Comer a besos el pan

La decisión de ponerle título a un libro conlleva mucho más que inspiración artística, sin duda debe satisfacer dos aspiraciones: la del autor por ser leído y la de la editorial por que el «producto» sea comprado. Almudena Grandes lo consigue

Cuentan que nuestro José Alfredo Jiménez tenía una máxima. Si al comenzar a escribir la letra de una canción no lograba que la primera frase punzara en el alma, rompía la hoja e intentaba otra tantas veces como fuera necesario hasta quedar satisfecho. Así nacieron oraciones acaso más conocidas que los mismos títulos de las piezas. «Solamente la mano de Dios podrá separarnos», «No vale nada la vida», «Tómate esta botella conmigo», «Se me acabó la fuerza de la mano izquierda», «Te vas porque yo quiero que te vayas», «Estoy en el rincón de una cantina» y la grandiosa «Yo sé bien que estoy afuera» son algunas evidencias que, seguramente, al leerlas reavivan más de una tonada.

Cuando este efecto sacudidor es logrado al titular un libro, un buen tranco se avanza rumbo al convencimiento del lector potencial. Si el nombre de la obra atrapa y es cobijado por otros elementos gráficos de portada, aumentan las posibilidades de lectura. Si de ahí lo que sigue es buscar la sinopsis en la contraportada —con la fe de encontrar un contenido tan cautivador como el título— vamos de gane. Si después del escrutinio de la cuarta de forros el paso siguiente es la compra, la victoria está casi cantada. Porque es el último filtro donde el lector define si, a su juicio, existe congruencia entre forma y contenido. Cuando la lectura de las primeras cuartillas logra sostener la emoción, esa terca provocadora de los milagros de la compra del libro y el ánimo de leerlo, es el triunfo. Autor, editores y libreros pueden declarar fiesta y celebrar con una buena tanda mariachera de canciones de José Alfredo.

Los besos en el pan es su título. Ni cómo evitar probarlo, primero, a miradas. Un nombre de cinco palabras que provocan antojo imaginario. Sabor y tersura como ingredientes de una cocina fusión. La frase cuenta con una bien amasada cualidad: su rico menú de significados e imágenes. La pregunta «¿qué significa “besos en el pan”?» es el aperitivo perfecto. Ya desde ahí, al leer el nombre, la gana de comer el libro aprieta en el estómago.

Editado por TusQuets México en noviembre de 2015, Los besos en el pan presenta en portada una fotografía impresionante lograda por Samuel Bouget. Un aderezo icónico que vuelve superlativa el ansia de probar sus interiores. La foto es el retrato de una niña de supremos ojos claros y alargadas pestañas. Su enigmática apacibilidad combinada con su manecita derecha en un vidrio rociado de lluvia atrae al lector. «¿Qué tiene que ver esta pequeña con los besos en el pan?».

Primer bocado: «¿Qué puede llegar a ocurrirle a los vecinos de un barrio cualquiera en estos tiempos difíciles? ¿Cómo resisten, en pleno ojo del huracán, parejas y personas solas, padres e hijos, jóvenes y ancianos, los embates de esta crisis? Los besos en el pan cuenta, de manera sutil y conmovedora, cómo transcurren varias vidas (…). En la peluquería, en el bar, en las oficinas o en el centro de salud, muchos vecinos, protagonistas de esta delicada novela coral, vivirán momentos agridulces de una solidaridad inesperada, de indignación y de rabia, pero también de ternura y tesón». El remate atrapa sin escapatoria: «Y aprenderán por qué sus abuelos les enseñaron, cuando eran niños, a besar el pan».

Almudena Grandes es la cocinera del libro que rememora en su título una costumbre española marinada, por décadas, de simbolismos agridulces. En varias de sus entrevistas que circulan por la virtualidad, explica que España siempre ha sido un país pobre. Sin embargo, en tiempos de posguerra, así como el hambre arreciaba, también hermanaba. «La pobreza se llevaba con dignidad, no con vergüenza como hoy en día», comenta. Con una sensibilidad muy diferente a la actual, en los treinta, los cuarenta, «cuando se caía un trozo de pan al suelo, los adultos obligaban a los niños a recogerlo y a darle un beso antes de devolverlo a la panera» (p. 16). Para la escritora, «el pan es la metáfora de la supervivencia». Besar el pan como un acto de valoración y gratitud a todas las almas que están detrás de y frente a cada pieza.

«Besar el pan» es un bello y, a la vez, cruel sinónimo de pobreza. Trasladada al tiempo que corre, el libro muestra varias caras de uno de los lastres más recurrentes y salvajes de la crisis económica: el desempleo. La forma en que el gobierno y sociedad navegan el tema y la manera en que ambos aspectos trastocan la cotidianidad de los personajes ubicados en un barrio clasemediero es calcada por millones en el mundo. Las amenazas, riesgos, incertidumbres que aniquilan en vida sí que son democráticos. Grandes lo retrata al dedillo: cada quien tendrá que resolvérselas y nada asegura que la libren.

La escritora insiste que a las restricciones que impone la pobreza hay que sumarles actitudes indolentes, pueriles, hedonistas, ingenuas, sometidas, acríticas de los ciudadanos. Sus propias pobrezas espirituales.

A pesar de que «besar el pan» ya no se costumbra en España, de una manera bastante cercana el lector encontrará relatos donde podrá comprobar que el pan suyo y nuestro de cada día se come a besos. Alguno amargo, otro mágico, insufrible o vital. Entre mordidas voraces o apenas roces de cielo. Y es que, como comparte la autora, a ella no le agrada que sus personajes sólo se instalen en la tragedia. Sin excluir la desgracia porque, de hecho, es una de las vértebras de la obra, el común de los hombres y mujeres de Los besos en el pan es el de quienes, en lugar de amilanarse, eligen lo contrario. A su manera, quizá a rastras, con desmotivación alucinante, pero algo sucede en ciertos casos cuando de a besos comen el pan. Toman vuelo y se desdoblan en unos auténticos «echados para adelante». Pero luego, el encontronazo con la realidad regresa y es necesario comenzar prácticamente de cero: «los vecinos de este barrio, más que arruinados, se encuentran perdidos, abismados en una confusión paralizante e inerme, desorientados como el niño mimado al que le han quitado sus juguetes y no sabe protestar, reclamar lo que era suyo, denunciar el robo, detener a los ladrones (…). Los españoles que durante muchos siglos supimos ser pobres con dignidad, nunca habíamos sabido ser dóciles. Nunca, hasta ahora (…). Y, entre tanto, pasa la vida» (pp. 18-19).

Este comportamiento dual es parte del llamado entre líneas de Los besos en el pan al lector de 2016. «En España, hasta hace treinta años, los hijos heredaban la pobreza, pero también la dignidad de sus padres, una manera de ser pobres sin sentirse humillados, sin dejar de ser dignos ni de luchar por el futuro. Vivían en un país donde la pobreza no era un motivo para avergonzarse, mucho menos para darse por vencido… No hace tanto tiempo, en este mismo barrio, la felicidad era también una manera de resistir» (p. 17).

Si no punza la primera frase, no vale. No sirve. No llega. Tanta razón tenía José Alfredo. Los besos en el pan es un título que abraza demasiado fuerte a la primera. Encamina de un tiro a la lectura. Y una vez ahí, en las páginas del reciente libro de Almudena Grandes, llega el recordatorio de su título contundente a través de cada vicisitud de los pobres pobres de la clase media. Torturados al ver la cósmica distancia que los separa los más ricos de los ricos y al sentir una vecindad cada vez más próxima con los hundidos. Esos pobres pobres toman aliento de la caridad y el perdón que llama al buen vivir. Transpiran confundidos por un pesar que cala en la médula y por unas cuantas alegrías repentinas, salvadoras ardientes. Pero todos los personajes, así como la misma autora y quienes la leen, están sentados en una misma mesa. Todos han sido convocados, sin saberlo siquiera, por una frase poderosa que les pide besar el pan caído de cada día. Una frase de lucha que busca convencernos de, por fin, animarnos a comer a besos el pan.

Columnista y promotora cultural independiente. Licenciada en comunicación por la Universidad Iberoamericana Torreón. Cuenta con una maestría en educación superior con especialidad en investigación cualitativa por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Doctoranda en investigación en procesos sociales por la Universidad Iberoamericana Torreón. Fue directora de los Institutos de Cultura de Gómez Palacio, Durango y Torreón, Coahuila. Co-creadora de la Cátedra José Hernández.