Anuncian fiesta y preparan velorio

Dice mi tío que a los cubanos nadie nos gana, porque nadie nos entiende. El comentario surgió a razón de las nuevas disposiciones financieras impuestas por el gobierno en el archipiélago y que, desde el 21 de junio, impide a sus residentes utilizar el dólar físico para adquirir productos en tiendas y comercios que emplean moneda libremente convertible. La medida se decreta con carácter temporal, lo cual en Cuba debe traducirse como algo indefinido. En pocas palabras, mientras el gobierno quiera. Puede ser una semana, un mes o sesenta años.

Pero realmente, tratándose de un país donde las ordenanzas de los jerarcas van y vienen con la marea, el mandato no tendría mayor impacto y mucho menos razón para calificarlo de absurdo si no fuera porque, apenas en julio del año pasado, el mismo gobierno eliminó el gravamen del 10% con el que, por más de tres lustros, pretendió alentar a los cubanos para que utilizaran otro tipo de divisas, el euro principalmente. Ya fuera de la fórmula esa restricción, el dólar ganó mayor presencia en territorio nacional. No olvidemos, además, que desde 2019 comenzaron a aparecer aquí y allá las tiendas en MLC —para los extranjeros: centros de comercio donde los productos se adquieren con dólares—, señal inequívoca de que las opciones de sobrevivencia en Cuba se iban diversificando.

Y entonces, cuando se habían habilitado por fin los espacios para usar dólares y, de camino, el billete verde estaba suelto y sin vacunar, viene el trancazo. Nada de efectivo. Solo transferencias o tarjetas (a las cuales, además, tampoco se le podrá ingresar directamente los dólares, quien los tenga). Como si la mayor de las Antillas contara con una economía y una infraestructura tecnológica lo suficientemente desarrollada y estable como para ponernos a jugar con dinero virtual.

Se trata de un absurdo similar a quien prepara la casa para una fiesta, la llena de globos, pasteles y confetis, y cuando arriban los invitados, dispuestos a divertirse, en lugar de salir un payaso plantan en medio de la sala un ataúd y todos están obligados a llorar al difunto.

Las razones de este entuerto no quedan nada claras. Así de oscuras también suelen ser las intenciones de los dirigentes del país. El Banco Central de Cuba (BCC) aduce la imposibilidad de deshacerse del efectivo estadounidense canjeándolo en instituciones extranjeras. Culpa, por supuesto y no exento de razón, al peligroso vecino del norte por el recrudecimiento del embargo durante la administración de Donald Trump y que Joe Biden no ha suavizado desde que soltó sus matules en la Casa Blanca.

Marta Wilson, ministra presidenta del BCC, hace hincapié en que incluir a Cuba en una lista de naciones que, supuestamente, patrocinan el terrorismo —idea de Washington— acobarda hasta al más valiente a la hora de hacer negocios con La Habana. «Eso implica que todas las instituciones financieras y las entidades que normalmente se utilizaban para remesar el efectivo y colocarlo en las cuentas de los bancos cubanos en el exterior, se nieguen a realizar operaciones con Cuba por el temor a ser sancionadas», explica la funcionaria.

Sin embargo, puede haber otras razones menos políticas y, por tanto, menos publicitadas por el régimen cubano. Héctor Manuel Prieto, en su reportaje «Cuando se acaban los senderos» —publicado por este catorcenario en su suplemento «Democracia sin mordaza»— advierte: «Ha trascendido, aún no oficialmente, que el Club de París ha negociado [con Cuba] la deuda, permitiendo su moratoria de pago, otra vez, en este 2021, que podrá dar más tiempo, sí, pero quiere sus cuotas en otras divisas que no le traigan problemas con los Estados Unidos». Su análisis agrega un detalle importante a otro trabajo periodístico desarrollado por la BBC. El portal de noticias alega que «la misma mañana en que se anunció la medida [no aceptar dólares en efectivo], el Club de París, la organización que reúne a los principales acreedores de la deuda externa de la isla, anunció que había dado un nuevo plazo a Cuba para liquidar los más de 5 mil 200 millones de dólares que debe al organismo multilateral (cifra hasta 2019, última disponible) y cuyos plazos la isla no pagó en 2020». En pocas palabras. De mano con la lógica de Prieto, el Club de París le dijo al Habana Club: «te doy más tiempo para cobrarte lo que me debes, pero a cambio me lo pagas en la moneda que me conviene». ¿Cierto o no? En Cuba ninguna versión se desestima y la menos probable suele cargar con la razón. El tiempo ya hará lo suyo.

Y bueno… a todas estas, ¿quién gana con tamaña locura? Pues el gobierno de Cuba. No cabe otra respuesta. Según Ricardo Torres, investigador del Centro de Estudios de la Economía Cubana, en declaraciones recogidas por la BBC: «La decisión aumenta la liquidez de los bancos, reduce de alguna manera la cantidad de dólares que está circulando en el mercado negro y, como los cubanos tienen que depositar la divisa en tarjetas que el mismo gobierno entrega, permite a las autoridades una mayor trazabilidad de la moneda, “saber dónde está y cómo la gente usa ese dinero”». ¿Quién pierde? Pues otra vez el pueblo que no sabrá qué hacer con los pocos dólares que ahorraron, tendrá menos acceso a las tiendas en MLC, y ahora tendrán que rogarles a los gusanos que salieron huyendo del país —y económicamente lo mantienen— que, por favor, si van a enviar dinero en efectivo, que no sea en dólares. Mejor en euros, libras o dongs vietnamitas. Da igual. Porque, como bien dice mi tío, a nosotros los cubanos, nadie nos entiende. A veces, ni nosotros mismos lo hacemos.

La Habana, 1975. Escritor, editor y periodista. Es autor de los libros El nieto del lobo, (Pen)últimas palabras, A escondidas de la memoria e Historias de la corte sana. Textos suyos han aparecido en diferentes medios de comunicación nacionales e internacionales. Actualmente es columnista de Espacio 4 y de la revista hispanoamericana de cultura Otrolunes.