Cada Mundial despierta dos países. Uno revisa alineaciones, errores, carencias, niveles de competencia. El otro pide cantar, abrazar, creer, no arruinar la fiesta con diagnósticos. Uno acusa ingenuidad. El otro acusa amargura. Ambos tienen algo de razón. Más que una simple frase, «¿Y si sí?» es todo un diagnóstico nacional. No explica nada y, sin embargo, revela una parte íntima del alma mexicana. Es una licencia emocional: una rendija de optimismo en una pared de datos. Insinúa con cuidado. No niega la historia, le pide una excepción.
Y es que, en nuestro país, la esperanza no siempre nace de ignorar la realidad; muchas veces nace de conocerla (demasiado bien, incluso) y, aun así, negarse a quedar definido por ella. Y qué bueno que así sea: sabemos lo que puede pasar, pero necesitamos imaginar lo que podría pasar. En este sentido, «¿Y si sí? »es como el «puente de vasos» que se ha popularizado en los Fan Fest: ambos son actos de imaginación colectiva, uno verbal, otro físico. Pocas frases contienen tanto nuestra forma de estar en el mundo.
En un grupo de amigos expresé mi desencanto por el desempeño de la selección nacional, salvo por el segundo tiempo ante Chequia. Aunque mi juicio abarcaba exclusivamente lo futbolístico, fui tachado de «pensador» aguafiestas. Parece que es muy complicado entender que los críticos no somos enemigos de la esperanza. A veces simplemente queremos que la esperanza tenga un poco de estructura. También entiendo que los optimistas no necesariamente son ingenuos; una nación también necesita permiso para alegrarse. Es, en el fondo, la vieja tensión entre lo apolíneo y lo dionisiaco: la razón que ordena y la emoción que desborda. No se trata de vivir con tanta razón que se enfríe la vida, ni con tanta emoción que se queme el juicio.
Antonio Gramsci, preso por el fascismo, encontró una fórmula para no caer ni en la ilusión ni en la derrota: pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad. Es decir, mirar la realidad sin maquillaje, pero no permitir que la realidad nos robe la capacidad de ser felices. La fórmula no desprecia al optimismo, lo acota. Lo interpreto como un llamado a que el «¿Y si sí?» no debe ser leído como negación de la realidad, sino como resistencia ante la resignación.
«¿Y si sí?» es la manifestación de la esperanza que no niega el diagnóstico, pero tampoco se somete a él. En México, muchas acciones colectivas se sostienen no tanto por la certeza sino por el relato. Navegamos entre narrativas de posibilidades: «A ver qué sale», «Dios dirá», «igual y pega», «quién quita y sí», «en una de esas…». Más que frases, son herramientas culturales para seguir intentando a pesar del cálculo.
De ahí un catálogo de activos nacionales que nos enorgullecen: la improvisación como respuesta a sistemas que no siempre funcionan (ahí vive el «jala porque jala»), la fiesta como reparación y terapia simbólica, el humor como amortiguador de frustraciones y la esperanza como pegamento social. Aquí no sobrevivimos a pesar de todo eso, sobrevivimos gracias a todo eso.
El puente de vasos dice más de nosotros de lo que imaginamos. Donde había basura, apareció estructura. Donde había unos cuantos, se sumaron los demás. Es que ser mexicano es ser colectivo. Donde había desconocidos, surgió la coordinación. Donde había espera, apareció el juego y el relajo. Donde había vasos vacíos, apareció una obra colectiva y absurda, inútil, profundamente mexicana y profundamente trascendente: un pretexto para que alguien cruzara por el aire arrojado por los demás. Es lo que hay, y con eso basta para armarla. Si bien no todo lo festivo es prudente, está clara nuestra señal cultural: la capacidad de crear experiencias compartidas: «¡Quiere volar, quiere volar!».
Necesitamos la crítica para no confundir esperanza con anestesia. Y necesitamos la esperanza para no convertir la crítica en cementerio. «¿Y si sí?» es la invitación para que el pensamiento no tenga miedo a la fiesta, y que esta no desprecie el juicio. Tal vez nunca debamos dejar de decir «¿Y si sí?», sino aprender a decirlo mejor: con los ojos abiertos, el corazón vibrante y la voluntad lista para construir, incluso con vasos vacíos, algo que nos permita cruzar juntos.
Los mexicanos ya demostramos que podemos volar con la mente y con el cuerpo.
Fuente: Reforma

¿Y si sí? Mejor nos ponemos las pilas y atendemos nuestros problemas de soberanía Nacional. Y si sí. Atendemos con justicia a los desaparecidos, a sus madres y familiares.
Y si sí. Hacemos conciencia como intereses extranjeros cultivan el extractivismo de oro, plata, metales preciosos en general y tierras raras.
Y si sí lo hacemos con amor la patria.
Del sueño a la ensoñación.
El mejor paso es la reflexión conciente de estos asuntos con la alegría en común.