Cazador cazado

Es posible que David Colmenares, titular de la Auditoría Superior de la Federación (ASF) no haya medido las consecuencias del error en la estimación del costo de la cancelación del aeropuerto de Texcoco. Su renuncia en nada resolvería el enorme daño que recibe la institución más relevante en el escrutinio del gasto público federal. Es inaceptable que una entidad fundamental de la Cámara de Diputados, autónoma, con todos los elementos técnicos y recursos humanos haya cometido una pifia de tal tamaño, particularmente porque la previsible respuesta hostil del presidente.

Colmenares es un funcionario reconocido, respetado y respetable, además, con amplia experiencia en el sector hacendario. El reporte de la auditoría dado a conocer atiende aspectos fundamentales y, por lo mismo, era necesario un estudio impecable, verificado y a prueba de ácido. No fue así, al menos en un tema fundamental y eso hace que pierda valor del todo. Ese descuido es inexplicable.

El presidente López Obrador está en su derecho de defender a su gobierno y de disputar a quien le audite, sea institucional —ASF, Inegi, INE— o provenga de la sociedad civil. El informe de la ASF es una llamada severa de atención al gobierno. El lamentable incidente resta fuerza y credibilidad a observaciones que demuestran que no hay un debido ejercicio del gasto público y en especial en los programas y obras emblemáticas del presidente. En otras palabras, las cosas no han cambiado de manera significativa en cuanto al ejercicio presupuestal, que los de ahora y los de ayer son iguales, aunque eso caliente y sí que calienta al ser cierto.

La entidad y este informe deben ser evaluados. No políticamente, sino con estricto criterio técnico contable. En el pasado la institución ha cometido errores y ha afectado a particulares, hechos que no han trascendido porque se han resuelto en el discreto trabajo administrativo o judicial. La situación ahora es distinta y al margen de la estridencia o de la presión política, deberá auditarse al auditor.

Lo acontecido es muy lamentable porque lo que más requiere el actual gobierno son contrapesos. Sin duda, el control horizontal de la administración a cargo de la Cámara de Diputados es un muy preciado recurso para mejorar la calidad del gobierno, aunque sus reportes sean opinables y sí, recurrentemente incómodos para los auditados. El daño es mayor no sólo a la institución, sino al modelo de gobernabilidad democrática y control de la administración pública federal.

Lo acontecido es un retroceso para el buen gobierno, aunque eso beneficie al Presidente. Es posible que el auditor haya pensado que con el reconocimiento del error las cosas bajarían de intensidad respecto al gobierno. Ocurrió lo contrario, ahora el Presidente va a la caza del cazador. Como es común en él, es un empeño sin concesión, lucha por la dignidad dice él, hasta lo último, incluso, más allá de la rendición de quien él ve como enemigo, que para efectos prácticos sucedió al momento del error y su público reconocimiento.

La aprobación y los resultados

Llama la atención de la realidad política actual, el divorcio entre la positiva aprobación presidencial y los malos resultados del gobierno. El tema no se remite al presidente, sino a la sociedad; el país transita a una forma de cinismo social, esto es, una mayoría que aprueba al presidente a pesar de que no le crea, que le parezca irrelevante no sólo que él mienta, sino que falle en lo fundamental como gobernante, incapaz de proveer lo básico: seguridad y bienestar.

Estamos ante un presidente que se refugia en las promesas ante los magros resultados. Una sociedad ávida de fácil esperanza y negada a hacer su parte para superarse. Uno que corteja con engaño deliberado, y otra que cede por debilidad, por el deseo de creer, de mejorar sin trabajar, a la espera de que alguien más le haga la tarea.

La aprobación no pasa por el engaño, sino por el inasible mundo de las creencias y emociones. López Obrador es el gran seductor de la patria de hoy día. En perspectiva está el juicio severo al mandatario, a quienes le acompañaron, a la oposición y a la sociedad complaciente, en especial, a sus élites, incapaces hasta de velar por sus intereses. Hablar, opinar y en su caso criticar se vuelve un elemental acto de vergüenza.

La pandemia ha sido una catástrofe mundial. Un doloroso paréntesis de muerte y penuria para muchos. El manejo de las autoridades mexicanas ha sido cruel en extremo. Sin empatía frente a la tragedia y sin capacidad de reconocer errores e insuficiencias. El presidente y su incondicional López Gatell se han arrogado una responsabilidad que en mucho los excede, al margen de la Constitución que obliga a la presencia del Consejo de Salubridad General. Las cifras prueban la pésima gestión de la crisis sanitaria. Lo mismo ocurre con el programa de vacunación, México muy atrás en la carrera por la salud y consecuentemente para el anhelado regreso a una normalidad.

Los problemas vienen desde antes de la pandemia en todos los frentes: salud, educación, seguridad, Estado de derecho y economía. La recuperación será lenta y afectará más a los que menos tienen si se sigue por la senda de la falta de certeza de derechos, el desastre se extenderá más allá de esta generación.

Se descarta un cambio en el gobierno pese a los malos resultados. Si el Dr. López-Gatell es soportado y aplaudido por su jefe, nada se espera que cambie. Si el impresentable Salgado Macedonio es apoyado por el Presidente, ya se sabe el piso ético para lo que viene. Inútil esperar cambio.

La apuesta de muchos son las elecciones próximas. Sí hace diferencia que el presidente cuente con una Cámara a modo, pero no hay que sobredimensionar la capacidad política de la oposición para representar lo que el país requiere, como resolver el divorcio entre aprobación y resultados. Se espera más fango, inmovilidad, cooptación, chantaje y polarización.

Autor invitado.