Jorge Dueñes, su legado

Haber empezado a trabajar temprano, como ayudante de linotipista en La Opinión (hoy Milenio Laguna), me privó de los placeres de la adolescencia, algo que jamás he lamentado, pero la vida me compensó con creces. La vocación por «el mejor oficio del mundo» (Gabriel García Márquez, dixit) nació en el calor de los lingotes de plomo de los textos formados en galeras y el olor a tinta impregnado en el ambiente. Muchos de mis amigos —gigantes algunos de ellos— pertenecen, por lo mismo, a una generación mayor a la mía, lo cual me ha permitido abrevar de su experiencia y amarlos como hermanos.

La desventaja es que, aún cuando no existe edad para morir, por orden natural la meta la cruzan primero los mayores. Cada que un amigo fallece mi alma se aflige y se desasosiega. En los últimos meses he perdido a algunos de los más queridos: Blas Sosa Domínguez, don Ramón Iriarte Maisterrena y Carlos Robles Nava. Me detengo en mi compadre Jorge Dueñes Zurita, cuyo deceso ocurrió este 22 de junio en Torreón. Por Jesús Villarreal González, el Chamuco, y Luis de la Rosa Córdova supe que había sido internado gravemente y, después, de su muerte. Antes había ponchado al coronavirus.

Hay personas que «pasan por el mundo haciendo el bien a todos». Jorge es una de ellas. Por eso es tan querido, y su muerte motivo de tristeza entre legiones. Mi compadre es transparente y malhablado, pero hasta eso le sienta bien, pues jamás ofende. Hay quienes insultan con halagos que en realidad son dardos. A Jorge y a un grupo de amigos se debe el regreso del Rey de los Deportes —bautizado así por Albert Einstein— a La Laguna a finales de los 80 del siglo pasado. El mote de «Hermanos Coraje» se lo ganaron a pulso él y su hermano Antonio. Un error o una decisión equivocada en el diamante activaba los resortes de su iracundia divertida y pasajera.

Compadre mutuo, Blas contaba que cuando Jorge recibía a cualquier aspirante a una plaza en Industrial Kimball, lo primero que indagaba no eran sus aptitudes. «¿Qué posición juegas?», disparaba. Si el equipo de la empresa necesitaba un lanzador o una tercera base y el pretendiente lo era, quedaba contratado. Jorge se desternillaba de risa —reflejo de su alma buena— cuando narraba el cuento del marido parrandero que llegaba a casa entrado en copas, pero siempre protegido con una careta de catcher. Cada nueva excusa resultaba más inverosímil que la anterior. Y cada vez caía en la finta: al grito de foul de su mujer, se retiraba la máscara y miraba al cielo en busca de la bola para hacer el out. En ese instante, la ofendida le estrellaba el bate en pleno rostro.

A mi compadre Jorge y a un grupo de empresarios laguneros se debe también el tercer diario en La Laguna, en 1975, cuyo inicio era promisorio, pero se cruzaron intereses y al final la empresa la absorbió la Organización Editorial Mexicana. Fui de los reporteros fundadores de Noticias, y director entre 1982 y 1988. Pero el mayor legado de Jorge es la Ciudad Industrial de Torreón. Gobiernos sucesivos grabaron promesas en piedra. Ninguno cumplió. En esos años, la falta de un parque y las políticas disuasivas de la CTM provocaron que la inversión floreciera en Gómez Palacio, donde el alcalde Carlos Herrera y la central obrera ofrecían lo que a Torreón la capital le regateaba.

Jorge convenció al nuevo gobernador Óscar Flores Tapia de dotar a la ciudad de esa infraestructura inaplazable. El apoyo de don Antonio de Juambelz, director y propietario de «El Siglo de Torreón», crítico de Flores Tapia, y las gestiones del secretario de Gobierno, Roberto Orozco Melo, y del titular del Polo de Desarrollo, Homero del Bosque, fueron determinantes y vencieron los obstáculos. La Ciudad Industrial se pobló en pocos años. Sus dimensiones pudieron ser mayores, pero la mezquindad de algunos agentes lo impidió.

Mi compadre Jorge llevó su vida a extra innings. Mi esposa Chilo y yo vinimos a Torreón a verlo correr el infield por última vez, con esa sonrisa franca y satisfecha, fuente de luz, alegría y esperanza. Mis lágrimas las ahoga su imagen de triunfador, de hombre bueno y magnánimo; de hermano y padre sabio más que de amigo, cuyos límites los excedió siempre su nobleza. Abrazos, Margarita. Abrazos, Jorge, Arturo, Fernando, Gerardo. Abrazos Marcela y Márgara.

Torreón, 1955. Se inició en los talleres de La Opinión y después recorrió el escalafón en la redacción del mismo diario. Corresponsal de Televisa y del periódico Uno más Uno (1974-81). Dirigió el programa “Última hora” en el Canal 2 de Torreón. Director del diario Noticias (1983-1988). De 1988 a 1993 fue director de Comunicación Social del gobierno del estado. Cofundador del catorcenario Espacio 4, en 1995. Ha publicado en Vanguardia y El Sol del Norte de Saltillo, La Opinión Milenio y Zócalo; y participa en el Canal 9 y en el Grupo Radio Estéreo Mayrán de Torreón. Es director de Espacio 4 desde 1998.