El misterio de la «astilla en la carne»

Escapé de los tiburones y maté a los tigres,

pero me devoraron las chinches.

Bertolt Brecht, Epitafio para M

San Pablo de Tarso, el apóstol de los gentiles, hace una confesión muy íntima en la Segunda Carta a los Corintios. Dice a la letra:

Podría presumir de mis visiones. De mis revelaciones. Podría hablarles de un hombre que hace catorce años fue transportado hasta el tercer cielo. ¿Estaba dentro o fuera de mi cuerpo? No lo sé, el único que lo sabe es Dios. Ese hombre ha sido transportado al paraíso y allí le han dicho cosas, cosas tan grandes que no está autorizado a repetirlas. De eso podría yo alardear, no sería una locura, sino simplemente la verdad, pero no alardeo, lo único de lo que presumo es de mi flaqueza. Era tan grande lo que me dijeron allí arriba que para quitarme el deseo de vanagloriarme me introdujeron una astilla en la carne. Tres veces le pedí al Señor que me curase, pero Él me dijo: «no, te basta mi gracia. Mi poder necesita tu flaqueza para demostrar de lo que es capaz». Muy bien, me gustó así. En las debilidades, en las angustias; pues cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte. (II Cor 12,1-10)

Como siempre, San Pablo juega con la soberbia y la humildad. Son célebres sus frases al respecto: «todo lo puedo en aquel que me conforta», «me hice todo a todos para salvar a algunos», etcétera. Parece soberbio, pero no lo es. Entiende muy bien aquello de Santa Teresa de Ávila: «la humildad es la verdad». Y este hombre dice la verdad sobre sí mismo. Es el pilar de una iglesia naciente y es, además, quien hace posible que el Evangelio traspase las fronteras y llegue a los paganos y a todo el mundo. Pero ahora nos interesa analizar ese enigmático texto de la Segunda Carta a los Corintios y aplicarlo a nuestra vida. En el texto Pablo asegura que esa misteriosa «astilla en la carne» o «aguijón en la carne» le ha sido impuesta para que no se ensoberbezca, para ponerlo en su lugar.

Pero ¿a qué se refiere Saulo de Tarso con esa expresión? Mucha tinta ha corrido al respecto. Hay quien refiere que se trata de una enfermedad inconfesable. Emmanuel Carrére estudia ese texto en su extraordinario libro El Reino. Nos dice que han sido muchas las hipótesis que se han aventurado para desvelar en qué consistía esa astilla en la carne. Leamos su interpretación:

¿Cuál podría ser esta enfermedad misteriosa que en los momentos de crisis volvía el cuerpo de Pablo tan repugnante para los demás y a él le causaba sufrimientos lo suficientemente intensos para importunar a Dios? Lo que dice de ella nos hace pensar en una enfermedad de la piel, de esas que te obligan a rascarte hasta hacerte sangrar (…) No se sabrá nunca lo que padecía Pablo, pero al leerlo se adivina que era algo tremendamente penoso y hasta vergonzoso. (Carrére, Emmanuel, El Reino, p. 137)

Carrére se inclina por la hipótesis de una enfermedad de la piel, pero otros intérpretes han aventurado la hipótesis de una enfermedad de los ojos. Incluso hay quien subraya que se trata de una enfermedad sexual, seguramente adquirida en su vida pasada, antes de su conversión en el camino a Damasco.

Una vez intentada la exégesis sobre la frase «la astilla en la carne», vale la pena destacar el «te basta mi gracia» que aparece como solución a la angustia ante la enfermedad que padece el apóstol. Se necesita una fe que mueva montañas para experimentar cierta consolación, entendida ésta al modo de Ignacio de Loyola como «aumento de fe, esperanza y caridad», ante este ofrecimiento en medio del sufrimiento que se experimenta. Pablo la tenía. Su soberbia es vencida por la «astilla en la carne», pero el consuelo le viene de la convicción de que Dios le regala su vida en su persona.

Algunos seres humanos experimentan su «astilla en la carne». La mayoría de ellos no superan este lastre ignominioso en la fe. Pero sí se ven atribulados por una enfermedad crónica infamante que ningún fármaco resuelve. Y ven su orgullo vulnerado. Se sienten, como apuntaría el filósofo Eugenio Trías, «habitantes de la frontera», seres limitados y finitos. El «serán como dioses» del Génesis, se torna promesa incumplida y en lugar de sentirse ensalzados, se perciben humillados. «Polvo somos y en polvo nos convertiremos». La desesperación hace presa de ellos por no poder deshacerse de ese estigma. Las fuerzas les faltan. Los recursos se agotan. El epígrafe habla por sí solo: pueden con los tiburones y los tigres, pero no con las chinches. Aprendamos de Pablo. Identifiquemos nuestra «astilla en la carne» y pongamos manos a la obra para que ella no nos impida continuar en la brega.

Referencia

Carrére, Emmanuel, El Reino, Trad. de Jaime Zulaika, Anagrama, Panorama de narrativas, 902, México, 2017.

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