Bienvenido, don Hilario

Los cambios siempre son purificadores e innovadores en nuestro caminar por la vida, algunos se requieren, otros se necesitan por determinada razón y otros más porque la normatividad lo exige, como ahora mismo que la Iglesia designa a un nuevo obispo al cuidado de la diócesis de Saltillo.

Uno de los factores reales de poder es, sin duda, la Iglesia católica, pues ella aglutina en nuestro país un porcentaje muy alto de fieles que la apoyan y que cooperan para que la barca pueda continuar su rumbo, por lo que su peso es soportado y otros poderes fácticos se unen para auxiliarla en su camino.

El cuidado hacia el humano, Cristo se lo confió a la Iglesia dentro de su doctrina social; sin embargo, dentro de la misma institución existen corrientes que se apartan de la filosofía propia de la religión, excluyendo dogmas que, por su anacronismo, ya no encajan en esta época, pero imprimiendo la verdadera sustancia de la bondad que acuna el amor que emana de la doctrina que Jesús nos ha heredado.

Don Hilario González García, séptimo obispo de Saltillo: las ciudades que conforman la diócesis que estará bajo su batuta las componen habitantes buenos, dedicados a sus labores cotidianas, cada quien en su lugar y lo hacen arduamente para llevar el sustento a sus familias. Saltillo, junto con Arteaga y Ramos Arizpe, tienen un poco más de un millón de habitantes cuyo trabajo está muy diversificado, pero es preponderantemente industrial y de servicios, y parte muy importante de estos productos son exportados a varios países del mundo, sobre todo lo mayormente relacionado con la industria automotriz que nos da fama y miles de empleos.

Despidamos a monseñor Raúl Vera, que pasa a ser obispo emérito junto con monseñor Francisco Villalobos, quien por estos días ha cumplido 100 años de vida y todavía asistiendo a ceremonias religiosas, por lo que ahora Saltillo gozará de tres obispos cumpliendo cada uno con responsabilidades diferentes, pero ahora bajo la guía de monseñor Hilario González.

Monseñor González, dentro de la Iglesia también es saludable que existan vientos que higienicen las relaciones extramuros e intramuros apoyados en un trabajo episcopal dentro de un ambiente menos estridente, pues siguiendo líneas equilibradas, ecuánimes, se logran acuerdos que beneficien el andar y se traduzcan en activos para todos.

Me encuentro redactando esta columna unas pocas horas antes de que tenga lugar la transición de un obispo a otro, la cual se está dando en medio de diferencias en el criterio para la logística de la ceremonia, lo que empaña la imagen de la Iglesia al imponer puntos de vista desiguales al equipo del nuevo obispo, en lugar de profundizar en la mesura que debe proyectar, al tratarse de un pastor que conduce a sus ovejas por el camino del entendimiento, de manera que la institución sea el refugio que alimente la paz interior.

Démosle la bienvenida al obispo González y ayudémosle en la conducción de la diócesis, lo cual debe ser complicado en las ciudades y en el campo al lado de los desheredados que han sido los más abandonados y, por lo tanto, los más necesitados de ayuda, pues ahí se encontrará a los pobres, por lo que no hay que perder el contacto con ellos, lo cual sería perder el contacto con Dios. El trabajo está afuera, en donde está la vida, y la palabra de Dios debe salir puertas afuera. Hay que ser prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas, como dice el Evangelio.

Nacer en la iglesia es nacer en un sistema de órdenes y prohibiciones, la última orden partió del Vaticano para que viniera a esta tierra a conducir la barca por veredas que nos traigan la buena nueva, reforzándola en la pastoral donde se ubican los pobres abriéndoles las puertas del obispado diocesano de manera que sea la peana que fortifique la tesis de la Iglesia, es decir, que sea realmente un espíritu encarnado, y no un lugar, como dice Morris West, decorado con terciopelo y brocado, y querubines de oro desconchado sobre las cortinas.

Se lo digo en serio.

Autor invitado.