrado como un derecho etéreo del cual somos víctimas, sino es que nos dejamos encandilar simplemente por figurar en el reducido mundo de la aldea digital.
El acoso que rompe intimidad y privacidad es permanente. Llega a celulares, correos electrónicos, cuentas en redes, sin que sepamos nunca de donde acceden a los datos personales para ofrecernos tarjetas bancarias, descuentos en tenis o extorsiones.
Una encuesta reciente del Inegi advierte sobre el ciberacoso que llega en forma de mensajes ofensivos, insinuaciones o propuestas sexuales vía WhatsApp, Facebook y llamadas a teléfonos celulares. Casi 19 millones de personas —21% de la población del país— a partir de los 12 años, fue víctima en 2024 de ciberacoso. Las mujeres son quienes más lo sufren, 22.2% frente a 19.6% de los hombres. En el 62.9% de los casos, el contacto lo hacen desconocidos. La respuesta inmediata de las víctimas a los ciberataques sexuales recae en el bloqueo. Tan solo 11% recurre a una denuncia formal ante el Ministerio Público, Fiscalía Estatal o el proveedor del servicio.
Una vida se puede romper en instantes a la velocidad de las redes. Así lo haga una «cámara de los besos» o un mensaje escrito. Las consecuencias para unos pueden ser rompimientos de parejas o pérdidas laborales, y los cuestionamientos morales, así como para otros se manifiesta en el temor a que el acoso se traslade a violencia en las calles. «No te liberes de mi abrazo, ahora que me derrumbo», dice la letra de una de las canciones populares del turco Ibrahim Tatlises. Caminar en solitario puede que solo favorezca a quienes se apropian de la intimidad.
Señores de la guerra
Las lecciones que se cuecen fuera nos llegan hasta la cocina de nuestro reducido planeta cotidiano. Por más lejanas que parezcan. Bastó que un amplio mundo desconocido fuera exhibido para que sus mejores voceros de la indignación teatralizada sacaran a relucir acusaciones, sentencias, prohibiciones. Despechados por los argumentos respondieron con la lógica del cazador herido: agitar irascibles, dar patadas de desprecio. Tocados en el bolsillo, pretendieron levantar la Inquisición como castigo.
La italiana Francesca Albanese ha puesto los puntos sobre las íes, o mejor dicho, sobre cada flanco débil de todo el entramado de intereses económicos y empresariales detrás de los crímenes israelíes contra la población palestina, como nadie lo había hecho. Tuvo que ser esta mujer quien lo hiciera, como para que el pataleo fuera más obsceno y desenfrenado. Apoyo de un «antisemitismo descarado» y del «terrorismo», manifestante de un «abierto desprecio por Estados Unidos, Israel y Occidente», la ha señalado el Gobierno de Donald Trump, en su papel de sheriff global. Le prohibió ingresar al país, la despojó de su visa y bloqueó los bienes o activos bancarios que pudiera tener.
¿Por qué tanta saña propia de un enemigo? La relatora especial de Naciones Unidas para los derechos humanos en los territorios ocupados de Palestina ha publicado un informe descarnado desde el título mismo: «De la economía de ocupación a la economía de genocidio». Allí «investiga la maquinaria empresarial que sostiene el proyecto colonial israelí de desplazamiento y sustitución de los palestinos en los territorios ocupados», adelanta en su introducción. Una «empresa criminal conjunta», entre Estado y empresas, propia de un «capitalismo racial» que «impulsa, abastece y posibilita este genocidio».
Israel «comete crímenes como respira», ha graficado esta abogada y académica. Por el bien, incluso de los israelíes, «hay que pararlo», dice. Las empresas extranjeras que alimentan la economía de ese país lo hacen a su modo, como prueba el informe. Así, la agroindustria abastece de servicio a los colonos que ocupan tierras —cita a la empresa mexicana Orbia, y su subsidiaria Netafim, líder mundial en tecnología de riego por goteo—. Plataformas de turismo en línea normalizan la ilegalidad con visitas a las colonias, supermercados aprovisionan con sus productos, gigantes de la construcción —Hyundai, Volvo o Caterpillar Inc— son decisivos para arrasar las propiedades en Gaza e impedir el retorno de los palestinos. Conglomerados extractivos y mineros —algunos colombianos— proporcionan la infraestructura militar y energética israelí, y por supuesto, los fabricantes de armas donde los estadounidenses son su principal sostén, que aportan con tecnología de punta a desbastar a una población civil indefensa —ya rondan los 60 mil muertos en 21 meses, tras el ataque terrorista de Hamas.
El entramado denunciado por Albanese incluye los «facilitadores», es decir, bancos y fondos de inversiones que financian la guerra —obtuvieron ganancias en la bolsa de Tel Aviv de 157 mil 900 millones de dólares—, organizaciones benéficas confesionales y hasta universidades prestigiosas como el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) o el TUM de Munich, colaboradores de las empresas de defensa o tecnológicas en el desarrollo de sistemas de control, seguimiento, represión y destrucción de la vida civil palestina. Allí participan Microsoft, IBM, Palantir, Amazon y Google, aportando sistemas de vigilancia y reconocimiento biométrico. Europa hace los suyo financiando programas de instituciones israelíes, «incluidas las cómplices de apartheid y genocidio».
«Con asombrosa facilidad creamos los mecanismos necesarios para distanciarnos del sufrimiento ajeno», dice el ensayista israelí David Grossman. Pero eso no quita los compromisos legales. «Cualquier decisión de seguir participando en la economía de Israel se toma, por tanto, con conocimiento de los crímenes que pueden estar teniendo lugar», advierte la relatora de la ONU. Nos va bien ser parte «de una multitud sin rostro ni identidad, aparentemente libre de responsabilidades y absuelta de culpa», señala Grossman. Aunque no será para siempre. Otros señores de la guerra se mueven entre bambalinas. Al desmontarlos, la oscuridad deja ver dónde se esconde la mano. Francesca Albanese lo hace.
