Apagada voz

Cuando se hace una mirada retrospectiva, encontramos en el pasado de México muchos contrastes; algunos resultan francamente desalentadores. Por ejemplo, se puede notar una cosa: el proyecto revolucionario fracasó, en buena medida. Pocas cosas fueron cambiadas por ese evento.

Hoy, como antes, abundan los tiranos —llámense políticos, funcionarios públicos de alta y hasta de bajo nivel, dirigentes religiosos o sindicales, empresarios sometidos al capital de las trasnacionales e intelectuales de poca monta— que, como todos los estúpidos que se regodean en las riquezas, poder y privilegios acumulados por sus antecesores, han renunciado definitivamente al esfuerzo de pensar y al deber de conservar las herencias de un pasado que legó bienes culturales de esencial existencia para la nación.

Este país, en los hechos históricos, incluidos los recientes, ha sido despojado de su inteligencia, de su ímpetu, de su arrojo; carece incluso de dignidad. En términos generales, todo eso perdió la nación en su proceso de vivir su historia.

Perdió en su democracia de sufragio, tan llena de laudes y glorias cantadas por los que les conviene destacarla a fin de mangonear, pero fácilmente vulnerada y manipulada por dádivas en especie, becas y pensiones humillantes entre los miserables, campañas de miedo promovidas desde los sindicatos en perjuicio de sus agremiados, o desde las dependencias públicas entre una burocracia que no ve la suya, y una destrucción de la conciencia ciudadana que ya no alcanza para discernir entre, digamos, lo bueno y lo malo.

Perdió su periodismo, antes de verdadera combatividad y honestidad. Eso ocurrió cuando cambió la voz escrita disidente por el canto sumiso de loas a los poderes en turno, afiliando a sus periodistas a las nóminas oficiales para rendirse a su mandato, y mentir apasionadamente a favor de los que pagan, convirtiéndolos en merolicos sin sustancia y, de paso, despojando a la profesión de toda su tradicional dignidad.

Ese cambio de dirección, echó por la borda la titánica y honesta labor del periodismo forjado a lo largo del siglo XIX y principios del XX como La Libertad, cuyo director fue hecho prisionero en Guadalajara; La Hoja Suelta, de Manuel M. Oviedo, encarcelado y su periódico cerrado para siempre en Torreón; los periódicos Yucatán Nuevo y La Defensa Nacional también cerrados y sus directores encarcelados acusados de provocación a la rebelión; como coronación de ese periodismo combativo, y por eso condenado muchas veces a la clandestinidad, está la formidable voz de oposición llamado El Hijo de El Ahuizote. Esta prensa cumplió, a carta cabal, su cometido principal: aglutinar, mediante la palabra crítica y libre, a toda clase de gentes, con doctrinas e ideologías propias, capaces de expresar con rigor los dictados de su pensamiento.

Las preguntas obligadas en mi cabeza son: ¿podría el periodismo de nuestros días sostener esta responsabilidad? ¿Y los periodistas, podrían ejercer su oficio sin adherirse a los beneficios que se otorgan desde las oficinas de comunicación social —plaga malévola entre malévola plaga— de las dependencias públicas? ¿Podrían —vuelvo a preguntar— los periodistas de hoy mantener la vergüenza de su profesión sin mancillarla con la tarea servil de ser parte del coro de aduladores y voceros de los poderes en turno? ¿Cómo podrían hacerlo si aceptan premios que el estado les otorga?

Perdió cuando, ante las lecciones dadas por el empeño del gobierno de Porfirio Díaz por entregar a los capitalistas extranjeros la explotación de los recursos, digamos minería y petróleo; el manejo de las comunicaciones, en aquel entonces, ferrocarriles y navíos; la industria de hilados y tejidos en manos de foráneos, muchos años después, ni los gobiernos priístas, ni panistas, ni perredistas, ni otros de la misma calaña como los morenistas, han logrado cambiar nada, pues los recursos siguen en manos de otros, que no son los de aquí sino de allá, de donde relumbra el oro falso de los datos electrónicos proporcionados por ls grandes bancos y las grandes empresas asentadas en otros países.

Perdió cuando el suelo mexicano de antes, tapete verde y ocre, hacendario y campesino, cubierto de peones esclavos, gente de beneficio para los Romero Rubio, los Yves Limantour y los otros apellidos de abolengo que en mi patria eran ayer de balaustradas marmóreas, hoy plebeyos de abolengo comprado desde los partidos políticos o desde los puestos públicos que aumentaron sus caudales para construirse residencias palaciegas de extremo lujo, mantener cuentas millonarias en los bancos de la extranjería y, otra vez como antes fueron los terratenientes, ser dueños de ranchos improductivos para el descanso de fin de semana y que sólo en sueños se pueden concebir, pero donde, como antes, están tapizados de gente pobre utilizada para beneficio de los nuevos arribistas.

Perdió cuando, muchos años después, el miserable nivel de vida de la mayoría enfrentó altos precios de los alimentos, vestido, medicinas, verdaderos gastos brujeriles —diabólicos— que devoran gran parte del ingreso promedio de un trabajador, con relación a su jornal y no hay ley justiciera que lo remedie ni 4T que lo cambie.

Perdió cuando el acaparamiento de la tierra y el fortalecimiento del latifundio, dos privilegios de la época porfirista, se proyectaron hasta el presente concretando el acaparamiento de propiedades y el fortalecimiento de capitales heredados por señoritos herederos de vejetes, a su vez herederos de momias, herederas de ladrones, herederos de… Esos pusilánimes nuevos ricos que, además de explotar al trabajador-animal, utilizan su influencia para corromper, defraudar al fisco federal, al fisco estatal, a cualquier fisco que se les ponga enfrente porque ningún gobierno supo detener lo que empezó con el de Porfirio Díaz, que era entregar al capitalismo de otros lares las principales fuentes de riqueza del país, fortaleciendo la clase arbitraria reunida en la gran mesa de manteles largos y propiedades rurales y urbanas privadísimas.

Todo eso sumado a la obra teatral de los partidos políticos, montada con escenografía institucional, dirigida y protagonizada por un cuadro de actores consumados en la respuesta retórica, los «acuerdos» en lo oscurito, en el aparte, como algo que se esconde; la sobreactuación, la reverencia pronunciada y el dominio sobre la audiencia gobernada, obediente y sumisamente insultante.

Todo eso perdió México cuando a los malos gobiernos históricos que ha tenido el país le añadimos el gobierno de la cuarta transformación y le dimos permiso de destruir lo poco que se había logrado en la construcción de una patria que lo fuera realmente. Y lo peor es que el gobierno actual nos haya enmudecido a todos arrebatándonos la voz, la de antes, la que hablaba fuerte como lo hizo durante aquel breve chispazo de lumbre que incendio el año de 1910.

San Juan del Cohetero, Coahuila, 1955. Músico, escritor, periodista, pintor, escultor, editor y laudero. Fue violinista de la Orquesta Sinfónica de Coahuila, de la Camerata de la Escuela Superior de Música y del grupo Voces y Cuerdas. Es autor de 20 libros de poesía, narrativa y ensayo. Su obra plástica y escultórica ha sido expuesta en varias ciudades del país. Es catedrático de literatura en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades; de ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas; de estética, historia y filosofía del arte en la Escuela de Artes Plásticas “Profesor Rubén Herrera” de la Universidad Autónoma de Coahuila. También es catedrático de teología en la Universidad Internacional Euroamericana, con sede en España. Es editor de las revistas literarias El gancho y Molinos de viento. Recibió en 2010 el Doctorado Honoris Causa en Educación por parte de la Honorable Academia Mundial de la Educación. Es vicepresidente de la Corresponsalía Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana y director de Casa del Arte.