Acerca del amor

El amor, en un país de ateos, es capaz de conseguir que adoren a la divinidad.

Conde de Rochester

Se acerca el 14 de febrero. Se impone reflexionar de nueva cuenta en el amor. Alguna vez quise hablar de ello desde el punto de vista ético. Con el paso del tiempo, siempre maestro, he llegado a comprender que la experiencia del amor rebasa por mucho el campo de la ética. El amor puede lograr sin esfuerzo lo que la virtud ética consigue después de largos ratos de vencimiento de uno mismo. El amor es afirmación entusiasta e incondicional del otro, Savater dixit. Implica descubrir lo singular. Consiste en formular un «te quiero» lleno de alegría y goce de vivir. Es verdad que la historia de la filosofía ha tendido a moralizar la experiencia amatoria. Aristóteles, en su Arte retórica, alude al amor como aquello que busca el bien del otro. Entonces habríamos de decir que hay un amor erótico y un amor ético.

Rilke afirmó, hace ya rato, que el amor es dos soledades compartidas. Quizá la célebre explicación de Platón en «El banquete» puesta en boca de Aristófanes —«todos los hombres tenían formas redondas… concibieron la atrevida idea de escalar el cielo y combatir a los dioses… Zeus se expresó en estos términos… los separaré en dos… cada mitad hacía esfuerzos para encontrar la otra mitad»— sea la mejor representación de esta idea rilkiana: dos soledades compartidas, dos mitades que se esfuerzan por encontrar la unidad. Pero es probable, muy probable, que la mitad A no encuentre a la mitad B, que no se dé la experiencia de compartir a todo pulmón. El amor no es obligadamente recíproco. Más bien está marcado por la no correspondencia, por la desdicha y por el desamor. Si esto es así, el amor es simplemente amarga soledad, «encuentro que duplica la soledad», observa Papini. Pero he hablado sólo del amor erótico. Conviene precisar más.

El amor es eros, philia o ágape. Si seguimos a Platón, será eros. Se alude entonces a la carencia. El deseo se concibe aquí como falta. El mito de Aristófanes, del que hablé liminalmente, expresa poéticamente esta forma del amor. El amante va en búsqueda de lo que le falta, y sufre por no tenerlo. «Cada mitad hace esfuerzos por encontrar la otra mitad». Esta búsqueda puede verse frustrada, muchas veces se ve truncada. Pero el amor es también philia, amistad. Es el amor según Aristóteles. Amar es alegrarse y querer el bien de aquel a quien se ama. Aquí el deseo deja de ser carencia y se convierte en potencia. La reciprocidad es lo propio de la amistad que no es sino «un alma en dos cuerpos». Es «la forma ética del amor», como apunta Alberoni. Más allá de los griegos, los cristianos expresaron de otro modo el amor. Introdujeron el término ágape, que traducido al latín se convierte en caritas. Es el amor al prójimo, no es el amor de lo que nos hace falta, ni el amor del que nos hace el bien. Es el amor que da sin pedir nada a cambio.

Spinoza veía las cosas de este modo: «el amor es la idea de alegría acompañada de una causa externa». El otro está siempre contigo y eso desata el goce afirmativo de la vida. La alegría es el criterio que determina si hay amor. La alegría es por definición el sentimiento que acompaña al aumento de fuerza. Habrá amor en la medida en que experimente alegría, ligereza vital de la existencia, en la presencia de la persona amada. El amor ha de ser un modo exaltado e intenso de vivir. El aburrimiento y la rutina se convierten así en los grandes enemigos del amor. Excitación vs. aburrimiento y amor vs. desazón. Descartes, en Las pasiones del alma, advertía, muy cristianamente, el que al amor lo hace la unidad, en tanto que al odio la separación. Decimos cristianamente que el ideal del amor cristiano siempre espera el «ya no son dos, sino uno» y también el «hasta que la muerte los separe».

Pero mientras la lógica cristiana nos lleva a pensar en la posibilidad, con la gracia de Dios, de la unidad en el amor de pareja, la lógica de Finkielkraut y de Lévinas, pensadores ambos de prosapia judía, concibe el amor como no dirigido ni a una persona, ni a sus particularidades, sino al enigma del otro. En el amor la alteridad lo ocupa todo. Finkielkraut considera que el rostro amado es irrepresentable. Se trata de buscar no el eros en el ágape, sino el ágape en el eros. En el amor se puede hablar de comunicación en la medida en que la dualidad no se transforma en unidad. Opino exactamente lo contrario. La utopía cristiana, con la seguridad que la gracia de Dios puede dar, apuesta por el «dos que son como uno solo desde ayer»(Víctor Heredia). Un verdadero misterio ante el reto de lo imposible.

El enamoramiento es un estado naciente que separa lo que estaba unido y une lo que debe estar separado, señala de nuevo Alberoni. Artaud escribe a Génica: «Cuando se ama de verdad a alguien, se lo acepta íntegro, con sus vicios, sus defectos, sus miserias, y sin cansarse. Nunca consentiré en separarme de ti; nunca. En amor no hay regateos: todo o nada. Pero yo necesito todo». Algo semejante expresa San Agustín cuando afirma que la medida del amor es amar sin medida. Pero el enamoramiento es transitorio, culmina en el amor, en tanto que institucionalizado. Deviene rutina. Así como el amor hace pasar el tiempo, así el tiempo, inexorable, hace pasar el amor. He aquí la paradoja. El tiempo, enemigo de la memoria, cura todo mandándolo al olvido. Y el amor, por otra parte, coquetea con la eternidad, pues pulveriza al tiempo.

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