El pueblo mágico de Allende

El realismo mágico es un movimiento literario que se originó en América Latina por allá de la década de 1930 y alcanzó su apogeo entre 1960 y 1970. Es un tipo de narrativa en la cual lo extraño y peculiar se presenta como algo cotidiano. Dicho de otra manera, es una narración basada en la observación de la realidad, donde tienen cabida peculiaridades y extrañezas dentro de la normalidad. Así, tenemos a exponentes como Alejo Carpentier, Arturo Uslar, Elena Garro, Gabriel García Márquez y Juan Rulfo.

Edgar Allan Poe, quien fue un gran escritor, poeta y periodista, como renovador del terror y la novela gótica, publicó una compilación de obras dispersas en distintos periódicos de su época, titulada Cuentos de lo grotesco y lo arabesco. Grotesco y arabesco suponen modalidades narrativas que admiten un proceso gradual de los sentidos que, junto con el intelecto y la intuición, asumen y comprenden una realidad.

Hace poco, volvió a ver la luz lo que la sociedad olvida, pero ahonda en muchos rincones: la masacre de Allende, Coahuila. La compañía de streaming Netflix desenterró uno de los tantos pasajes oscuros de la sociedad mexicana —baste solo recordar una pizca de la guerra fallida de Calderón—. Una historia que quedó en la impunidad. Netflix, bajo la bandera de «homenaje», comercializa esta miniserie. Sin dejar de lado la objetividad, creo que puede contribuir a desenterrar la maraña de este trágico suceso.

Coincidentemente, por las mismas fechas, la revista Proceso en su número 2329 publica un reportaje, en donde se sabe que hubo un mutismo generalizado, unos olvidados, otros prófugos, otros con condenas laxas, algunos con una pausa larga legal, los más favorecidos por la carga «política» y uno como el general Sandoval, secretario de Defensa. De acuerdo con la legislación militar, el general solo tenía jurisdicción en la ciudad fronteriza de Piedras Negras.

La masacre de Allende, documentada por diversos medios nacionales e internacionales y un sinfín de agencias de protección a derechos humanos y crímenes de lesa humanidad, universidades y observatorios han documentado los hechos. Sin embargo, en la llamada masacre, —en la que, según familias— hubo más de 300 personas muertas y desaparecidas, pasmosamente se mantuvo casi oculta durante casi dos años. Ninguna autoridad federal, estatal o municipal informó oficialmente sobre la intolerable desgracia.

Desde el año 2009, con mayor objetividad y responsabilidad, el ámbito internacional ha marcado señalamientos hacia nuestro país. Fue en ese año, cuando la Corte Interamericana de Derechos Humanos (IDH) emitió dos sentencias contra el Estado Mexicano. Varias décadas de «guerra sucia», oleadas de desapariciones de personas con un incremento desmesurado y el gobierno de Felipe Calderón Hinojosa con una fallida estrategia en materia de seguridad, evidenció el entramado de complicidad entre autoridad y crimen, el desdén y la violación a los derechos humanos junto con el aumento de delitos.

Así como si fuera ley histórica, nuestro país se ve marcado por un suceso en demasía trágico, en cualquier lugar, que termina marcando a gran escala a la sociedad mexicana y a la comunidad internacional. Impotente es ver que el cambio de paradigma para combatir el crimen en esta administración federal sigue sin concretarse —ya vamos a la segunda mitad del sexenio—.

De lo último que quedó constancia fue que la noche del 18 de marzo de 2011 se celebró una boda a la que asistieron autoridades civiles y militares. El exgobernador Jorge Torres huyó de la ciudad, no sin antes ordenar a los medios que borraran las fotos de su asistencia a la boda. Le continuó una cacería que realizaron los Zetas por más de tres días.

Pensaban desde la época de la posrevolución hasta la época de oro, en una mezcla de realismo mágico que haría volar la imaginación en sentido prospectivo, y terminamos como un espectador moderno en donde el terror y las situaciones extraordinarias son vistas con «normalidad». Los cuentos de Poe, llenos de lo grotesco, son caos en donde somos testigos.

Aguascalientes, 1982. Cursó sus estudios de Licenciatura en Derecho en la Universidad Autónoma de Coahuila, posteriormente hizo sus estudios de maestría en Gobierno y Gestión Pública en la Universidad Complutense de Madrid. Labora en la administración pública estatal desde el año 2005. Es maestro de Teoría Política en la Facultad de Economía de la UA de C desde el año 2009. Ha sido observador electoral de la Organización de los Estados Americanos en misiones para Sudamérica, en la que participa como miembro de observadores para temas electorales.