Aplausos para el año que comienza

Hay un refrán muy antiguo que dice que «la esperanza es lo último que queda». Me encanta, es mis horas de spleen, como dice el poema de Juan de Dios Peza, traerla me levanta el ánimo. Seguro que conoce el origen de la frase, si no, pues aquí se la comparto. Pertenece a la mitología griega, por supuesto que Zeus está en la trama y el titán Prometeo. El punto es que a Prometeo se le atribuye la creación de los seres humanos hechos del barro de la Tierra, específicamente de los varones. En su generosidad, el titán les quiso dar los beneficios del fuego sagrado, de modo que se le hizo simple tomar una chispa del taller de Hefestos y Atenea, que eran quienes lo alimentaban y cuidaban. Y no paró ahí la obra de Prometeo, también les aconsejó a los hombres que en los sacrificios de animales que ofrendaban a Zeus, se quedaran con la carne y solo quemaran en honor del rey del Olimpo, los pellejos, la grasa y los huesos. Cuando Zeus se entera de semejante «agravio» montó en cólera, como apuntan los clásicos, y decidió mandarles a los humanos todos los males el mundo para vengarse del atrevido e irreverente dadivoso.

Le ordenó a Hefestos que creara a Pandora, la primera mujer sobre la faz de la Tierra. Se acató la instrucción. Pandora se casó con Epitemeo, hermano de Prometeo, hombre por cierto de muy pocas luces, según la crónica. Zeus le regaló —de hecho, todos los dioses le regalaron un don— una caja hecha en el mismo Olimpo, pero sin decirle lo que tenía en su interior. Pandora era curiosa como un gato y ni tarda ni perezosa abrió el obsequio, y tan pronto lo hizo salieron en tropel todos los males que agobian a la humanidad… hasta la fecha. Pandora la cerró inmediatamente… en el fondo solo quedó una lucecita fulgurante: la esperanza. Y sigue con nosotros.

Que mezquindad de Zeus. Muy dios, muy dios, pero que canijo…

¿Por qué tenemos esperanza? Porque es un hermoso sentimiento preñado de optimismo que nos ofrece la expectativa de que el mañana será mejor. Pero no se vale quedarse de brazos cruzados, esperando que nuestros deseos se realicen por obra de la casualidad. Hay que abocarse a trabajar por ello, y ahí otro dicho: «Dios dice ayúdate que yo te ayudaré».

La esperanza anida en nuestro ánimo. Nos empuja a seguir bregando, aunque todo parezca estar perdido. Ahí radica su magia.

El año 2021 no ha sido el mejor de nuestras vidas —aunque hay excepciones— derivado de la pandemia que ha traído dolor y desolación a la vida de muchas personas, ha cambiado la de muchos. En lo económico ha sido devastadora, se traduce en desempleo. Amén de otras pérdidas que abaten el espíritu, porque mucha gente perdió a sus familias. Y se van a necesitar muchos años para restaurar al país y la vida de muchas personas. Tenemos que empezar por hacernos al ánimo de que podemos levantarnos de nueva cuenta, si cada uno de nosotros se aferra a esta esperanza en lo individual, trascenderá a lo colectivo, ahí se multiplicará su efecto reconstructivo.

Si en otros tiempos se ha podido surgir de la devastación… ¿por qué nosotros no podemos hacerlo? ¿Qué nos lo impide? Nuestros antepasados vivieron sus horas oscuras… y al final del día tuvieron que sacar fuerzas de flaqueza y seguir adelante. Ni somos los primeros, ni los últimos en vivir lo que hoy se vive.

La COVID-19 es la plaga de este siglo XXI, lo van a recordar los niños y los jóvenes de hoy cuando sean mayores, y lo mirarán a la distancia y con la madurez de la adultez. Y sin duda que estimarán como una proeza lo realizado por sus padres y por cada compatriota para sacar al país adelante. No va a ser fácil reactivar la economía y recuperar los trabajos que se perdieron en la debacle. Tampoco entender como el hombre en el poder en plena pandemia se ocupó más en desmantelar al país y realizar sus vendetas personales y obsesiones enfermizas, en lugar de pararse hasta de cabeza para llamar a la unidad y al diálogo a cada mexicano. Y lo más importante, que a pesar de él y de cada político de m… México fue más grande, y salimos adelante.

Ahora mismo, cuando esto escribo, los contagios van a la alza. Delta y Ómicron no dan tregua, pero también la cerrazón de quienes siguen sin entender que en la medida en que a título particular nos cuidemos, también cuidamos a quienes nos rodean. Necesitamos una inmunidad colectiva. 2022 será el año en el que habrá nuevos desafíos y tenemos el deber de estar preparados para afrontarlos. Podemos ayudarnos mutuamente a sanar, con actitud y acciones que hace tiempo se han ido tragando la superficialidad y el consumismo instaurados, como son la bondad, la solidaridad y la gratitud.

Echemos por delante a la esperanza y al optimismo, pongamos en contexto las lecciones aprendidas el 2021 y preparémonos para la brega del 2022, que no va a ser miel sobre hojuelas. Abrámosle paso al sentido común, obra maravillas cuando se le privilegia estadía en la cotidianeidad de nuestras vidas. La esperanza hace curas extraordinarias, restaura la fe en la humanidad, reaviva la fuerza y la pasión que necesitamos para recuperar lo que hemos perdido. Es el momento de saber a ciencia cierta de qué estamos hechos. Que no tengamos que avergonzarnos mañana por lo que dejamos de hacer habiéndolo podido realizar. Estamos vivos, salgamos con todo, con nuevos bríos a enfrentar lo que el 2022 nos depare. Un año nuevo es oportunidad renovada de que todo es posible, es esperanza de poder alcanzar lo que plantee nuestro empeño.

Apuntaba el extraordinario español Ortega y Gasset que «La vida nos es dada y nos es dada vacía. Hay que llenarla». ¿Con qué vamos a llenarla? ¿Qué vamos a poner en ella? Contestémonos esas interrogantes. Don Miguel de Unamuno inquiría «¿Qué vamos a hacer en el camino mientras marchamos?» ¿Nos vamos a quedar mirando? No se vale, atrevámonos, saquemos la casta, nada está papita.

Hagamos nuestro balance personal, seamos bien objetivos, consideremos en el mismo que 2021 no ha sido un año fácil. Abstraigámonos un rato del ruido del exterior, que a veces es tan fuerte que se interpone en los asuntos del alma, del yo conmigo mismo. Meditar con calma es necesario, tenemos que concedernos ese espacio para ordenar nuestro interior, para poner en su exacta dimensión nuestros sentimientos, para desechar lo que nos lastra, para corregir nuestras humanas flaquezas y ponderar nuestras fortalezas. Nuestro futuro es asunto nuestro, Dios nos da los instrumentos en su preciosa magnanimidad y también libre albedrío, de modo que asumamos con responsabilidad e inteligencia los dones concedidos.

Atrevámonos a resiliar. Resiliar es un hábito que generamos en la práctica, tiene que ver con generar opciones para seguir viviendo. Resiliar es un proceso de por vida, se construye antes, durante y después de lo que hemos logrado superar. Resiliar nos impulsa a la transformación, se traduce de manera fehaciente en las decisiones que tomamos y en las acciones que ejercemos.

De modo que pa’ luego es tarde, como dicen en mi rancho, empecemos a recorrer este 2022 con lo que hemos aprendido en 2021, con la esperanza reverdecida de lo que inicia, pero también sin olvidar que fue agobiante, para unos más, para otros menos, lo vivido; que fueron 365 días en los que se movió el mundo al que estábamos acostumbrados. Y eso es invaluable, es un baño completo de humildad, tan necesario para ubicar nuestra pequeñez en la inmensidad del universo. Se necesita ser un necio redomado para no aprender la lección.

Un brindis por la esperanza… ¡Salud!

Licenciada en sociología por la UANE, Saltillo. Ha cursado estudios de Maestría en sociología, con especialidad en ciencia política, UNAM. Posee varios diplomados, entre los que destacan Análisis Político, en la UIA; El debate nacional, en UANL; Formación de educadores para la democracia, en el IFE; Psicología de género y procuración de justicia. Colabora en Espacio 4, Vanguardia y en otros medios de comunicación.

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