La línea que cambió mi vida

Once años atrás escribí, agradecida, a la memoria de Mauricio Achar Hamui. Su legado, la «Librería Gandhi», cumple 50 años en este 2021. Hoy, varias ciudades mexicanas tienen la oportunidad de contar con un espacio libresco que reitera el tino de aquel hombre apasionado por los universos a los que solamente la lectura puede conducir. Con más gratitud, con más asombro y con más convencimiento, suscribo la reedición de aquel Imaginario colectivo.

Cuando llegan las sacudidas emocionales ocasionadas por dolores o alegrías profundas, cada quien corre a un sitio que considera especial para volcar sus sentimientos. La orilla de la cama o del sillón de siempre. La cocina de un buen amigo. La banca de cierta iglesia. Un espacio verde y floreado. El pedazo breve donde están los que ya no están. O el rincón en un café. Todos son escenarios posibles para llorar por dentro y por fuera. O para sentirnos invulnerables gracias a alguna rara felicidad que nos hincha el alma. Es aquí cuando el espacio elegido entra en complicidad. Entra en sintonía con nuestro ánimo. Nos da un abrazo firme. Uno de esos que —en las malas, y en las no tanto— nos reiteran la lealtad de quien sí que sabe ser amigo. Confiamos en su compañía. Negamos su condición inerte porque sentimos cómo padece al ver nuestras heridas o cómo estalla de luz con el contento que nos sale de los ojos.

Yo no conocí a Mauricio Achar Hamui, pero, gracias a él y a su amor por los libros, estoy segura que hoy más de dos tenemos un sitio especial a dónde correr, con o sin tribulaciones, para sentir que somos convidados a un milagro: sonreír con convicción. Hace 39 años, Mauricio Achar abrió las puertas de un espacio que varios definen como mágico. No sé con precisión si esa es la palabra adecuada para describir lo que sucedía dentro de las cuatro paredes donde don Mauricio paginaba sus sueños. Pero ahí, lo textual encontró su santuario y la creatividad que humaniza fue puesta a merced de los sentidos. En ese sitio volvimos a creer en lo extraordinario del género humano. Y el espíritu despegó. Es comprensible que aquel lugar fuera nombrado «Gandhi» y que se tratara de una librería. El fluir de ideas fue imparable y, actualmente, corre con una fuerza que contagia. Es una presencia revitalizante en más de una decena de ciudades en la República Mexicana.

Por lo que cuentan de Achar Hamui, creo que ambos no hubiéramos tenido problema en entablar largas conversaciones. Cuánto hubiera aprendido de su visión empresarial; es decir, a posicionar un producto y un servicio con calidad e ingenio en el mercado sin engancharse a la obsesión de tener soberbias ganancias económicas a costa de la paz propia y ajena. Cuando se trata de aportar a la calidad de vida por medio del conocimiento es necesario saber hasta dónde es posible apretar y cuándo soltar. El mismo Gandhi decía que «para una persona no violenta, todo el mundo es su familia». Esta visión, por extraña que parezca en estos tiempos de egoísmo exacerbado, me parece que fue germen del concepto de negocio que abrazó Mauricio Achar y de la manera en que lo fue cultivando.

En «Mauricio Achar y la pasión por los libros», Ignacio Solares ofrece una descripción con más detalle del fundador de Gandhi: «(Él) creía, de veras, que si la humanidad podía salvarse, sería por los libros. (…) Un hombre se hace hombre al empezar a hablar y al empezar a leer un libro», decía (Mauricio) convencido del sentido altruista de su trabajo. Por eso no sólo vendía los libros, sino que los regalaba y hasta permitía, en ciertas ocasiones, que se los robaran. En una entrevista de hace unos años, le contó a Pepe Gordon: Un encargado me dijo: “Señor, hay una jovencita que acaba de meter dos libros a su bolso de mano. ¿Qué hacemos con ella?”. Le pedí que le trajera a mi oficina. Llegó muy nerviosa. La obligué a abrir el bolso y a mostrarme los libros que intentaba robarse. Eran Breve historia del tiempo de Stephen Hawking y La fiesta del chivo de Vargas Llosa. Me preguntó tartamudeante qué íbamos a hacerle. Le dije que íbamos a avisar a la policía y se soltó llorando. Me dio pena y le dije que estaba bien, que no avisaríamos a la policía, pero que debía pagar los libros. Con mano temblorosa abrió el monedero y sacó unos billetes. “Los pago, pero tiene usted que hacerme un muy buen descuento porque traigo muy poco dinero”. Accedí a que se los llevara sin pagarlos, pero antes la obligué a reflexionar sobre el significado de su acto: qué sería de nosotros los libreros si dejáramos que la gente se robara los libros. ¿Cómo íbamos a sobrevivir? Volvió a llorar, me pidió perdón y me ofreció regresar los libros apenas terminara de leerlos, lo que hizo unos días después. Luego, cada vez que iba a la librería pasaba a saludarme, yo le regalaba libros, platicábamos… y, en alguna ocasión, el encargado volvió a pescarla robándose un libro, pero le dije que ya no le dijera nada. Una lectora tan apasionada merecía que le diéramos una especie de beca. Esta anécdota lo pinta de cuerpo entero. Estaba convencido de que con cada libro que vendía o regalaba o permitía que le robaran, le hacía un bien a la humanidad. También por eso apuntaba cualquier anécdota al respecto y luego algunas de ellas aparecían estampadas en las bolsas de la librería. Como aquella de: “No te resignes a pasar la noche solo. Compra un libro en Gandhi”, que se deriva de una frase de Balzac: “Una noche de amor es una novela perdida”. O mandaba regalar libros a los reclusorios porque creía que los delincuentes dejarían de serlo, o lo serían menos, si leían cierta literatura. (…) Con la UNAM, y gracias también al apoyo de Germán Dehesa, hizo realidad uno de los proyectos que más lo entusiasmó: “Un Metro de libros” porque creía que con los libros había que tropezarse y que cada vez debían costar menos»(www.revistadelauniversidad.unam.mx/1004/pdfs/96-97.pdf).

En Letras Libres, Fabrizio Mejía Madrid aporta al anecdotario de Achar: «La Gandhi, en el subdesarrollo de contar con una sola librería decente en la ciudad de México, era entonces un espacio extraño, con el toque sesentero de una fotografía del Mahatma en blanco y negro entre los libros y la escalera que te llevaba al café. Una vez arriba, se entendía la idea de Mauricio Achar: ahí estaba él, barbado y con el infaltable cigarro entre los dedos, observando una partida de ajedrez. Era un lugar para estar, hablar de lecturas, tomar el amargo y espeso café que nos exaltaba hasta el párkinson. Abajo, las más insólitas joyas venidas de la lejana España o de Argentina, esperaban a ser descubiertas. Los acetatos se apilaban en el lado contiguo con el sonido de las portadas cayendo una a una. Ahí compramos a Cortázar y a Borges y nos enteramos de que el estructuralismo había dado paso al deconstructivismo. Y nos deconstruimos los bolsillos con textos que se admiraban más que comprenderse. Ahí fue donde no nos alcanzaba para la antología de Lou Reed y veíamos cómo el vejete con empleo estable nos lo ganaba con una tarjeta de crédito. Y, además, se había comprado un disco de Silvio Rodríguez. Pero, sin duda, la Gandhi antigua no era sobre comprar y vender, sino sobre agacharse durante toda una tarde buscando en lo más recóndito de los libreros, hojear, revisar, sopesar el precio con respecto a la comida de mañana, anhelar la posesión del tomo, soñar con sus contenidos insólitos. Era la novedad de la lectura en un país sin librerías y con bibliotecas que cerraban por las tardes. Un lugar insólito donde se podía hojear un libro y fumar en los pasillos y hasta pisar las colillas en el suelo» (www.letraslibres.com/index.php?art=10087).

Uno de los franquiciatarios de «Gandhi» en el país, Carlos Sánchez, cuando conversa en la librería Gandhi Torreón sobre Mauricio Achar, reitera de inmediato una de sus características: el gusto por la cultura sobre la visión de negocios. «A él le debemos el cambio de la filosofía de la venta de los libros. Nunca estuvo de acuerdo en que estuvieran en lugares inaccesibles para los lectores. Los ponía en exhibición y permitía que fueran revisados de principio a fin y que les quitáramos y pusiéramos el celofán cuantas veces fueran necesarias. Él determinó que en todas sus librerías debía de existir una sala de lectura, cafetería, foro y galería. También visitaba ferias internacionales de libros y compraba por volumen. Esto le permitía no sólo abaratar el costo del ejemplar, sino tener un surtido bastante variado de editoriales. Don Mauricio era una persona muy humilde. Dicen que nunca perdió piso y de eso daban cuenta los que lo acompañaban a comer a media cuadra de la “Gandhi” de la Miguel Ángel de Quevedo en México. Iban a un estanquillo apodado las “Tortas de muerte lenta” y ahí convivía con sus colaboradores. Además, el señor Achar siempre fomentó la cultura del servicio al cliente por medio de un cambio de actitud. “Gandhi” está a cargo de dos de los hijos del señor Mauricio. Su sobrino Alberto Achar es el encargado de la mercadotecnia. Es quien ha seguido dando vida a la serie de frases que promocionan la lectura y la librería. Recuerdo varios ejemplos: las bolsas de mezclilla para libros que decían “Bolsa Mexicana de Valores” o las transparentes identificadas como “Bolsa nudista”. Pero un comercial de TV me llamó mucho la atención. Aparecía un chavo solo, a media luz, diciendo: “Yo empecé con una línea y ahora soy adicto. Luego fueron dos, tres, cuatro. Después más. Hasta tuve que esconderme en el baño para seguir con lo mismo”. Luego aparecía en la pantalla un fondo negro y la siguiente frase sobre él: “Una línea puede cambiar tu vida. Librerías Gandhi”».

Aunque a Mauricio Achar y a mí nos tocó aparecer en momentos y espacios distantes, a pesar de su ausencia física, hoy le aplaudo la grata idea que volvió realidad el 17 de julio de 1971. Redacto esta felicitación precisamente dentro de una de sus librerías Gandhi a la que por fortuna puedo correr, leer y sonreír en la ciudad donde me toca respirar. Gracias, Mauricio, don Mauricio Achar, por arrimarme no una, sino miles de líneas que siguen cambiando mi vida.

Columnista y promotora cultural independiente. Licenciada en comunicación por la Universidad Iberoamericana Torreón. Cuenta con una maestría en educación superior con especialidad en investigación cualitativa por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Doctoranda en investigación en procesos sociales por la Universidad Iberoamericana Torreón. Fue directora de los Institutos de Cultura de Gómez Palacio, Durango y Torreón, Coahuila. Co-creadora de la Cátedra José Hernández.