La importancia de preservar el patrimonio cultural, no es asunto baladí. Ese patrimonio contiene nuestra historia, sí, nuestra. Y por ello debe conservarse, para las nuevas generaciones.
Todo ese bagaje se constituye con el pasado en sus dos ámbitos temporales, el proyecto y la memoria. El presente se entiende como un tiempo constantemente reemplazado por los llamados «vanguardistas». Cuando la vida le pide préstamos al tiempo se generan adeudos. Y esos adeudos los ha tenido que pagar México, porque a veces lo vanguardista es completamente innecesario. La desavenencia entre tradición y modernidad cobra alto. A finales del siglo XX, no arrojó buenos resultados pero sí una ristra de perjuicios.
La reforma juarista inició la independencia verdadera y abrió la puerta a la modernidad. Hubo nuevas estructuras, nos prodigó fuerza al interior y respeto exterior. La reforma le dio a nuestro país lucidez y calidez social. Pero no fue fácil el trasiego. Se demolió mucho del pasado.
A mediados del siglo XIX, el ayer de nuestros ancestros indígenas solamente fue reconocido por la ciencia y el novohispano. Lo popular no hacía feliz a buena parte de la sociedad de entonces ¿por qué? La élite estaba impregnada de lo afrancesado o de lo gringo. Y mire usted, el contraste, los extranjeros nos visitaban y quedaban fascinados con el paisaje y con las impresionante zonas arqueológicas. Y hasta la fecha, verbi gratia, se encuentra usted a visitantes de otros lares, caminando fascinados ante la imponencia de Chichen Itzá, Tulum, Monte Albán o el Tajín, por mencionar algunas que son patrimonio invaluable de nuestra tierra.
Del arte virreinal, fueron dos hombres, José Bernardo Couto y Joaquín Pesado, ambos directores de la Academia de San Carlos, quienes salvaron las pinturas que se guardaban en conventos. Vayamos al porfiriato, en este episodio cabe destacar que gracias a que Porfirio Díaz quería trascender, se inició la floración de un indigenismo de escaparate y un colonialismo en el que se mezclaron las leyendas y los dimes y diretes. De esa época viene el monumento que se levantó a Cuauhtémoc en Paseo de la Reforma y también se instalan vitrinas en las que se exhiben antigüedades mexicanas, eran expresiones artísticas del indio muerto… al indio vivo, lo vilipendiaban… ¡Que ironía!
Durante el porfiriato se echaron abajo edificios coloniales para levantar otros neocoloniales, hágame el «refabrón cabor» –con su permiso don Armando–, ejemplo de esto es que el edificio que hasta esa fecha ocupaba la universidad se echó abajo y se construyeron ampliaciones del antiguo colegio de San Ildefonso, entonces preparatoria, ambas demoliciones las ordenó don Justo Sierra, Ministro de Instrucción Pública en ese entonces.
Cada episodio de la vida de nuestra patria trajo consigo un cambio de mentalidad. El grupo de Ateneístas presidido por José Vasconcelos, y otros más como Alfonso Cravioto, Manuel Toussiant, Jesús T. Acevedo, a través de sus conferencias encendieron el amor por el «alma nueva de las cosas viejas». A partir de ahí lo «colonial» dejó de ser visto sin tirrias y entró a ser patrimonio valorado. Por cierto que Venustiano Carranza le consiguió una beca a su coterráneo don Artemio de Valle Arizpe y hasta efectivo para enriquecer las colecciones del Museo Nacional.
De los veintes y hasta los sesentas, se generó una conciencia nacional, capaz de vincular esferas temporales diametralmente opuestas, porque son parte de lo que explica este México tan colorido y tan diverso.
Personalidades como Genaro Estrada, Antonio Caso, entre otros, hicieron publicaciones para desempolvar valores y motivar el apego a un patrimonio común. Se gestaba ya una cultura fuertemente aunada a lo nuestro.
Fue la época del nacionalismo. Fue un fenómeno a nivel internacional, el sentido de comunidad, de pertenencia que llevó a los alemanes a volver la vista a su pasado, verbi gratia, las proezas de los nibelungos y su búsqueda del Santo Grial. Y en Italia, Mussolini hizo lo propio, se hicieron excavaciones en Roma y en otros sitios para recordar la grandeza del pueblo italiano.
En los treintas —Gobiernos de Obregón y Calles— se consolida el compromiso de proteger el patrimonio federal. De estos años datan los Institutos Nacionales de Bellas Artes y de Antropología e Historia.
En los años 70, Jaime Torres Bodet se convierte en Secretario de Educación Pública, un hombre culto y muy comprometido con el desarrollo integral de los mexicanos, y hubo grandes realizaciones como el Museo Nacional de Antropología y Etnografía, el del Virreinato y el de Arte Moderno.
Y también se perpetraron cuantiosas raterías. Hubo saqueos arqueológicos, las piezas robadas se vendieron en el extranjero Se demolieron edificios históricos, por disposición de Ernesto P. Uruchurto en nombre de la modernidad Es larga la lista de fechorías. Cuantioso el daño patrimonial. Hoy seguimos teniendo retos, y tenemos que aprender a resolverlos. La naturaleza humana es de luces y de sobras.
Ante este panorama tenemos como sociedad el exigir a los Gobiernos de los tres niveles —en su ámbito de competencia— que sumen esfuerzos para que nuestro rico patrimonio cultural no se pierda en la vorágine de la corrupción y la impunidad que imperan en estos días en los que se va perdiendo el sentido de pertenencia y el amor hacia lo nuestro. No desdeñemos lo que nos vincula, denunciemos los daños a nuestro patrimonio cultural. Si enseñamos a las jóvenes generaciones a conocer y a amar el legado de nuestros ancestros, a respetar y a cuidar para conservarlos, esta realidad irá cambiando para bien.
Insisto, cuidar nuestro patrimonio cultural implica amarlo por todo cuanto nos representa y también es un deber ético. Protegerlo es una acción sine qua non, estamos hablando de identidad, de riqueza, de memoria de una comunidad. El patrimonio cultural constituye la memoria viva de los pueblos.
Se trata de un legado que tenemos el deber de transmitir. Se trata de nuestras raíces, de nuestra ascendencia, se trata de enamorar a los niños y a los jóvenes de lo suyo, que se enteren que no venimos de la nada y que lo que hicieron los que estuvieron en los ayeres, nos dejaron tradiciones, costumbres, arraigos, que tenemos que apreciar y no permitir que se pierdan en la vorágine de lo baladí. Proteger el patrimonio coadyuva al fortalecimiento del tejido social y promueve el respeto a la diversidad cultural.
No es una tarea simple ya que salvaguardar implica identificación, investigación, documentación. Es un trabajo acucioso, sobre cuando se trata de bienes materiales —monumentos, arte— e inmateriales, como los dialectos, las lenguas. Y esta labor no es exclusiva del Gobierno, demanda participación de la sociedad civil, de la iniciativa privada, de especialistas. Las cosas buenas se hacen mejor en equipo. Cuidar nuestro patrimonio es amar nuestra historia, es la mejor forma de asegurar nuestra estancia en la faz de la tierra.
No recuerdo el nombre de quien dijo que para amar al mundo humanizado, hay que comenzar sabiendo amar el propio suelo, y tiene razón. El amor se gesta en casa, con lo que convives en el día a día, es ahí donde aprendes la maravilla de ser parte de una familia y también de una comunidad. Y es que ser parte de un mundo globalizado te va minando la esencia, el yo que tú eres, te hace más distante, si te lo permites. Renunciar a tu historia, no es sano. Mezcla las dos, ese el reto, ahí es donde entra tu inteligencia, tu raciocinio. Tenemos que aprender a convivir con ambas y si sucede.
Yo amo a México, me siento orgullosa de ser mexicana, amo nuestra historia, lo que fueron quienes estuvieron primero que nosotros, no me ciegan los yerros, porque me queda claro que solo Dios no se equivoca.
Celebremos la oportunidad de ser parte de México y a la vez ciudadanos del mundo. El Mariachi me emociona hasta las lágrimas, pero también siento que el corazón me brinca de alegría cuando escucho la música de Strauss o de Beethoven, y de Verdi. Me encantan el ballenato colombiano y el danzón que vino de Cuba y se emparentó en México. Me estremecen los grandes muralistas mexicanos y a la vez las obras Van Gogh, de Renoir y de Matisse. Amo el flamenco, el ballet clásico, pero también el zapateado veracruzano y la vistosidad de la Danza del Venado. Todo se conjuga, y las conjugaciones en plural son las que dan frutos dulces, son las que te acarician el espíritu. Yo soy acapulqueña de nacimiento y saltillense por elección.
Amo nuestra historia, amo a este México hecho de risas y de lágrimas, que si se cae se levanta, no se amilana, no se rompe. De nosotros depende que sea infinitamente mejor para los niños y los jóvenes de hoy y los que vendrán mañana.
