¿Superioridad moral?

Para ponderar la supuesta superioridad moral propia y de su movimiento, así como para distinguir su gobierno de los del PRI-AN y de los poderes fácticos, el presidente Andrés Manuel López Obrador tiene un cliché: «no somos iguales». Si del PRI se decía que no era «revolucionario ni institucional», Morena también se refuta a sí mismo. Regenerar significa, en la primera acepción del Diccionario de la lengua española: «Dar nuevo ser a algo que degeneró, restablecerlo o mejorarlo»; y en una segunda: «Hacer que alguien abandone una conducta o unos hábitos reprobables para llevar una vida moral y físicamente ordenada».

López Obrador puede no ser amigo de la transparencia, pero tampoco ha hecho fama de corrupto, al contrario de la mayoría de sus predecesores, en especial Peña Nieto. Sin embargo, no se puede decir lo mismo de su equipo. Morena, como el PRI y el PAN, lidia con sus propios vicios y fantasmas, pero ocupar el poder y tener como activo principal a un presidente legitimado en las urnas y que, aun con sus errores, mantiene buenas calificaciones pese al bombardeo mediático, le da ventaja.

Pero cuando la pretendida autoridad moral choca con el muro de la impunidad y, peor aún, de la soberbia, la esperanza se desvanece y asoma la frustración. La candidatura de Félix Salgado Macedonio para el gobierno de Guerrero es una aberración y, por lo tanto, debería ser revocada por la Comisión Nacional de Honestidad y Justicia de Morena, «responsable de la atención, sanción y reparación del daño en los casos de violencia política contra las mujeres». El abuso físico y sexual está tipificado y es aún más deleznable.

Después del espectáculo de Donald Trump en la democracia más «sólida» del mundo, postular a un patán acusado de abuso sexual parece haber dejado de ser moralmente inaceptable. En otro tiempo sería suicida, equivaldría a perder las elecciones de antemano. En 1988, la estrella política del aspirante demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Gary Hart, eclipsó al ventilarse sus devaneos con una modelo. Visto como la reencarnación de John F. Kennedy —en cierto sentido lo era—, el senador por Colorado negó la infidelidad, pero cometió el error de desafiar a la prensa. El National Enquirer publicó en portada una fotografía de la pareja —ella sentada en su regazo—, y él quedó fuera de combate.

En el caso de Salgado Macedonio cabría esperar que el castigo no dictado por los tribunales lo impongan las urnas, pero las maquinarias electorales, como la justicia, están del lado del poder, no de las víctimas. El mensaje al país, y en particular a los jóvenes, es terrible. La respuesta de los gobiernos federal y estatales a la espiral de violencia contra las mujeres es el desdén, cuando no la descalificación. En Saltillo, el acoso contra Jackie Campbell, activista de derechos humanos y asesora del obispo emérito Raúl Vera, tiene ribetes de venganza por defender su género y exhibir a las autoridades.

¿De qué vale tener el primer gabinete paritario en México —en puestos clave y no de ornato— si en las calles, en sus trabajos e incluso en sus hogares, las mujeres no están seguras? El presidente López Obrador, fundador y jefe de Morena, debe utilizar su autoridad política y moral, no solo para retirar a Salgado Macedonio, sino también para encausarlo. Si no existe otro candidato competitivo, sería preferible perder la elección en vez de defraudar la confianza de sectores que han dado muestras sobradas de paciencia y respaldo a un presidente cuyo gobierno no se distingue precisamente por sus resultados.

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