Deshidratación y COVID

Muchos estragos ha causado el popular virus SARS-Cov-2, con su enfermedad llamada COVID-19. Y también muchas confusiones y obnubilación de pensamiento, tanto en la sociedad como en el gremio médico.

Un ejemplo es el siguiente: una mujer de unos 80 años se presentó a consulta con hinchazón de miembros inferiores, debilidad generalizada y lentamente progresiva, en unos 10 días desde su inicio, debilidad que con gran dificultad le hizo subir los 11 escalones de mi consultorio, pero lo logró, con todo y sus 80 kilos de peso para su estatura de 1.50 metros, con un peso ideal máximo de unos 60 kilos. El esfuerzo hizo que se acelerara la respiración a 35 x minuto (normal de 15 a 30), la frecuencia cardiaca a 110 latidos por minuto (normal de 60 a 100), aunque su temperatura era normal, así como su presión arterial con 140/95, tomando en cuenta el rango normal de 90/50 a 150/110, rango que se explica por qué la presión arterial nunca es fija en 120/80, varía en diferentes circunstancias de estrés físico y emocional.

Las alteraciones leves de signos vitales como respiración y frecuencia cardiaca, podrían tener varias causas. No tenía antecedentes patológicos relevantes, se consideraba sana. Hace sus labores del hogar y tiene un pequeño comercio en una comunidad serrana que ella atendía de «sol, a luna».

Al explorarla, se observó la lengua de color blanco sarroso moderado, dato relevante que sugiere deshidratación lenta y progresiva en personas de esta edad con disminución del funcionamiento automático del mecanismo de la sed, que disminuye la ingestión de líquidos a menos de las necesidades normales diarias y forzosas de unos dos litros de en 24 horas, ya que a diario eliminamos automáticamente en promedio: un litro de orina, 500 mililitros de agua por la respiración y otros 500 por la piel, y estas pérdidas pueden aumentar a más de tres litros si aumenta la sudoración o la frecuencia respiratoria al hacer ejercicio, y si descuidamos la ingestión de esas pérdidas variables, nuestro cuerpo se deshidrata y se presentan síntomas generales con debilidad generalizada como los de esta mujer. Esta fue la primera explicación posible a su estado clínico: deshidratación.

Pero les preocupaba por más de 10 días antes, el dolor e hinchazón de piernas. ¿Deshidratada e hinchada? Me cuestionaron cuando les informé mi diagnóstico.

Por lo anterior cabría otra posibilidad: que la hinchazón fuese por insuficiencia cardiaca tomando en cuenta el aumento de los latidos y la disnea —falta de aire— de esfuerzo. La causa más viable de su hinchazón es que sea de origen mecánico, porque con exceso de peso permanece más de 10 horas sentada o parada atendiendo su negocio con poca movilidad. A los familiares no les convenció esta explicación. Temían algo más grave, que fuese del corazón, porque otro familiar «tenía lo mismo y murió del corazón». Le tomé un trazo electrocardiográfico: normal, excepto por lo acelerado ligeramente de la frecuencia cardiaca. No. No es corazón. Expliqué. Observé que no se convencieron por completo.

Pero tenía otro mínimo temor. Alguien les comentó que podría ser COVID. No. Dije: sin fiebre, ni tos, que ustedes me informan que no ha tenido en estos 10 días. No. Se convencieron de esto, por el mayor temor del corazón enfermo.

La hinchazón, preocupación principal, podría deberse a lesión renal, cardiaca, pulmones o de hígado. Expliqué. Pero en los estudios que trae —de sangre— y lo que yo veo en su cuerpo, no hay datos concisos, por lo que de momento, descarto enfermedad de esos órganos vitales. Su hinchazón es por el exceso de peso y la inmovilidad con estancamiento venoso y su debilidad es por deshidratación. Aunque le falta agua, está hinchada porque sus líquidos «están mal acomodados», no por falla de órganos vitales.

Propuse rehidratación oral. Medio litro cada cuatro horas y así garantizar unos tres litros o más en unas 24 horas. Indiqué un diurético a dosis mínima para la hinchazón que tanto preocupaba con la condición de que aseguraran la ingestión de más de dos litros de agua por 24 horas, porque si no se hidrataba, con el diurético para deshincharla, la deshidrataría aún más. Sugerí me informaran cada 24 horas de la evolución. Dos días después me hablaron, estaba peor.

¡Chin! Me dije. ¿En qué me equivoqué?

Propuse que llamaran un médico general de la localidad para evaluar signos vitales y que me enviaran una foto de la lengua de la paciente para evaluar la hidratación. La lengua estaba más seca que antes, la frecuencia cardiaca ya era normal, pero la presión arterial tendía a la baja: 100/60, la frecuencia respiratoria era normal, pero el decaimiento había empeorado. La hinchazón había desaparecido.

Empeoró la deshidratación. Comenté con el médico general: elimina el diurético, hidrátala con un par de litros de agua por la vena, insísteles en que ingiera líquidos, más de dos litros en 24 horas. A las 8 horas, después de haber pasado los dos litros por la vena me informaron por teléfono que ya había mejorado en forma bastante notable pues empezó a caminar para realizar sus necesidad primarias.

Unos tres días después me hablaron: Doctor, mi madre volvió a empeorar. Ya no camina y está somnolienta. Llegaron al consultorio. La subieron en vilo. No podía dar un paso. Y en esta segunda entrevista se descubrió la verdadera causa de la evolución de su problema. Continuará…

Lea Yatrogenia

Egresado de la Escuela de Medicina de la Universidad Veracruzana (1964-1968). En 1971, hizo un año de residencia en medicina interna en la clínica del IMSS de Torreón, Coahuila. Residencia en medicina interna en el Centro Médico Nacional del IMSS (1972-1974). Por diez años trabajó como médico internista en la clínica del IMSS en Poza Rica Veracruz (1975-1985). Lleva treinta y siete años de consulta privada en medicina interna (1975 a la fecha). Es colaborador del periódico La Opinión de Poza Rica con la columna Yatrogenia (daños provocados por el médico), de opinión médica y de orientación al público, publicada tres veces por semana desde 1986.