Malobra pública

El muy lamentable desplome de un segmento de la vía elevada de la ruta 12 del Metro en la Ciudad de México, que ha cobrado la vida de 26 personas y dejó decenas de heridos, debe llamarnos a la reflexión sobre la forma de hacer obra pública en México, práctica que, de no corregirse, seguirá generando accidentes mortales.

Lo primero que hay que subrayar es que en México el interés del político suele estar encima del criterio técnico y del interés comunitario. Quienes hacen obra privada y pública coinciden en que los proyectos públicos muchas veces nacen viciados. La secuencia de una obra gubernamental de gran calado, como las líneas del Metro, un aeropuerto, una refinería, deberían primero tener un proyecto ejecutivo con sus diferentes estudios de impacto, luego debería convocarse a los diferentes constructores para establecer no sólo el precio sino el tiempo necesario para construir la obra.

En la práctica, la cola mueve al perro. Un político declara: «Vamos a hacer tal obra y estará lista en tal fecha, ¡me canso ganso!» y a partir de ahí —con un plazo y condiciones caprichosas—, inicia el proceso. El resultado es que se inauguran obras incompletas o mal terminadas. Al político común le interesa primero su carrera, luego —quizás— solucionar un problema a la comunidad. En medio de la construcción surgen además una serie de inconvenientes. Cuando un gobierno contrata a los más baratos, los grandes constructores bajan los precios —con serias afectaciones a la calidad— subcontratando empresas de menor capacidad técnica, para cumplir requisitos que arrastran presiones de tiempo y costo. El resultado arroja trabajos defectuosos.

Quienes saben de estructuras sugieren que el colapso de la trabe de la Línea 12 se debe a una cadena de eventos, producto de malas decisiones, atribuibles a los diseñadores estructurales y a los constructores: un deficiente diseño, una construcción muy defectuosa, donde —particularmente— las soldaduras tienen un papel crítico. Otro factor incide en las potenciales tragedias: la austeridad gubernamental. El presidente declaró que esta parquedad no afectó en el accidente, afirma, ufano, que presupuesto para mantenimiento hay. Lo que no ve el mandatario es que la política de austeridad afecta no sólo en el mantenimiento sino desde la selección y contratación de constructores —escoger el precio bajo no siempre es inteligente—.

El accidente en el Metro sugiere que políticos irresponsables y grandes constructoras voraces son una pésima mancuerna para el interés nacional. Hay constructores que rechazan ser parte de este juego perverso y no participan en proyectos donde avizoran malas prácticas por parte de constructores privados y servidores públicos.

La desgracia en la Línea 12 es una factura para la corriente que gobierna la Ciudad de México desde hace casi 25 años. No me sorprende que, en una postura cínica —que los pinta de cuerpo entero—, los legisladores de Morena y sus partidos aliados se opusieran a crear una comisión investigadora por el percance. Los mueve su interés mezquino, no el del pueblo. ¿Puede haber farsa más grande que la de quienes dicen defender el interés popular?

Otro asunto complica más las cosas. El mandamás de la autollamada Cuarta Transformación privilegia colocar en puestos de decisiones importantes a gente de su confianza, supuestamente honestos, aunque ineptos. Tenemos entonces una fórmula del desastre: interés del político sobre el interés de la gente, más austeridad, más corrupción, más ineptitud, igual a una pésima ejecución de obra, donde «calidad» es una palabra de siete letras.

Si se hace un peritaje serio sobre las causas de lo ocurrido, saldrán salpicados políticos y constructores privados. El accidente, irremediablemente, pone los reflectores en las obras icónicas de este sexenio, donde hay sobrados elementos por parte de especialistas para prever que terminar el nuevo aeropuerto en Santa Lucía, la refinería en Dos Bocas y el Tren Maya, en las fechas que ha prometido el presidente, es extremadamente complicado bajo criterios de calidad y desempeño.

El tiempo dirá si la prisa por cumplir los caprichos presidenciales es una bomba de tiempo que cobrará vidas humanas. Aunque eso sí, foto con corte de listón habrá.

Fuente: Reforma

Columnista.