Y de zurda

Seis apuntes: Roberto Carlos en Saltillo

Aunque sea tan triste: los Mundiales sí se acaban. Lo bueno es que, después, siempre los revivimos. Porque se esconden en una fotografía o en una sobremesa. En la memoria de cierto gol. Y a veces reaparecen donde menos se espera. Como hace unos días aquí en Saltillo, cuando Roberto Carlos da Silva Rocha encarriló memorias allá por el Biblioparque Norte. Apellidos menos: se trata de aquel lateral que hizo de su banda izquierda una epopeya. El hombre que pateaba balones como si los libros de física que tuvimos en secundaria elucubraran apenas unas sugerencias sobre lo que pasa respecto a cosas como la fuerza o la velocidad, cuando se llevan a algún extremo. Como aquel gol de 1997… que no se puede andar por la vida sin haberlo visto aunque sea una vez. Vale la pena abrir su álbum. Son seis estampas. Una por cada número que Roberto Carlos cargó en la espalda cuando Brasil levantó la Copa del Mundo de 2002.

1. El lateral rebelde. Los defensas suelen custodiar una puerta. Roberto Carlos prefirió salir a explorar el vecindario. Convirtió una posición «prudente» en una aventura permanente. Y no era su culpa. De pequeño fue formado como centro delantero, pero cierta estatura que no quiso llegar del todo… lo «retrasó» al sur del campo. Afortunadamente. Así nos regaló años de recorrido por una banda izquierda que parecía un atajo que sólo él supo descubrir. Y saber transitarlo. De Sao Paulo a Madrid. Y a Tokio.

2. El seis del penta. En aquel Corea-Japón 2002, Brasil terminó el torneo invicto. Roberto Carlos ocupó aquella banda cardinal y hasta encontró tiempo para marcarle a la China que conducía ese trotamundos llamado Bora Milutinovic. No es fácil tejer una ruta así. Pero fueron futbolistas como Roberto Carlos —y Ronaldo— los que hacen posible contar el récord de cinco estrellas en la tela amarilla de Brasil.

3. Ámsterdam. Tras sortear el enigma de un entramado de canales holandeses —y con un Roberto Carlos hecho un siniestro tren—, la Arena del Ajax atestiguó el fin de una espera —muy— angustiante. Era 1998 y el Real Madrid volvía a conquistar Europa tras más de 30 años. Aquella noche, al mando de Jupp Heynckes, Roberto Carlos ya corría como si hubiera entendido antes que nadie hacia dónde iba el futbol moderno.

4. París. Algunas Champions se ganan. Otras se confirman. En Saint-Denis, ya bajo la galaxia que antologó Vicente del Bosque, el Madrid levantó otra copa europea. Roberto Carlos hacía lo suyo: aparecer por la izquierda —exactamente— cuando ya parecía imposible hacerlo. Y todo el Valencia lo padeció.

5. Glasgow. Hay pases de gol que merecen marco aparte. En Glasgow, Roberto Carlos levantó una pelota hacia el borde del área… no se sabe bien cómo la hizo flotar, otorgarle órbita propia. Después ocurrió la volea de Zinedine Zidane. Ese gol ya pertenece a la eternidad. El pase está en la salita de espera.

6. Discutir con la física. Y allá va de vuelta a casa en nubarrón. Justo entre el cúmulo y el cirro izquierdo. Muchos recordamos su Mundial. Otros, los disparos. Cañonazos, trallazos. O esos balones que parecían cambiar de opinión a mitad del camino. Porteros inmóviles. Científicos confundidos. Roberto Carlos dejó trofeos. Pero también algo más raro: una colección de nuestros asombros.

Gracias, viajero.

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