Calvert: altura de miras

El término «sospechosismo» lo inventó Santiago Creel cuando era secretario de Gobernación de Vicente Fox para referirse a la costumbre, muy mexicana, de sospechar de todo, aun de las buenas intenciones. Ser una sociedad escéptica se lo debemos a los políticos, máxime a quienes toman el poder como el medio más rápido y seguro para fabricar fortunas, o bien como una especie de lotería cuyo premio cobran a diario y a la vista de todo el mundo. El silencio y la falta de valor para denunciar desde la sociedad y los medios de comunicación la rapiña, son sus mejores aliados. El Sistema Estatal Anticorrupción les tiene sin cuidado, pues ellos lo inventaron para cubrirse las espaldas.

Nadie escapa del «sospechosismo». En el sector privado, como en los demás, incluido el periodismo, también existe corrupción. Pero es más dañosa y deleznable cuando los poderes público y privado confabulan, pues la sociedad y las empresas ajenas a su órbita quedan indefensas. Entonces el político se convierte en empresario —con hombres de paja— y viceversa. Acaparan contratos de Gobierno. —«¡Viva el enchufismo!» —dicen—. ¿Cómo no, si tienen la sartén por el mango!

El «sospechosismo» también se induce para poner en tela de juicio proyectos no solo necesarios, sino también inaplazables como los relacionados con la disposición y tratamiento de residuos industriales peligrosos, de los cuales, en nuestro país, el 75% no se gestiona apropiadamente para ser neutralizados. Uno de los Centros Integrales para el Manejo Adecuado de Residuos Industriales funciona en General Cepeda, bajo la responsabilidad de Ecolimpio, firma que recién celebró 25 años de fundada. —Aclaración de interés: soy amigo de su presidente, Daniel Calvert, y también del ahora obispo emérito Raúl Vera López, quien ha impugnado el Centro por considerarlo riesgoso—.

Llegar a su primer cuarto de siglo no ha sido fácil para Ecolimpio —el sufijo remite al personaje de la exitosa serie mexicana de finales de los setenta y mediados de los ochenta, Odisea Burbuja, cuya proclama era «mugre, basura y smog»—. La empresa no solo ha enfrentado presiones, sino también campañas de desprestigio de parte de competidores foráneos y de la región, entre cuyos socios podría haber políticos. El Centro Integral de General Cepeda, como todos los de su tipo, está sujeto a estrictas y rigurosas normas y controles del Gobierno federal a través de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales.

Pero como el que nada debe, nada teme, ya lo dijo el presidente López Obrador, Calvert y su equipo —leal, profesional y con la camiseta bien puesta—, capitaneado por su hijo Daniel Calvert Martínez, José Alfredo Apess y Javier Calderón, han abierto las puertas a ambientalistas, medios de comunicación y críticos para recorrer el Centro con entera libertad y constatar cómo la desinformación puede resultar más peligrosa que los residuos depositados en celdas de alta seguridad.

Hace cosa de tres años recorrí las instalaciones junto con un grupo diverso, invitado por Daniel. Ninguno ingresó con escafandra o traje de seguridad, pero todos, o la mayoría, salimos convencidos de que, con voluntad y compromiso, se pueden hacer cosas buenas y provechosas. El país necesita más empresarios con la visión, transparencia y altura de miras de Daniel Calvert. Lo felicito a él, a su esposa Blanquis y a sus hijos Daniel y Sofía, forjados con su ejemplo, por mantener firme el timón sobre todo en tiempos de borrascas.

Espacio 4.