Luces y sombras

Elecciones en EE. UU.: un futuro incierto



I

El reloj retrocedió 14 años cuatro meses. El 2 de julio de 2006, los mexicanos nos fuimos a la cama sin saber quién sería el sucesor de Vicente Fox: el conservador Felipe Calderón o el progresista Andrés Manuel López Obrador. El IFE despejó la incógnita cuatro días más tarde al declarar vencedor al panista por un margen de apenas 0.62%. El candidato del PRD denunció fraude, impugnó el resultado y movilizó a sus simpatizantes. La historia se repitió el 3 de noviembre al norte del río Bravo. El triunfo de Joe Biden, para convertirse en el 46° presidente de Estados Unidos, se anunció cuatro días después de las elecciones cardíacas del martes previo. Donald Trump y sus simpatizantes, cuya actitud raya en la rebeldía, no han aceptado el resultado y llevarán el caso hasta la Corte Suprema donde seis de los nueve jueces fueron propuestos por presidentes republicanos —un tercio de ellos, por Trump—.

Contra todo pronóstico, Trump no se derrumbó: su elevada votación —71 millones, 8.1 millones más que en 2016— deslució la victoria de Biden, quien captó 75.6 millones para totalizar 290 votos electorales, 76 por encima de su rival. Antes de la pandemia de COVID-19 la reelección del empresario neoyorkino se daba por sentada. La economía marchaba bien y el empleo crecía. Ronald Reagan, el presidente más exitoso de Estados Unidos de los últimos tiempos, dice en sus memorias «Una vida americana» que los ciudadanos votan según la salud de su bolsillo: si tienen dinero, apoyan al partido gobernante. El coronavirus destruyó millones de fuentes de trabajo, pero la base electoral de Trump se mantuvo fiel e incluso creció.

El manejo inadecuado de la pandemia por parte del presidente —Estados Unidos está por rebasar los 10 millones de casos y el cuarto de millón de muertos—, quien incluso se contagió de la COVID-19, y sus efectos económicos y sociales, aunados a los conflictos raciales por el asesinato de George Floyd, el 20 de mayo, en medio de las campañas, entusiasmaron a los simpatizantes del ex vicepresidente de Obama. Las encuestas captaron ese estado de ánimo, pero pasaron por alto la fe de los votantes en un líder producto de la crisis del bipartidismo estadounidense y el rechazo ciudadano a la clase política tradicional —manifestado alrededor del mundo—, representada por Biden.

II

En el fondo no se trata solo de personas, sino del mundo y de la política. La política refleja al mundo y el mundo la política, inmersos en una profunda crisis de valores. La mentira, la doble moral, la avaricia y la insolidaridad son las fuerzas imperantes. El descontento contra la partitocracia, la concentración de la riqueza, la injusticia social y los gobiernos venales de todo signo y color es manifiesto. La democracia representativa no vive sus mejores días. El fenómeno recorre Europa, Asia y América. Tampoco hay líderes. Las opciones para la presidencia de Estados Unidos fueron limitadas. En las primarias de los partidos Demócrata y Republicano hubo pocos jóvenes y algunas figuras atractivas como Bernie Sanders, quien le disputó a Biden la nominación.

El rechazo al estatu quo, el anquilosamiento de las estructuras partidistas y el empobrecimiento de gran parte de la población han permitido la irrupción y ascenso al poder de figuras controversiales, mesiánicas y populistas. Sin experiencia parlamentaria o gubernamental, como la mayoría de los presidentes de su país, el triunfo de Trump sobre Hillary Clinton —hace cuatro años— fue consecuencia del repudio social por los políticos de carrera.

III

El enfado contra el neoliberalismo y la globalización, y el rechazo a los partidos por fundirse, borrar sus fronteras y dar la espalda a las mayorías, lo capitalizaron líderes como Donald Trump, en Estados Unidos, y Andrés Manuel López Obrador, en México para llenar los vacíos de poder. Acaso por ello se entienden, incluso el líder de la 4T no ha reconocido el triunfo del candidato demócrata. Después de la Guerra Fría, los partidos se corrieron hacia el centro y al hacerlo perdieron identidad. Trump y AMLO abandonaron el centrismo, congestionado por derechas e izquierdas, polarizaron y se distinguieron de los demás. El senador Bernie Sanders apuntaba hacia el socialismo democrático, pero era mucho para Estados Unidos y el Partido Demócrata, razón por la cual se decantaron por el moderado Joe Biden.

La corrección política neutralizó a los partidos y a sus gobiernos. El deseo de quedar bien con todo el mundo, la costumbre de no llamar a las cosas por su nombre y la rendición ante los grupos de presión debilitó a los poderes públicos y a las instituciones. El lenguaje se pobló de ufemismos para no herir sensibilidades ni molestar a la sociedad y a las corporaciones con la aplicación estricta de la ley. En México, los rescoldos de oposición en el PAN y el PRD fueron devorados por los pantanos de la corrupción peñista y por el embuste del Pacto por México.

Fuera del centro, el discurso antisistema, contestatario y rupturista de Trump y López Obrador conectó con legiones de ciudadanos despreciados por el «establishment» y agraviados por líderes políticos y gobernantes vanales. Sin ser modelo de congruencia de sus prédicas, el derechista y el izquierdista lograron un amplio respaldo en las urnas pese a sus errores y políticas divisivas. Ambos se enfrentan a los medios de comunicación y a los sectores criticos de la sociedad. Trump hizo de las noticias falsas la base de su gobierno y AMLO ha convertido las conferencias mañaneras en jurado popular donde no hay más juez que él.

IV

La paradoja consiste en que el presidente estadounidense superó su propia votación y estuvo en la antesala de la reelección el mexicano, a su vez, mantiene altos niveles de aprobación, no obstante los graves y crecientes problemas del país. En ambos países preocupa más el tema económico que la pandemia por coronavirus; incluso en México, el 52% aprueba la gestión de la pandemia y el 45% la reprueba, de acuerdo con la última encuesta cuatrimensual de Reforma. La cita de AMLO con las urnas será el 6 de junio próximo cuando se elija nuevo congreso federal, 15 gubernaturas y casi dos mil alcaldías. La intención de voto favorece al partido del presidente (Morena), entre otros factores por la falta de oposición. Sin embargo, también anticipaban un triunfo apabullante de Biden, quien finalmente ganó por los pelos.

Al margen de las impugnaciones sobre el proceso del 3 de noviembre en Estados Unidos y del resultado de las elecciones intermedias en México, los movimientos políticos de Donald Trump y López Obrador trascenderán sus gobiernos, para bien o para mal, según el color del cristal con que se mira. Ambos visibilizaron heridas y agravios ocultos por sistemas basados en la corrupción, los privilegios y las complicidades. Antes de su ascenso al poder, las sociedades al norte y al sur del río Bravo ya se hallaban divididas; prevalecían la desigualdad, la injusticia; el racismo allá y el clasismo aquí. Empero, en lugar de sanar los males, los han agravado con el virus de la mendacidad y la discordia. E4