Faltan 170 días para el Mundial
Y ya. Ya verás: bebamos y emborrachemos la ciudad
Fito Páez, «Y dale alegría a mi corazón»
Segunda entrega: Argentina y Corea del Sur, México 86
De pocas epopeyas se recuerda el día que rompieron puerto. Ni se rememora la lenta cascada de áureas burbujas que —por capas— deslizan al champán que acaricia el acero de estribor. O el último resoplido de la nave antes de desaparecer con la noche. Pareciera que solo el final del periplo: el vellocino, la ballena blanca… o la Copa del Mundo es lo que trasciende al archivo.
Como este espacio compila relatos para hacer víspera, quizá hoy sí toca recrear atmósferas sobre un «primer paso». Momentos de zona cero. Soltar embragues que enfilan a la primera velocidad. El disparo inicial de Argentina. En el 86.
Un futbol subsidiario (o proxy)
El sol ya había peinado los pliegues del Estadio Olímpico Universitario. El cénit del 2 de junio pautó el debut de esa selección con remera blanca y celeste en el Mundial mexicano de los 80.
Del otro lado se plantó un equipo de rojo que, justo, no era rojo. Aunque su península… algo sabía de semánticas transitivas rusas. El mediodía en Ciudad Universitaria caló como si cayera en las piedras de Cuicuilco. Pero los niños del Cono Sur del mundo se arremolinaban bajo los televisores, con el uniforme invernal del liceo. Era lunes. Una noche antes, la perilla de aquella tele se había posado —casi religiosamente— en donde recaía la señal de un Chavo del ocho. Tan rotunda que podían crecerle vecindades al barrio de Palermo en Buenos Aires.
Hija de la Guerra Fría, la Corea del Sur hablaba inglés y cotizaba en dólares… aunque cobraba en wons. Su propio telón de acero era un sombrío guardapolvos que colaba hostiles ecos de fusilamiento. Era esa franja desmilitarizada que, aún hoy, separa los libretos melodramáticos de una pantalla surcoreana con los lenguajes nucleares —sí existen— de la recalcitrante Corea del Norte.
Como si provinera de un tótem de Copilco, un silbato que no era de barro develó la segunda cara del grupo A del Mundial 86. Dos días antes lo inauguraron —por tradición— la campeona del 82: Italia, y una Bulgaria destemplada. Y comenzó la retahíla que obedece a la naturaleza jerárquica mundialista. Ya que los pocos atrevimientos coreanos terminaban estampados. En Nery Pumpido, aquellos Tigres taegeuk colorados encontraron un hermetismo que bien podía convertir al Mar Amarillo en un sitio para el sosiego de un resignado piano tanguero. Ese arquero con atípico dorsal 18 era bestial. Engullía la escuálida ofensiva asiática. Era un centinela marca River. Llegó a México como campeón de liga y con atronador paso en Libertadores. Era una pared de hielo antártico que Oriente no lograban ni tallar.
La filosofía del «juego»
Al golpe de brújula, y cuando el sexto minuto golpeó la marquesina del Estadio México 68 —jaula de los Pumas— un centro tan calado como una pompa de jabón dio grácil bote para que el número 11 albiceleste argentina acribillara con todo el tiempo y el espacio posible. Era Jorge Valdano. Sí. Ese filósofo que —poco más de 10 años después— escribió unos Cuadernos que atesoro en mi librero —uno chaparro— junto con Villoro y su Dios es redondo, con Galeano, Fontanarrosa y, recientemente, el What we think about when we think about football, del pensador inglés Critchley. Los padezco como me fascinan. Por su culpa ya no se puede ver por ver un futbol. Hoy, los partidos: se leen. Bah. Poco más de 10 minutos después, la «misteriosa» pierna izquierda que alimentó a Valdano para el primer gol, elevó una suerte de «platillo» en parabólico descenso —y en tiempos a. D., antes del dron— cuya disminución de altura era proporcional a la cantidad de veneno que contendría esa pelota flotada en el área. Y sí. Fue «el cabezón» Ruggeri quien, con la ídem guardó al fondo del nido dinástico peninsular coreano.
Cuando un defensa central clavado en línea de tres —con la mística del líbero— anota gol… un mensaje recae en el banquillo. Uno que luce poblado por versátiles ejemplares hijos de la diáspora italo-sajonespañola. El espigado «narigón» Bilardo comanda a esa Argentina de fértil banquillo. Enrevera un apunte que cierra en trazo afirmativo. Porque Óscar Ruggeri te da eso. Es el zaguero impredecible. Ese que rompió la membrana de Boca como juvenil y, con desparpajo, se da el lujo de trocar para River Plate —el mismo Millonarios de Pumpido; ergo la columna vertebral que formaron en club y selección—. Fue revolucionario aquel dibujo de Bilardo. Un adelanto, vanguardia prenoventera: el tres ¡cinco! y dos. Es decir, una guardia compacta, un mediocampo gigantesco y talentoso… y dos asesinos puntales.
Esa maquinaria hizo que las lindes de Coyoacán dedicaran escenario para dotar de libertad a la sinfonía del cronopio más cortaziano. Como en el jazz. Y era necesario. Tan solo medio año antes, el enero chilango vio partir, sublimado, a don Juan Rulfo.
Entonces ¡venidero, Valdano! Campeón de La Liga y de la Copa de la UEFA con el Real Madrid. Su propia presencia en un campo global trepidaba a CU. Y desde el ITESM de Monterrey alguien tiró una línea imaginaria que se conectó con la UNAM. Se trataba de una versión primigenia hacia el internet… y aún no eran los años 90, ni su trama. Ni Flans ni Mijares —por más agruras— iban a existir en un Napster. Qué bueno.
Lo que sí: serán los londinenses Dire Straits quienes, a filo de una Fender Stratocaster afinada a meñique limpio, marcarán la escarpada de la Argentina de Bilardo en 86. En su camino hacia la final, la ruta de esa selección será un arpegio cuyas sucesiones se pueden tornar tan matemáticas como sobrenaturales. Serán el corifeo de los Sultans of Swing, con efluvios de encantadora taberna húmeda. Con musgo sempiterno de vocación a campeonar con las patadas que sean necesarias.
A cerca de 15 minutos para almacenar el segundo partido del grupo A, Corea del Sur aprovechó un augurio para que, vía su jugador «prodigio» —llamado Park; 10 y capitán— pudieran elevar los decibeles de la radio en Seúl. Porque tomó el bello Adidas Azteca desde fuera del área… y ¿elucubró? una patada. Con trallazo incómodo hizo campanear el travesaño para un descuento que derramó un júbilo rotundo que jamás hubiera necesitado una estatua Gangnam. Y es que… se trataba del primer gol coreano en una Copa del Mundo.
Gestar la alegría
Clasificaciones se acomodaban. Los mundos eran cuan elásticos como su ebullición. Reagan y Gorbachov posaron espontáneos. Términos cercanos a un derretimiento emergieron en la agenda internacional. De la Perestroika al Glasnost. Deshielo. Y paradojas… porque el hielo quema, como el Chernóbil de ese abril.
¿Quién faltó en estos apuntes? Qué difícil. Pero en talante de víspera, fue necesario. Porque toca no malgastar los cartuchos de vuelo alto. Tres goles de la Argentina ya dan sentido por sí solos. Queda despojarse de la paranoia que cautivó a Andrés Calamaro cuando afirmó que —con el Mundial 78—: «[…] me tocó crecer viendo a mi alrededor paranoia y dolor.» En cambio, Fito Páez pidió: «Y dale alegría, alegría a mi corazón… es lo único que te pido, al menos hoy».
Esos tres goles se gestaron desde un mismo botín de confección alemana. Era negro con la ondulada franja blanca de Puma.
Ah, y era el izquierdo.
