Operación civismo

Yo pertenezco a una generación muy afortunada. Desde que asistí a la escuela primaria recibí clases de civismo y urbanidad, y en la preparatoria la asignatura de Ética formaba parte de la currícula escolar. Los maestros y los padres de familia tenían un vínculo muy importante que obraba en beneficio de los niños que se educaban y formaban tanto en casa como en la escuela. Nos enseñaban a que éramos parte de un todo que se llamaba comunidad, que no obstante ser individuos pertenecíamos también a una sociedad. Y hoy día, infortunadamente, lo que predomina es el interés y el beneficio personal sobre el colectivo y ello aplica a todos los ámbitos de la vida. Y bajo esa égida egoísta están creciendo los niños en nuestro país.

El término civismo proviene de las palabras latinas civis y civitatis que significan ciudadano y ciudad respectivamente. Por ende, el civismo tiene su origen en la relación entre el hombre o ciudadano con su ciudad o nación. Partir de esta vinculación es sustantivo para entender la utilidad de la cultura ciudadana, de ese enroque esencial que explica el poder transformacional del papel de la ciudadanía para vivir mejor en el seno de la sociedad de la que se es parte.

En México se ha ido perdiendo esa empatía, por ello, verbi gratia, la afectación inmisericorde del ambiente y del entorno social que nos rodea. Se refleja en aspectos que nos pintan de cuerpo entero como sociedad. Los automovilistas no dan el paso a las personas, al contrario, les echan el carro encima; o aquellos que con todo el desparpajo tiran basura en la calle, pintan de grafitis las paredes, no usan el cubrebocas en esta época de pandemia o maltratan el mobiliario urbano. ¿Dónde quedó el ser social por naturaleza, del que hablaba Aristóteles?

Sin duda que la globalización, los medios de comunicación y la evolución del mundo en términos tecnológicos nos han conducido a creer que el dinero y los beneficios se consiguen fácilmente, somos hijos de la superficialidad y del consumismo. Hoy se vale de todo y ni por asomo se piensa en las consecuencias a nivel macro, lo que se privilegia es nuestra acción individual, sin que nos importe un comino lo que suceda a los demás. No hemos dimensionado los efectos de lo que estamos provocando. Necesitamos al grito de ya un mayor empoderamiento de cultura ciudadana para saber convivir, recuperar nuestro sentido de humanidad. Necesitamos devolver el civismo a las aulas escolares, se requiere una mayor apropiación de maestros y estudiantes para comprender la relevancia y la utilidad de esta materia que es la base de la convivencia entre individuos. El énfasis se lo dan a lo académico dejando en segundo término la dimensión ética y social intrínsecas al ser humano. Y en casa también es importante reafirmar conceptos con el ejemplo. Su parte de responsabilidad también la tienen los medios de comunicación y todos y cada uno de los integrantes del sector público, desde el presidente de la República, legisladores, jueces, directores, etc.

Recorramos nuestra ciudad, Saltillo, es la mía. Hay en algunas zonas una buena educación colectiva, respeto por el decoro urbano, sin embargo hay colonias sucias, descuidadas, atacadas por grafiteros que sin miramiento alguno pintan paredes ajenas en las que abundan las leperadas, construcciones a medio hacer que se vuelven refugio de malvivientes… ¿Y qué me dice de los arroyos saturados de inmundicia de todo laya que van y lanzan sin prurito alguno gente inconsciente? Los olores que se despiden son nauseabundos y al pie de ellos viven muchas personas que los respiran. Pero no pasa nada. Ahí está la evidencia viva de que necesitamos regresar el civismo a las aulas, pero ya. Aunque sea largo y difícil el plazo, hay que corregir semejantes defectos pedagógicos y lograr para el mañana un comportamiento cívico, no solo de los educandos, sino de todo el ambiente familiar. Los padres necesitan reeducarse. Las escuelas públicas tienen un rol sine qua non en esta tarea. Ahí es donde se gesta la transformación de una nación.

Se requiere que trabajen de la mano las Secretarías de Educación a nivel federal y estatal con la autoridad municipal. La autoridad de los tres niveles tiene una responsabilidad de primer orden en esta tarea. Se necesitan acciones directas a la solución de problemas concretos —no discursos patrioteros— que vayan directamente a las raíces del desorden social. La gente necesita que la enseñen a vivir de acuerdo a su dignísima investidura de personas, necesita verse a sí misma con esa calidad, para eso sirve la educación, no hay instrumento mejor para transformar a un ser humano en individuo de primera, que se ame y se respete a sí mismo, el interés colectivo viene por añadidura. Subrayo, los discursos no solucionan problemas, las arengas pronunciada por políticos: menos, solo que vengan acompañadas con el ejemplo. El desgraciado paternalismo ha sido una maldición para nuestro país, ahí está su obra reflejada en los millones de mexicanos que por generaciones han vivido en condiciones paupérrimas, al servicio de quien les da solo migajas, pero ni una sola oportunidad para que se vuelvan autosuficientes. Esa es una perversión que se cambia también con educación. Que desgracia para México el que lo siga gobernando una caterva de filibusteros, de vivales, de podridos hasta las entrañas, que al llegar al cargo público solo se dediquen a llenarse las bolsas —léase cuentas bancarias en el extranjeros, inmuebles y muebles millonarios, vida de sátrapas para ellos, su parentela y sus amigotes—, y que sean los propios exprimidos quienes los elijan y los sigan manteniendo en el poder, que incluso los aplaudan y los festinen, no solo desde su miseria material a la que los tienen condenados a vivir, sino con la suma de los cómplices y la de los indiferentes. Lo acabamos de ver a nivel nacional y por supuesto en lo local, en las elecciones del 6 de junio pasado. En México tener valores, como la honestidad, es motivo de burla y de desprecio en el ánimo de millones de mexicanos. Aquí al que se premia es al sinvergüenza, al ratero, al cínico. A muy pocos les importa elegir informados y en conciencia… ¿Por qué? Porque esa es la cultura que ha permeado por décadas, esa es la cultura del priato a la que se refería don Daniel Cossío Villegas, y erradicarla llevará, dicho por el mismo, el mismo número de años que tocó implantarla: 70. Ya no lo voy a ver. ¿Podemos impulsar el que sea menos tiempo? Síííííí… Sí, con educación. Pero ni un clavo quiere invertirle el actual gobierno, ni tampoco los anteriores.

La gran tarea de la educación cívica estriba en lograr que los alumnos y personas en general comprendan, asuman los valores que la humanidad ha creado y consagrado como producto de su historia, como son el respeto y aprecio por la dignidad humana, libertad, justicia, igualdad, solidaridad, tolerancia y honestidad. En las aulas se debe priorizar el desarrollo de la inteligencia, educación en la práctica de valores, interculturalidad y educación ambiental. La educación debe reorientarse a la formación de actitudes y criterios en los alumnos, más que a la memorización, esto favorece la formación de actitudes cívicas que estimulan el sentido de pertenencia activa a la comunidad nacional. La educación cívica particularmente coadyuva a desarrollar una filosofía de vida arraigada en valores.

Es importante además, romper paradigmas, y volver al alumno sujeto activo, pero de verdad, no oidor del maestro, por ello deben crearse espacios para que los temas cívicos puedan ser efectivamente trabajados en las diferentes asignaturas, promoviendo un ambiente abierto a la discusión en clases que estimule a los estudiantes a formar y expresar sus opiniones, así como a dialogar con gente que piense distinto. Esto lo hice hace años en mis clases. Pero una golondrina no hace verano.

Ser ciudadano no significa, como hoy se ha establecido, haber cumplido 18 años y tener una credencial del INE para ir al antro y comprar alcohol. Pero esto es lo que se les está enseñando en las aulas a los jóvenes. Necesitamos formar mexicanos que se sientan orgullosos de serlo, que se asuman como protagonistas de la historia de su país porque con su participación activa puedan intervenir para cambiar aquello con lo que no estén de acuerdo; mexicanos que les importe su país, pero en serio, a grado tal que se vuelvan implacables con sus propios gobernantes, que estos les tengan miedo, que quien llegue a un cargo público lo entienda como una responsabilidad insoslayable y sobre todo como un honor.

Este es el desafío.

Licenciada en sociología por la UANE, Saltillo. Ha cursado estudios de Maestría en sociología, con especialidad en ciencia política, UNAM. Posee varios diplomados, entre los que destacan Análisis Político, en la UIA; El debate nacional, en UANL; Formación de educadores para la democracia, en el IFE; Psicología de género y procuración de justicia. Colabora en Espacio 4, Vanguardia y en otros medios de comunicación.