Un mundo raro

Hace casi 45 años, en vísperas de unas elecciones federales donde se eligió presidente de la República, Jorge Ibargüengoitia, haciendo gala de su fino sarcasmo, escribió: «El domingo son las elecciones, ¡qué emocionante!, ¿quién ganará?». En la carrera presidencial había nada más un candidato, José López Portillo, quien, bajo el lema «La solución somos todos», recorrió el país para pedir el «apoyo popular». Fue elegido con el 93.5% de los votos. El PRI, entonces aplanadora, obtuvo el 79.84% de los sufragios para diputados y el 82.42% para senadores. A la distancia parecen cifras de otro mundo, una historia de ciencia ficción, aunque aquel eslogan sigue vigente.

Mucho ha cambiado, desde entonces, el panorama electoral en México. La constante que identifico es que (por la razón que se quiera) una parte de la sociedad suele siempre estar descontenta con el gobierno. Si algo tenemos hoy en día es un proceso electoral (independiente del control del gobierno) donde la incertidumbre da credibilidad democrática. Esto es un avance para un país que por años se acostumbró a que las elecciones eran parte de una puesta en escena.

El viaje de la sociedad mexicana por encontrar un buen gobierno me evoca un relato corto de Ray Bradbury, el escritor norteamericano identificado bajo el género de ciencia ficción, clasificación discutible pues su obra toca profundidades de la naturaleza humana, a la que dio ambientes en otros planetas. En La larga lluvia, historia publicada hace 70 años, Bradbury nos cuenta las penurias de un grupo de terrícolas en Venus, un planeta donde llueve permanentemente, hasta agobiar la resistencia de los más tenaces. Unos viajeros avanzan a través de «una lluvia dura, una lluvia constante, una lluvia minuciosa, opresiva. Era un chisporroteo, una catarata, un latigazo en los ojos, una resaca en los tobillos. Era una lluvia que ahogaba todas las lluvias y hasta el recuerdo de las otras lluvias». Los hombres no tienen más remedio que avanzar, no hay dónde guarecerse, ni de día ni de noche, en aquel infierno líquido que les penetra la conciencia. Sin embargo, abrigan una esperanza.

Les motiva encontrar uno de los refugios, unas cúpulas amarillas, una especie de biósfera artificial donde los terrícolas han recreado un ambiente agradable, en el que brilla un sol que conforta, un espacio seco al fin, con comida caliente, cambios de ropa y otras comodidades, a salvo de la incesante lluvia venusina que todo lo empapa. La historia es una alegoría a la supervivencia, a la lucha por adaptarse en condiciones extremas, a la tenacidad del carácter humano y, por supuesto, a la motivación que provoca la esperanza por alcanzar un destino, en este caso, una guarida contra el agua.

Así veo a la sociedad mexicana, como ese grupo de humanos bajo la lluvia que taladra. Ávida de encontrar solaz bajo un resplandor que la cobije, luego de una extenuante jornada en miras de encontrar, al fin, un buen gobierno. Sigo creyendo que la búsqueda de un gobierno que satisfaga a la mayoría terminará cuando seamos una mejor sociedad. Afirmar que tenemos el gobierno que nos merecemos es inexacto, como lo he dicho antes, tenemos el gobierno que somos.

¿Cuánto le falta a la sociedad mexicana en este viaje? Nadie lo sabe. Pero podemos especular, si nos tranquiliza, al modo de un diálogo de los personajes de Bradbury en su húmeda travesía por Venus: «—¿Cuánto falta, teniente? —No lo sé. Un kilómetro, diez kilómetros, mil kilómetros. —¿No está seguro? —¿Cómo puedo estarlo? —No me gusta esta lluvia. Si supiésemos, por lo menos, a qué distancia está la cúpula solar, me sentiría mejor. —Falta una hora o dos. —¿Lo cree usted de veras, teniente? —Claro. —¿O miente para animarnos? —Miento para animarlos. ¡Cállese!».

¿En qué termina «La larga lluvia»? Por supuesto que no lo diré aquí, para que ustedes lo descubran. Lo que puedo decir es que vale la pena el viaje, a pesar de las dificultades y los momentos de zozobra en que parece que todo está perdido. Porque aun en aquella lejanía venusina el gobierno les falló a los terrícolas. Sin embargo, la voluntad humana se manifiesta en la inconformidad, en ese deseo por querer cambiar el estado de las cosas.

Ray Bradbury retrató mundos tan raros como el nuestro.

Fuente: Reforma

Columnista.