Objeción de conciencia en medicina

Varios amigos médicos y paramédicos han muerto por COVID, la mayoría intubados, después de someterlos a protocolos médicos establecidos en donde los antinflamatorios derivados de la cortisona son los medicamentos considerados como esenciales en el manejo, aunados a otros fármacos anticoagulantes, antiagregarios plaquetarios, antibióticos y antivirales, sin que ninguno de estos fármacos se considere como tratamiento específico.

Relatos hay de médicos que han solicitado permisos sin goce de salario para no trabajar en diversos hospitales. Por ahí circula en las redes sociales el relato de un colega al que no le autorizaron licencia sin goce de salario, siguió laborando y murió de COVID.

En este fenómeno entra en juego lo que se llama objeción de conciencia, que en medicina se define como la decisión individual que toma un profesional de la salud para dejar de realizar un acto médico científico y legalmente aprobado, según la lex artis médica, aduciendo la transgresión que dicho acto médico hace a su libertad de pensamiento, conciencia o religión —en otras palabras, sus principios morales y creencias religiosas—.

Como ejemplos: un médico que tiene contrato con una institución pública o privada, moral y legalmente tiene la obligación de antender a los enfermos derechohabientes. Pero, la objeción de conciencia le permite, legalmente, solicitar un permiso con o sin goce de salario para suspender el contrato, y esto es un derecho de un trabajador asalariado, contemplado en la Ley federal del Trabajo y en los contratos colectivos.

Por lo anterior, creo que el colega no supo defender sus derechos laborales. Tengo evidencia de otro que demandó a una institución para hacer valer este derecho.

En otro contexto: un médico privado, legalmente tiene obligación de atender a tal o cual enfermo, pero la objeción de conciencia también le permite de una u otra forma, negarse a dar atención a tal o cual enfermo: ejemplo: personalmente, yo estoy en mi consultorio y cuando un paciente solicita mis servicios le pregunto si tiene síntomas respiratorios sugestivos de COVID —fiebre, tos y catarro evidentes—, si es así, le sugiero que se quede en casa y le ofrezco asesoría y apoyo como médico «legista» —atención de lejos, pero no lo abandono—, y puesto que la COVID en el 90% se recuperan con las medidas generales de un catarro, la recomendacion de las autoridades de salud es quedarse inicialmente en casa y vigilar cómo evoluciona, para sugerir en determinado momento acudir a un centro especializado de COVID, de acuerdo con los síntomas respiratorios de insuficiencia respiratorios que con bastante certeza, se pueden vigilar de lejos, contando la frecuencia respiratoria en un minuto y midiendo la temperatura. Esto lo hago personalmente, y alguna vez sugerí: llévelo ya al hospital si quiere seguir adelante en su atención, porque si la frecuencia respiratoria rebasa las 40 x minuto y no se normaliza y sigue aumentando, es dato de gravedad para otro tipo de asistencia: la oxigenación y posible intubación.

Pero, como de cada 100 pacientes intubados que se atienden en hospitales especiales, el 90% o más de todas formas se mueren, esto se los advierto con bastante claridad, y es el enfermo y sus familiares los que deciden si acudir o no a un centro especializado, porque además, cada persona tiene derecho legal y moral a decir si acepta o no medidas de resucitación —intubación— y el médico en estos casos tiene la obligación de respetar esa decisión y continuar la atención con los recursos que tenga a su disposición, previo documento legal, el del consentimiento informado, mediante la firma de ambas partes —médico-paciente— con lo cual se exculpa profesionalmente al médico si el enfermo fallece sin la intubación.

Y con todo respeto para los colegas que han muerto en las trincheras, no concuerdo en que a los médicos se nos considere santos o héroes por haber muerto en el ejercicio de la profesión, somos hombres de carne y hueso e individualmente, con defectos y virtudes propias del fenómeno humano. Como cualquier servidor público, nuestra responsabilidad es dar lo mejor en el desempeño de nuestro trabajo con el objetivo de servir a la sociedad, esencia de la solidaridad humanista y la felicidad, sin que se contamine con el fin de adquirir fama o excesivos bienes materiales ni, religiosamente, morir para ser considerado como un mártir.

Finalmente, es decisión de cada médico si, como sucede: decide atender enfermos por servir humanista y desinteresadamente a los pacientes, a sabiendas del riesgo; o especular y ganar dinero, por ejemplo, al cobrar 150 mil pesos por una cirugía de apendicitis cuyo costo justo es de unos 30 mil pesos; o para adquirir fama, y recibir diploma de héroe, o por hacerse mártir, si sus creencias religiosas así le exigen, mártir, si es que muere en la contienda. En fin, son los valores individuales los que influyen en la toma de decisiones.

Lea Yatrogenia

Egresado de la Escuela de Medicina de la Universidad Veracruzana (1964-1968). En 1971, hizo un año de residencia en medicina interna en la clínica del IMSS de Torreón, Coahuila. Residencia en medicina interna en el Centro Médico Nacional del IMSS (1972-1974). Por diez años trabajó como médico internista en la clínica del IMSS en Poza Rica Veracruz (1975-1985). Lleva treinta y siete años de consulta privada en medicina interna (1975 a la fecha). Es colaborador del periódico La Opinión de Poza Rica con la columna Yatrogenia (daños provocados por el médico), de opinión médica y de orientación al público, publicada tres veces por semana desde 1986.