Aprendiendo a vivir bajo otro esquema

Hay dos investigadores del Reino Unido, Robert Geyer y Samir Rihani, que hicieron una propuesta de un experimento mental para hacernos caer en cuenta de que los sistemas inteligentes son más importantes que las personas inteligentes. Plantearon una pregunta: ¿qué pasaría si los gobernadores del Banco de Inglaterra fueran sustituidos por una habitación llena de changos? La respuesta prácticamente está de calle, se iría a pique la economía británica. No obstante, si reflexionamos distinto, la respuesta sería otra: el gobierno de los monos dejaría a la vista hasta qué punto estamos gobernados más por sistemas que por personas, con equilibrios, contrapesos y correcciones automáticas, por ende, los changos no convertirían aquello en un pandemónium. Me dan ganas de llorar, porque en nuestro país el gran problema es el propio sistema. Nuestro sistema político está obsoleto, caduco, es antediluviano, se quedó guindado en el pasado, con todos los lastres, pudriciones, etc., y más fuerte que nunca con el individuo que hoy detenta el poder público, que viene de ese pretérito y «gobierna» acorde con sus desgraciados parámetros, porque no conoce, ni quiere conocer —eso es lo peor—otra cosa. ¿Podremos los mexicanos sobrevivir a este amasijo de porquería? El grueso responderá que sí, que así lo hemos venido haciendo desde tiempos inmemoriales y por qué ahora no puede seguir sucediendo lo mismo. En México se apuesta al caudillo, desde siempre, priva la costumbre de depositar «todas las esperanzas» en un individuo, y aunque sea un asco su gestión, al que viene lo entronizan igual. Persiste el centrar la atención en las personas y en ignorar las condiciones en las que tienen lugar sus acciones. No vamos a resolver el fondo de nuestra problemática si no transformamos la estructura, esa es la que es urgente rediseñar, hacerla acorde a Estos tiempos. Nos jugamos demasiado, aun cuando quienes lleguen al poder sean competentes y honestos. ¿Cuándo diantres vamos a entenderlo?

Se tiene que renovar nuestro sistema político, pero esa renovación debe ser entendida de diferente manera. La democracia debe funcionar para que cualquiera pueda gobernarnos, por ello es tan importante centrarnos en los procedimientos, en las reglas a las que no nuestros gobernantes queden sujetos. Claro, si son gente comprometida y honesta se convierte en un plus. Se tienen que diseñar mecanismos que impidan a los pillastres salirse con la suya, aunque se corra el riesgo en algunas ocasiones de entorpecer los buenos proyectos. La democracia debe ser un sistema concebido para equilibrar, limitar y proteger. No se trata de modificar los comportamientos individuales sino de configurar su interacción de manera idónea para que se dé el resultado programado, eso es lo que hoy día denominan inteligencia colectiva. Y esto sin duda que es un cambio de paradigma, toda vez que en vez de esperar que sean las virtudes de un individuo las que hagan la diferencia, en este nuevo concepto es que su interconexión, como son las reglas, los procesos y las estructuras que configuran su interdependencia, estén óptimamente configuradas. Y es que «la democracia sobrevive cuando la inteligencia del sistema compensa la mediocridad de los actores». Esto que le comparto lo sigo digiriendo. No obstante, de lo que sí estoy convencida es de que continuar como vamos, nuestros problemas como sociedad, no van a resolverse.

Hoy estamos inmersos en una debacle en la que la desilusión y el desconcierto están generando una turbulencia de pronóstico reservado. Las tensiones geopolíticas transforman las relaciones internacionales y nos afectan, no vivimos en una ínsula. Amén de las tecnologías exponenciales que están poniendo en jaque nuestros conceptos sobre política, seguridad, economía, entre otros. Hoy es difícil saber que ocurrirá mañana, los cambios son vendavales. La arrogancia va alcanzando niveles muy altos y esto es una verdadera desgracia, abona al divisionismo de manera espantosa. En nuestro país, igual que en otras latitudes occidentales crece el resentimiento hacia las élites de parte de quienes por décadas no han sido motivo de inclusión de los gobiernos en turno hacia la bonanza generalizada, manteniéndolos en el corral del asistencialismo ad perpetuam, negándoles la autonomía económica que los libera. Y si a esto le suma que con tanta tecnología —robótica, inteligencia artificial, etc.— se va extendiendo el temor de que la automatización traiga consigo el desempleo masivo en países ricos y pobres…No existe hoy día una narrativa unificadora, sino todo lo contrario.

Esta es una verdad, aunque duela. Hay motivos para ser optimistas sobre el futuro, pero tenemos que entender que hay que participar para que así sea. Tenemos que aprender a trabajar en la solventación de problemáticas que nos son comunes a nivel mundial, verbi gratia, el cambio climático, un colapso financiero, la proliferación de armas de destrucción masiva o las pandemias mortales, justo como la que estamos viviendo, la Covid-19 y sus mutaciones. Y muchos de los que deben decidir cómo enfrentarlas, no tienen ni la más pálida idea de ello, ni les da la gana escuchar a quienes sí saben cómo. ¿Le suena familiar?

Para acabarla de rematar, hoy los partidos políticos del mundo están pasando por severas crisis. El grueso de ellos se niega a evolucionar, dan el no a la realidad que hoy se vive y se aferran a seguir enfocados en el paradigma de montarse en la izquierda o en la derecha, o en la ola del socialismo contra el capitalismo. Con contadísimas excepciones, los políticos reculan al pasado y venden nostalgia, ayeres, esto es el camino al abismo, están poniendo en el precipicio a la democracia, y en un país como el nuestro, en la que es tan enjuta, está siendo el acabose. ¿Y sabe qué es lo más desalentador? Que este tipo de mercachifles, de manipuladores, son los favoritos de una sociedad como la nuestra. Los aplauden, los vitorean. Bueno, con el consabido gancho del reparto indiscriminado de prebendas.

Tenemos que preparar a las nuevas generaciones para un mundo distinto al nuestro. Tomemos el caso de la educación. No saben que enseñar en las escuelas y universidades, igual que en el ámbito político, se centran en el cortoplacismo o en reciclar el pasado. Nos guste o no la digitalización es inminente, de ahí que las asignaturas en las que se debe invertir fuertemente sean en ciencia, en ingeniería, en matemáticas, en tecnología. Se debe de instruir a los niños y jóvenes en el aprendizaje permanente, despertar su creatividad y su inventiva. Sin duda que el mayor acceso a Internet y a los medios de comunicación dará como resultado que más personas tengan la oportunidad de incidir en las decisiones que tomen los gobernantes, que se consolide el debate, como instrumento para llegar a acuerdos. Y también recapitular en el aspecto importantísimo de la formación en valores. Porque el ser humano, no es piedra, es eso, humano, y necesita esa riqueza interior como su fortaleza para vivir acorde a su naturaleza.

El mañana, lo que nos espera mañana, nunca ha sido estable o seguro, y ante esto muchos charlatanes de corte populista, prosperan con sus discursos en los que prometen al calor de esta incertidumbre, el oro y el moro. Y así han llevado a la debacle a sus pueblos. Por lo tanto nuestro desafío estriba en ser capaces de alinear una diversidad de principios e ideas, que nos ayuden a separar los hechos de la ficción y trabajar en pro de acciones colectivas para enfrentar con éxito los riesgos existenciales más apremiantes que enfrentamos en nuestro frágil mundo.

Tendremos que aprender a superar dificultades, cambiar nuestra arraigada manera de pensar a corto plazo por una visión de largo plazo, y enseñar a las futuras generaciones esta dinámica distinta de enfrentar la realidad. Vamos a tener que esforzarnos en perfeccionar nuestra habilidad de crítica y análisis, y en desarrollar una mayor capacidad de anticipación a los cambios que vengan. Y sobre todo vamos a tener que entender, en primerísimo lugar nosotros mismos, y luego enseñarlo a los niños y a los jóvenes, que ser mirón de palo es uno de los errores más grandes que pueden cometerse cuando se vive en comunidad.

Licenciada en sociología por la UANE, Saltillo. Ha cursado estudios de Maestría en sociología, con especialidad en ciencia política, UNAM. Posee varios diplomados, entre los que destacan Análisis Político, en la UIA; El debate nacional, en UANL; Formación de educadores para la democracia, en el IFE; Psicología de género y procuración de justicia. Colabora en Espacio 4, Vanguardia y en otros medios de comunicación.

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