Padre Humberto González, una vida de ejemplo y espiritualidad

La iglesia católica como institución, es la madre generosa que mediante el aliento divino refuerza la vocación de pastores que llevados de su mano señalan el camino hacia Dios.

Vivimos un mundo sacudido, pues todos los días las iniquidades, los latrocinios, los crímenes, los sistemas económicos injustos y los gobiernos absolutistas nos asechan permanentemente minando a los hombres que luchan por sobrevivir.

El mundo con Dios es pesado, imaginemos como sería sin Él.

Dios o no Dios es la interrogante para los agnósticos que se ladean según su óptica.

La vocación religiosa lleva en su sustancia el don que solo Dios infunde y que el recipiendario lo acoge y hace que resida en su corazón, que rebosante lo arropa y del que emana la fe en la creencia y aceptación del designio divino.

Anticipo estos renglones para referirme a la vida sobre la tierra del sacerdote Humberto González Galindo, quien en su recorrer por los caminos de Dios desde joven lo fue nutriendo de una espiritualidad que hasta nuestros días lo envuelve y la esparce al rebaño, dejando de lado la tranquilidad y la contemplación, pues su trabajo pastoral tiene prioridad.

Ese trabajo arduo no lo detiene ni la edad, que por estos días acaba de celebrar 92 años de su existencia y que los cumple como antaño, pues su figura va de lado a lado, como levitando, en su templo que en este preciso momento hace que la infraestructura física parroquial siga creciendo, pues la está dotando de varios espacios que servirán para las labores de catecismo que se impartirán a los infantes que exploran sus primeros años de vida, cumpliendo así con lo que dijo Jesús «id y predicar» acciones que en el pasado también las realizó en los ejidos.

Su labor ha sido tan extraordinaria que permanentemente ha recibido la admiración y cariño de gobernantes y feligreses, además de preseas y reconocimientos especiales como la presea Saltillo, y que a pesar de todo siempre ha conservado su serenidad y su humildad siendo un hombre sabio, pues desde sus altos estudios en la Universidad Gregoriana de Roma acrecentó su acervo cultural dominando varios idiomas como el latín, el italiano, el francés y el inglés y la extraordinaria oportunidad de impartir conferencias en varias partes del mundo.

Hombre que ha constatado que la fe mueve montañas ya que no solo se ha conformado con cumplir con su vida pastoral, pues ha logrado una vinculación con los sectores sociales de buena voluntad que al ver sus esfuerzos sacerdotales colaboran de buen grado con las acciones que emprende por el bien de la comunidad religiosa que le pertenece.

Su vida privada ha sido la de un ciudadano respetuoso cuya vida está dentro de los parámetros de la decencia para con sus conciudadanos, que jamás se ha visto inmiscuido en actos de deshonestidad, pues su vocación ha sido una armadura que no ha dado lugar a sucumbir a pesar de que, como dice Morris West, los sacerdotes «son hombres como todos los demás y que son sacerdotes por elección y célibes por legislación y que el poder que ejercen o la gracia que dispensan son independientes de sus méritos».

Sus homilías siempre están llenas de sabiduría y nunca apartadas de los textos bíblicos, pues su experiencia la sustenta en sus estudios superiores recibidos en Roma en donde fue ordenado sacerdote y en donde tuvo la bendición de celebrar su primera misa en la capilla que está junto a la tumba de San Pedro en la cripta vaticana, donde reposan los restos de Juan Pablo II.

Elevamos nuestras oraciones para que su transitar por esta tierra donde nació, le concedan la salud de la que ahora disfruta, y nuestro deseo por seguir escuchándolo predicar la palabra que Dios ha puesto en sus labios.

Dedicar esta entrega al padre Humberto González constituye un modesto reconocimiento al ser que ha sido un apoyo moral a múltiples laicos de nuestra ciudad, por lo que con justicia muchos de ellos en reciprocidad le ayudan a cumplir con los empeños en su quehacer pastoral.

Se lo digo en serio.

Autor invitado.