¿A dónde mandamos los valores?…

Es una pena que a los mexicanos no nos guste las Historia, somos muy pocos los que le tenemos afecto y disfrutamos de ella. Hay lecciones que se repiten y se repiten, porque al final del día han sido los de nuestra misma especie quienes han escrito la del pasado. Dicen que quien no la conoce tiende a repetir los mismos yerros. Y es una verdad irrefutable. A mi me llama zambullirme en ella y dedicarle tiempo desde que un maestro inolvidable durante mi instrucción secundaria me hizo afecta a conocerla, y no solo la de México, sino la universal. Y he traído esta introducción a colación, porque el grueso de las grandes civilizaciones que ha tenido la humanidad se han derrumbado cuando los valores que las elevaron son dejados en el olvido, apartados del sentir y del vivir acorde a ellos por una sociedad a la que le molestan como si se tratara de un incordio. Repase la que usted quiera, todas mueren del mismo tipo de inanición.

Los valores son convicciones sustantivas de los seres humanos que determinan la manera de ser y orientan la conducta. Los conforman principios, normas éticas y morales que definen un comportamiento. Son tan relevantes que forman parte de nuestra identidad y se vinculan de manera trascendente a nuestros sentimientos y emociones. Son criterios que le dan significado, sentido, a la cultura y a la sociedad en general.

La sociedad de hoy, la nuestra, tiene como infausta característica, precisamente, la ausencia de valores. La realidad cotidiana de nuestros días está plagada de corrupción a todos los niveles y ámbitos, público y privado, de violencia en todas sus deleznables manifestaciones, de miedo, de mentiras, de raterías. Los antivalores se han aposentado y van dominando cada esfera de la actividad humana, generando desorientación, confusión y comportamientos nocivos y hasta patológicos. Los sentimientos de vergüenza, de culpa, de honor, brillan por su ausencia. En el seno familiar abundan el maltrato, la falta de respeto entre la pareja, hacia los padres, hacia los hijos, hacia los abuelos.

Si nos vamos al terreno laboral, el acoso psicológico, el sexual, el manipuleo de los directivos a los subordinados, son de lo más ordinario. En la esfera educativa es para sentarse a llorar, porque está erradicada la cultura del esfuerzo, del mérito, sin olvidar el acoso escolar, cero promoción a la solidaridad, al compañerismo, a la colaboración, al trabajo en equipo. Si volvemos la vista a los medios de comunicación nos encontramos la información «veraz» de lo cotidiano colmada de antivalores. Lo que vemos, lo que oímos, lo que difunden son estereotipos basados en una sociedad mercantilista y de consumo.

En el espacio público lo que campea es la inseguridad a la alza y cada vez más horrenda, motivada en mucho por la corrupción que une a autoridades y delincuencia organizada, más organizada esta última, que las primeras, que se traduce en homicidios, secuestros, robos a mano armada en la calle, en los domicilios, etc. Uyyy… y en el ámbito político dan nauseas. Personajazos de dizque políticos vendiendo mentiras, comprando conciencias, manipulando voluntades, pactando complicidades, para perpetuarse en el poder por secula seculorum, robando a lo desvergonzado del erario y en la absoluta impunidad, en beneficio de su bolsillo y de la corte que lo cobija formada por parentela y amigotes. Estamos inmersos en un océano de comportamiento mezquino, en el que se fomentan la envidia, la codicia, la ambición, la pasión por el dinero, los lujos y los bienes materiales. Y el que no le entra a esa «moda» es un grandísimo pende… Los casos de corrupción que se dan en el sector público exhiben lo que es «servirse de lo público» no de lo que debiera ser el servicio público. Y lo más triste es que los mexicanos ya nos acostumbramos a ver esas raterías y ni escozor provocan. Que ejemplos tan despreciables, y eso es con lo que están creciendo las generaciones actuales, con semejante espectáculo ayuno de la ética más elemental. Quizá por ello hoy día a los jóvenes se les hace más fácil robar y denigrarse, que trabajar honestamente. Valiente aprendizaje se les está legando.

Por ello es indispensable hacer un viraje contundente. Me centro en el ámbito político. Es importante contar con personal en esos linderos, que estén formados en ética. La ética y la política no son antagónicas. Las normas jurídicas, el Derecho, tienen sus raíces en la ética. La ética es un instrumento poderoso que forma la conciencia de las personas y desarrolla su capacidad de juicio. Específicamente, una de las razones que ha provocado la desconfianza en las instituciones públicas es la orfandad de principios y valores éticos, es esa ausencia la que ha acarreado vicios tan despreciables como la corrupción, la impunidad, el abuso de autoridad, el tráfico de influencias, etc. Lo que ha vuelto prácticamente imposible alcanzar metas y objetivos institucionales.

En el sector público se requiere de dos tipos de personas cuya participación es indispensable para su dirección y operación, ellos son, los políticos y los funcionarios. Ambos tienen carácter de servidores públicos. Para alcanzar buenos resultados en cualquier gobierno que se precie de ello, se necesita que unos y otros sean responsables. Los políticos son responsables en la toma de decisiones y los funcionarios de ejecutarlas también con responsabilidad. La ética para los servidores públicos se refiere a situaciones de su aplicación. De esa aplicación con ética depende alcanzar el bien común, objetivo toral del Estado, a través de sus órganos. El bien común se materializa en cada una de las acciones realizadas por las múltiples instancias de la Administración Pública. De modo que la actuación de políticos y funcionarios debe estar sujeta a la ética. Cuando esa actuación se ciñe al fundamento ético se convierte en la mejor herramienta de autocontrol mediante el uso correcto de la razón a partir de la idea de servicio colectivo, que es la esencia del servicio público.

La Ética Pública tiene como objeto conducir a quienes ocupan un cargo público a que lo hagan con diligencia y honestidad como consecuencia de la conciencia, del raciocinio, de la madurez de juicio, de la responsabilidad que conlleva y del sentido del deber. La ética aspira a cultivar la inteligencia y moderar el carácter de la persona, y en los gobernantes esto es indispensable, porque son quienes tienen la responsabilidad de la conducción de los asuntos de un Estado. Su ausencia, y tenemos ejemplos de lo que esta provoca, permite que lleguen personas sin escrúpulos a cargos importantes bajo el camuflaje de respetabilidad y honorabilidad. Pero lo que se antoja más inquietante, para decirlo en términos civilizados, es que no obstante que estamos viendo, como gobernados, que esto ocurre, permitamos que siga sucediendo.

Cuando estas reflexiones que me permito compartirle, estimado leyente, se publiquen, en Coahuila ya habremos tenido elecciones para diputados locales, y le confieso que me sorprendería por un lado, que la votación sea mayor al 25% del padrón electoral, como lo indicaron en las encuestas, y que no llegaran a la curul individuos francamente impresentables. Porque hubo partidos políticos que se atrevieron a avalar candidaturas de personas que si tuvieran un poquito de decoro jamás hubieran presentado, pero también quienes hayan votado por ellos les vale una pura y dos con sal la situación de corrupción que tanto daño le ha causado a nuestra entidad federativa, y respondieron a lo consabido, a la dádiva, los más pobres —y que además no quieren dejar de serlo aunque por generaciones los ha tratado como el ras del suelo— y a la complicidad, los aliados del régimen, corruptos hasta el tuétano. De modo que para pecar se necesitan dos… bueno, tres, porque también el abstencionismo aporta… Y es el más repulsivo del nefasto trío.

Como celebraría equivocarme… Es más, deseo equivocarme. Sueño con ver a Coahuila liberada de 80 años de hegemonía vergonzante en la máxima tribuna local, que es el Congreso del Estado. Como sueño también que las nuevas generaciones sean capaces de hacer de este país, empezando por nuestra casa local que es Coahuila, un sitio en el que ser autosuficiente y por ende libre, se vuelva cotidiano; un lugar en el que nos duela que alguien no viva como persona y nos solidaricemos para que cambie su condición, pero no con dádivas, sino con exigencia a la autoridad en turno para que la educación de la que habla el artículo 3ro. Constitucional le dé las herramientas para que se realice a plenitud… Un sitio en el que no tengan oportunidad los sinvergüenzas, ni los mesías de pacotilla, ni los «salvadores» como el que hoy desgobierna este país, de convertirse en gobernantes de ningún nivel, ni legisladores, ni jueces… Los cargos públicos son honores del Estado, quien ocupe un cargo público tiene el deber de honrarlo, y la mejor manera de hacerlo, es emprendiendo obras a favor del bienestar de quienes los eligieron.

Quisiera que hubiera tantos cambios en mi tierra… A ver si alguna vez, si algún día, así lo deciden quienes tienen el poder para lograrlo, los ciudadanos… Ya sé que hay quienes ni están enterados de lo que eso significa y conlleva y hay otros que no les interesa aunque lo sepan. Así de lejos andamos… pero la esperanza muere al último y yo tengo una que no me da tregua.

Licenciada en sociología por la UANE, Saltillo. Ha cursado estudios de Maestría en sociología, con especialidad en ciencia política, UNAM. Posee varios diplomados, entre los que destacan Análisis Político, en la UIA; El debate nacional, en UANL; Formación de educadores para la democracia, en el IFE; Psicología de género y procuración de justicia. Colabora en Espacio 4, Vanguardia y en otros medios de comunicación.