Derrota y desahogo

En la «dictadura perfecta», una insinuación, un gesto, una amenaza velada del gran capital u otro grupo de presión contra el presidente bastaba para que los sectores del PRI y las fuerzas vivas se rasgaran las vestiduras, organizaran marchas, lanzaran consignas e inundaran la prensa con adhesiones y desagravios. La parafernalia podía terminar, según la gravedad de la ofensa, frente a Palacio Nacional donde «el jefe de las instituciones» era aclamado y daba un discurso entre vítores. Cuando López Portillo estatizó la banca se ordenaron manifestaciones de apoyo en las principales ciudades, encabezadas por el gobernador.

Para despertar el fervor popular apagado, desde el poder se inventaron colectas con el fin de emular las aportaciones voluntarias, en efectivo y en especie, hechas al presidente Lázaro Cárdenas para indemnizar a las empresas extranjeras por la nacionalización de la industria petrolera. En un mitin en Saltillo, un líder obrero de La Laguna celebró el «karatazo presidencial a los saqueadores del país». Los bancos volvieron a manos privadas en el Gobierno de Salinas de Gortari, pero no a sus dueños originales, sino a los amigos del presidente; y con Ernesto Zedillo, pasaron a control extranjero tras el salvamento bancario por la crisis de 1995 que dio origen al Instituto de Protección del Ahorro Bancario (originalmente Fobaproa).

¿Qué hubiera pasado si, en tiempos de la «presidencia imperial», Claudio X. González Guajardo, expresidente de Fundación Televisa y fundador de Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, calificara al Gobierno de turno, en este caso el de la Cuarta Transformación, de «una gran farsa» destinada al fracaso: «acabará mal, muy mal». Pero que además amenazara con «tomar nota de todos aquellos que, por acción, o por omisión, alentaron las acciones y hechos de la actual admon. y lastimaron a México. Que no se olvide quien se puso del lado del autoritarismo populista y destructor» (sic)? Se habría armado la de Troya.

Sin embargo, las circunstancias han cambiado. Al presidente se le puede criticar con entera libertad, como pasa en toda democracia, y someterlo cada hora al efecto corrosivo de las redes sociales. Lo nuevo es que sea el Ejecutivo federal quien encienda el debate y replique a sus adversarios. Andrés Manuel López Obrador lo hace atenido a su legitimidad, a la aprobación mayoritaria, a la ani-madversión de amplios sectores hacia quienes acaparan los privilegios, habituados a imponer condiciones a las autoridades de todos los niveles y sentirse intocables pues representaban el poder real. Empero, el fanatismo de AMLO y el de la derecha polarizan aún más al país en vez de centrarlo en el logro de objetivos comunes. En ese juego riesgoso y desgastante, el presidente es el experto.

El tuit de Claudio X. González contra la 4T y los millones de mexicanos que, también en ejercicio de su libertad y de acuerdo con sus convicciones, apoyan a su líder, pese a los yerros y fracasos del Gobierno, rezuma encono, impotencia y frustración —la amenaza anticipa acciones ejemplarizantes—, pero igual es un reconocimiento de derrota. Sin base social por su origen cupular, el abogado y activista reunió a intelectuales y medios de comunicación hostiles a López Obrador para enfrentarlo a través de la coalición Va por México, formada por el PAN, PRI y PRD, en las elecciones intermedias. El propósito era regresar el poder a partidos probadamente incapaces y venales. Los electores tomaron nota. El presidente retrocedió en el Congreso, pero conservó la mayoría. González volvió a perder y a mostrar su rostro autoritario.

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