Un hogar siempre abierto a los migrantes

El Centro Santiago Apóstol celebra su segundo aniversario. «Somos la casa de todos, anunciamos la Palabra, y el hambre no tiene religión: todos son bienvenidos», subrayan los voluntarios

En medio del desierto lagunero, donde el calor abrasa casi todo el año y los caminos se cruzan rumbo al norte, el Centro Social Católico Santiago Apóstol cumple dos años de abrir sus puertas a quienes se desplazan en busca de un futuro mejor. Ubicado dentro de la parroquia de Nuestra Señora de Fátima, este espacio se ha convertido en un punto de descanso, alimento y consuelo para miles de migrantes que atraviesan la región rumbo a la frontera con Estados Unidos.

«En La Laguna hemos asistido a miles de personas, en el pasado incluso a 200 o 300 por día».

Rafael López, párroco de Nuestra Señora de Fátima

El aniversario fue ocasión de fiesta y gratitud. La comunidad celebró una Hora Santa y una Eucaristía presididas por el obispo diocesano, monseñor Luis Martín Barraza Beltrán, acompañado por el padre Rafael López, el padre Juan Fernando Navarrete y el jesuita Ernesto Martínez. Después vino la cena comunitaria compuesta por platos sencillos, música popular, risas y un ambiente de fraternidad que reflejaba el espíritu que dio origen al centro.

Caridad local

Desde sus inicios, el Centro Santiago Apóstol ha sido más que un servicio; ha sido un hogar provisional para hombres y mujeres provenientes de más de diez países de América Latina. El proyecto nació de la inquietud de los propios feligreses, quienes, al ver llegar a personas agotadas por el viaje —niños, jóvenes y ancianos— decidieron organizarse para atender necesidades básicas, ya sea un plato de comida, agua, descanso o un espacio donde recuperar fuerza y esperanza.

«El flujo de migrantes es constante porque el cruce ferroviario pasa por nuestra ciudad», explica el padre Rafael López, párroco de Nuestra Señora de Fátima. «En La Laguna hemos asistido a miles de personas, en el pasado incluso a 200 o 300 por día». Hoy, debido a políticas migratorias más estrictas en Estados Unidos, el número ha disminuido a unas cuantas decenas, pero las necesidades siguen siendo urgentes.

Algunos llegan solo para recargar su celular y llamar a sus familias en Guatemala, Nicaragua o Venezuela; otros buscan alimento o un lugar donde beber agua y sentarse tras varios días de trayectos intermitentes entre trenes y aventones. Aunque el centro no cuenta con dormitorios, muchos migrantes deciden pernoctar en los exteriores de la parroquia, confiados en que por la mañana las puertas volverán a abrirse.

Con el tiempo, la iniciativa se ha transformado en una red de vínculos que trascienden la ayuda inmediata. Los voluntarios —jóvenes, adultos, profesionistas, amas de casa e incluso personas de otras confesiones religiosas— se han convertido en rostros familiares para quienes pasan por allí.

«Como parroquia decidimos abrir un comedor y una casa para estos hermanos», comenta el padre López. Una de las mejoras más recientes ha sido la habilitación de espacios dignos para que hombres y mujeres puedan asearse por separado, una necesidad urgente para quienes llevan días de viaje sin acceso a condiciones mínimas de higiene.

Los voluntarios reconocen que la relación con los migrantes se sostiene en algo más que la entrega de alimentos. Se trata de escucha, de acompañamiento y de un trato que reafirma la dignidad de cada persona que cruza la puerta.

Iglesia que ayuda

La labor del Centro Santiago Apóstol es también un ejemplo de articulación comunitaria. El proyecto colabora con organismos internacionales como la ONU, Médicos Sin Fronteras y la Cruz Roja, además de instituciones locales, escuelas y universidades que se suman con actividades, donaciones y servicio social.

«El hambre no tiene religión», suelen repetir los voluntarios. Entre quienes ayudan hay católicos, cristianos de otras denominaciones y personas sin afiliación religiosa que simplemente desean aportar algo al bienestar de quienes migran.

Sacerdotes de distintas parroquias han invitado al equipo del centro a compartir testimonios de su labor, participar en celebraciones y promover la caridad activa como forma concreta de vivir el Evangelio. El mensaje se ha extendido a barrios, asociaciones e instituciones que buscan comprender de primera mano lo que significa «caminar con los últimos».

Entrada libre

Aunque los grupos ya no son tan numerosos como en años anteriores, la disposición a acoger permanece intacta. «Aquí a nadie se le paga nada, la gente viene a servir de todo corazón», afirman los sacerdotes. Para ellos, esta obra es una misión de esperanza que enmarca el espíritu del Jubileo y revela la fuerza de la solidaridad en tiempos convulsos para la movilidad humana.

Monseñor Barraza Beltrán lo resumió durante la celebración del aniversario: las puertas del centro —y del corazón de la comunidad— seguirán abiertas. Y mientras los caminos sigan trayendo personas cansadas, hambrientas o heridas por el viaje, en Torreón habrá una casa que espera con agua fresca, comida sencilla y un trato digno.

Una casa donde, como repiten sus voluntarios, todos son bienvenidos. E4

Espacio 4.

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