Cuba: una tormenta sin calma

Asegura el refrán que después de la tormenta siempre llega la calma. Bueno… en Cuba eso no aplica porque finalizada de la revuelta popular del 11 de julio, los ánimos de los protestantes no se han apaciguado y la persecución de la policía sigue más activa que el mismísimo día de los acontecimientos. Aunque, es importante aclararlo, ni unos ni otra se evidencian ahora en las calles.

A menos que se trate de alguna convocatoria hecha por las autoridades y a las cuales acuden quienes apoyan a Miguel Díaz-Canel o quienes están obligados a asistir —que no son pocos, seamos sinceros—, los encontronazos tienen lugar en otros espacios. La sociedad aprovecha breves resquicios que el gobierno abre en las conexiones a Internet para compartir sus preocupaciones mientras el oficialismo, en cambio, utiliza las prisiones para impartir castigo y sacar información. El número de heridos, detenidos —y desaparecidos— siguen representando un misterio que jamás podrá conjugar las cifras del gobierno con los números de la disidencia.

No es un secreto que las redes sociales son plataformas donde los extremos y la discordia se sienten a placer. Si —hablando de Cuba— durante la transmisión de un simple juego de pelota enseguida aparecen las agresiones políticas, cómo evitarlas en estos días cuando el contexto lo amerita.

El problema no está en la confrontación, sino en los términos que la misma se sustenta. Las emociones suelen ganarle al razonamiento y, claro, la virtualidad envalentona a muchos que, frente a frente, andarían con la cola entre las patas. Hay en redes sociales un comportamiento que ya he tomado por axioma: mientras mayores son los insultos, menor el peso de los argumentos.

Lo más triste del asunto es que las peores broncas las protagonizan ciudadanos comunes que no van a resolver nada y que, cuya inmensa mayoría, ni siquiera participó en las tomas de las calles el 11 de julio. Si la décima parte de estos gladiadores verbales se juntara en pos de un objetivo común: enfrentar al gobierno (o secundarlo, si militan en el bando contrario), mayor cohesión e ímpetu lograrían. Pero, se los puedo asegurar, a muchos les cuesta abandonar la comodidad de sus butacas para salir a luchar. Ni qué decir sobre cambiar el teclado por una pancarta.

Aun así, la tecnología ayuda. La comunicación se expande y los pedidos de ayuda llegan a más personas. Incontables familiares y no pocos medios de comunicación exigen conocer las condiciones en que se encuentran algunos de los manifestantes detenidos o, si peor les va, saber mínimo en dónde los han metido.

Otros comienzan a hacer eco de los resultados de los juicios sumarios que las autoridades cubanas llevan a cabo. Tal es el caso del portal de noticias El Estornudo, cuyo equipo se comunicó con el hermano del fotógrafo cubano Anyelo Troya, preso tras la revuelta, y confirma que el joven ha sido condenado a un año de prisión por documentar las protestas en La Habana.

Como ese, se multiplican poco a poco los ejemplos y quienes podamos apoyar, tenemos la obligación moral de hacerlo. Al momento de mostrar cohesión no vale detenernos a pensar si Fulano o Mengano piensa como yo. Pedir unidad entre los cubanos se ha vuelto un lugar común, pero, irónicamente, casi nadie quiere dentro de su «unidad» a quienes no comparten su ideología. Mantener cohesión por afinidad resulta demasiado sencillo. Lograr la unidad, a pesar de las diferencias, ese es el reto a acometer. Ya sea que vivas dentro o fuera del archipiélago, tendámonos la mano. Ser cubano es una condición insoslayable que debemos aprender a valorar. Somos tú y yo. Y nada más.

La Habana, 1975. Escritor, editor y periodista. Es autor de los libros El nieto del lobo, (Pen)últimas palabras, A escondidas de la memoria e Historias de la corte sana. Textos suyos han aparecido en diferentes medios de comunicación nacionales e internacionales. Actualmente es columnista de Espacio 4 y de la revista hispanoamericana de cultura Otrolunes.