Plagios y bribonadas

Para Luis Campos, Akela.

El termómetro ético de un país se calibra con lo que se castiga y lo que se premia. El ejemplo cotidiano de acciones ilegales, de consecuencias contra ellas, o la ausencia de éstas (impunidad), cimenta una cultura de legalidad o ilegalidad. En México arrastramos una tolerancia a la corrupción por décadas, si no es que siglos. Y cuando surge una ventana de oportunidad para detener el péndulo, quien podría hacerlo (por su influencia moral en millones de mexicanos) declara: «Ojalá los problemas de México fueran por plagio, son por robo». Más allá del obligado diccionario de sinónimos que me gustaría regalarle al presidente, conviene reflexionar sobre el daño que hace la incongruencia de condenar la corrupción en el discurso, pero tolerarla en los hechos.

La mayor oportunidad que tiene un gobernante para demostrar que está en contra de la corrupción es cuando aplica la ley a alguien cercano. En el caso de la tesis plagiada de la ministra, el titular del Ejecutivo no es el único que actúa con tibieza. El Comité de Integridad Académica (qué bonito nombre) de la Facultad de Estudios Superiores Aragón ha determinado que la tesis de la ministra Yasmín Esquivel es una «copia sustancial» de otra tesis. ¿No les encanta el eufemismo «copia sustancial» en lugar de llamarle plagio? Gran síntoma de degradación nacional es la corrupción de las palabras. Cuando para el presidente plagio no es robo, y cuando no hay plagio sino «copia sustancial» para un Comité de Integridad Académica, ¿qué nos espera?

A la corrupción del pensamiento sigue la de las palabras y luego, inevitablemente, la de los hechos. La corrupción es cultural cuando esa cultura ha desarrollado un código de lenguaje para no llamarles a las cosas por su nombre. Es así como plagio no es robo, y es así como «copia sustancial» no es plagio. De la misma forma, datos equivocados son «otros datos», y un sinnúmero de ejemplos con los que enfrentamos ciertas circunstancias: «se lo dejo a su criterio», «usté dirá cómo nos arreglamos», «si gusta podemos agilizarlo», «si le urge mucho (sic) déjeme ver qué puedo hacer», «no son sobornos, son donaciones a la campaña», y así muchas más, donde la constante es el uso discrecional de palabras código con las que se tienta el terreno, dejando siempre la posibilidad de salirse por una de las varias puertas que se dejan abiertas. Decimos sin decir. Somos corruptos sin ser corruptos.

Nunca será reiterativo mencionar la postura del doctor José Guillermo Zúñiga Zárate en sus libros Las hazañas bribonas: cultura de la ilegalidad y Los mexicanos y latinos al desnudo. Cómo pueden México y Latinoamérica salir del subdesarrollo, donde expone «La formación bribona comienza a edad muy temprana. (…) Tiene como premisa básica el pensamiento: “Yo prefiero que mis hijos frieguen a que se los frieguen a ellos”, y los preparamos para ser astutos y sagaces, para ser bribones y así fregar a otros». Y yo añado, esta formación temprana se da con el ejemplo, con lo que los niños y jóvenes (por hablar de las etapas formativas) ven como tolerable, castigable o premiable. ¿Qué le espera a un país donde una ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación es señalada de bribona (léase corrupta)?

Pasarse la luz roja del semáforo, estacionarse en lugar prohibido, evadir impuestos, meterse en una fila, engañar, simular y cientos de cosas más, son comportamientos semilla que van escalando. Un corrupto empezó siendo un pequeño corrupto. Los trabajos científicos que analizan la conducta transgresora (como los de Dan Ariely, Phil Zimbardo y el propio doctor Zúñiga) muestran que el transgresor justifica su acción, siente que merece una recompensa, aun sabiendo que está infringiendo la ley.

Si bien el primer reclamo es con quienes detentan la autoridad, todos estamos llamados a recuperar la integridad de las palabras, llamar a las cosas por su nombre, sin máscaras ni eufemismos. Ahí está el futuro de millones de compatriotas. Si en verdad se quiere combatir la corrupción, hay que combatir la impunidad. Perdonar y exaltar el comportamiento ilegal crea patrones torcidos para las futuras generaciones.

Veremos si el caso de la ministra es una piedra más sobre el ataúd de la legalidad o una esperanzadora semilla de cambio.

Fuente: Reforma

Columnista.

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