Dignidad empresarial

Hace unos días se anunció con bombo y platillo que el gobierno de México y el sector empresarial habían llegado a un acuerdo para regular el tema de la subcontratación. De un lado líderes sindicales, secretarios de Estado, consejeros jurídicos, representantes del Poder Legislativo y otros funcionarios de alto nivel más, por supuesto, el presidente de la República, del otro lado los líderes cupulares del sector empresarial.

Ambos bandos emitieron su propio comunicado. Coinciden en los acuerdos. Nada más que el comunicado del gobierno termina con este párrafo: «Dichos acuerdos contribuyen a saldar una deuda histórica en favor de las mujeres y hombres que por años han trabajado bajo la figura de la subcontratación y han visto vulnerado (sic) sus derechos…».

Conozco varios empresarios que se sienten indignados y no representados por la alusión generalizada que, de un plumazo, cachetea al sector empresarial, siendo que, como sucede en todos los ámbitos de la vida, hay personas buenas, cumplidoras y también abusivos. Para decirlo claro, los líderes empresariales cupulares fueron chamaqueados desde que no lograron (ya sea que no quisieron o no pudieron) un comunicado conjunto que evitara este madruguete y golpe a la dignidad y prestigio empresarial.

Para Deirdre McCloskey, profesora universitaria de economía, historiadora, analista social y autora de importantes libros y artículos, el desarrollo económico y social que las naciones han tenido a lo largo de la historia no se debe tanto a temas materiales como el comercio exterior o la inversión, sino a las ideas y lo que la gente cree. Porque lo que el pueblo cree es lo que el pueblo habla y actúa. Y dice McCloskey: «Cuando se habla mal de los empresarios, se aplica un impuesto al progreso en perjuicio de los más necesitados». Cuando la retórica es que la actividad empresarial está mal, de que no hay una contribución social cuando se sataniza el lucro (parte de la ideología de la autollamada Cuarta Transformación), se atenta contra la actividad creativa y benéfica del empresario y sus empresas. Esta dignidad, dice la autora de La Dignidad Burguesa, es un fenómeno social, los países se desarrollan cuando se habla bien de los empresarios (y claro, cuando estos son socialmente responsables, ¡como hay muchos en México!, al parecer no para el gobierno).

El término «burgués» ha caído en desgracia. La retórica marxista fue bastante hábil para que «burguesía» fuera sinónimo de acumulación abusiva de capital en detrimento del proletariado. Originalmente la burguesía se refería a una clase social que no pertenecía a las élites dominantes (clero y nobleza) sino a los comerciantes, mercaderes, aquellos que progresaban económicamente con el producto de su trabajo y de arriesgar su patrimonio, también quienes por esta actividad creaban fuentes de trabajo. No dudo que hubo burgueses abusivos y magníficos burgueses. La retórica marxista los satanizó a todos.

La movilidad social que ha experimentado México (no es un fenómeno generalizado) en las últimas décadas (el que los nietos o hijos tengan mejor posición social que sus antepasados) es gracias al crecimiento de la burguesía: la clase media del país. Son los comerciantes prósperos de un tianguis, los dueños de un modesto taller, los empresarios de las Pymes, los profesionistas que ganan bien por su capacidad y talento. Todos ellos también son empresarios. Todos salen embarrados por la visión ideológica del gobierno que, lejos de fomentar más clase media próspera, parece decidido a crear más ciudadanos pobres en situación de necesidad (para tener más clientela electoral).

Al filósofo chileno Fernando Flores le he escuchado decir que «Las organizaciones son conversaciones», para referirse al valor de las palabras (base de la retórica) que, finalmente, son hechos sociales, son materia prima para coordinar esfuerzos en aras de objetivos compartidos. Las palabras, la conversación, cambian la realidad de manera dramática. ¿Hacia dónde? Pues depende de la retórica. Por ello es fundamental defender la dignidad empresarial. En pleno proceso electoral, bien harían los líderes cupulares en resarcir el rol de la empresa y la dignidad empresarial, ejemplos sobran. Le conviene a todo México.

Fuente: Reforma

Columnista.