¿Cómo amamos a la patria?

«Suave patria, permite que te envuelva con la más honda música de selva, con que me modelaste por entero, entre risas y gritos de muchachos y pájaros de oficio carpintero…»

Ramón López Velarde

¿Es posible seguir hablando de la «patria» en estos tiempos? Yo estimo que sí, que es urgente hablar de ella, porque en estos días de globalización, de tecnología digital, de cuanto se ha inventado el hombre para comunicarse de manera tan distinta, y no me refiero a la de los bisabuelos, porque eso ya suena a antediluviano, sino a la de los padres de los jóvenes de hoy, es esencial que conozcan el pasado, porque es la forma más objetiva de entender el presente y de planear el futuro. Nuestros antepasados puentearon, como decía un buen amigo mío, lugares y paisajes con sus propias vivencias. Nosotros nacimos de esas historias y continuamos escribiéndolas, ergo, la patria es, naturaleza y cultura, nacencia y trascendencia, perseverancia y transformación, crisálida y mariposa.

La tierra de donde venimos nos vincula y nos relaciona sin duda alguna, nuestra historia común se borda desde hace siglos con tradiciones, con costumbres, fiestas y rituales, lenguas y dialectos, leyendas, dichos, nombres de sitios, olores, gastronomía, clima, paisajes, imágenes… Todo eso construye nuestra identidad, lo que nos hace distintos y distinguibles y que en conjunto constituye nuestra fuente de fortaleza, el asidero de todo aquello que nos hermana. El ser humano necesita ese arraigo emocional, quien no lo posee es muy vulnerable.

Hay quienes tienen que irse de su tierra, y nosotros en México sabemos de eso. La migración, sobre todo hacia el norte, de miles de compatriotas en razón de la pobreza generada en la falta de empleo en su país, los obliga a arraigarse de nueva cuenta en una tierra que no es la suya, con la que no tienen nada o casi nada en común. ¿Pondera usted el tamaño de semejante vacío? Irse de su casa natural, de lo que conocen, de lo que les es propio… ¿Se imagina el dolor interior que experimentan? Pero para muchos no hay otra alternativa. Hoy día estamos ante una ola de inmigrantes, sobre todo de países centroamericanos, y que por asunto se geografía, tienen que pasar por México para llegar a Estados Unidos, y vemos cómo son tratados por algunos gorilas —con perdón de los gorilas— con disfraz de policía o de agente de inmigración en la frontera sur de nuestro país. Y nos indignamos de cómo tratan a los nuestros en la línea que nos divide territorialmente de los estadounidenses.

Cuando las sociedades pierden su identidad se vuelven frágiles, se daña severamente la cohesión social. Hoy ese fenómeno está permeando en nuestro país. Y no me refiero a los que tienen que emigrar al exterior, sino a los que nos quedamos. Hay brechas enormes que se abren, acicateadas por el radicalismo, el extremismo, la manipulación desde las más altas esferas del poder político, la violencia, el hartazgo de un sistema político obsoleto, inservible para estos tiempos, pero que se aferran a mantener con vida quienes usufructúan del mismo, sin importarles un comino que se están llevando al país al voladero.

Septiembre es el mes de la patria para quienes somos mexicanos, es de desearse que el fervor lo tuviéramos todos los días del año, pero a ojos vistas no es así. Hay un montón de cosas que sabemos los de mi generación, pero que se nos olvidan voluntaria o involuntariamente, y son las mismas que las nuevas generaciones ignoran, porque no se las hemos enseñado o se las estamos enseñando con muchas, pero muchas deficiencias. Y para el caso el resultado es el mismo.

A mí me enseñaron en casa y en la escuela que la patria es la raíz, es algo así como el vientre materno que te nutre y te protege. Que es el lugar al que nos traen nuestros padres y el que nosotros vamos a dejar a nuestros hijos. Que a la patria se le ama porque es el huevo de donde surgimos, el espacio en el que están la tierra y el agua, el alimento y la memoria, la identidad y el refugio. La patria tiene que ver con los sentimientos, la patria abarca un mundo de valores compartidos y también otro de diferendos consensuados. Y no es posible transitarla sin acuerdos ni incluso sin renunciamientos, en algunos casos. También me subrayaron que lo que denominamos patria se construye entre todos los ciudadanos cada día y, como el amor, se le llora a veces y se le goza otras. Me dejaron bien claro que la injusticia y la pobreza son gritos acuciantes a la patria, que la desmiembran… ¿Por qué? Porque ¿cómo imagina usted que se sienten quienes no comen tres veces al día, que no tienen techo ni propio ni rentado, que no tienen derecho a la salud ni a la educación, aunque la Constitución los reconozca como derechos fundamentales? ¿Quién arropa a los excluidos? ¿Quién abriga a los desempleados? ¿El asistencialismo populista? Ese es ad perpetuam y nunca ha sacado a la gente del socavón en la que ha vivido por generaciones completas, si  es  que  se  le puede llamar vivir a esa maldita manera de esclavizar personas a las que ya convencieron de que ni siquiera tienen dignidad. Estas personas ¿no son parte de la patria?

Hay otros demonios que también borronean la idea de patria, entre ellos está la intolerancia, así como el desprecio al que piensa diferente. Y también están la corrupción, el saqueo, el egoísmo, la indolencia, la indiferencia y la impunidad. Abren grietas que la fragmentan, la parten, la dividen…

Hoy, en medio de este mundo globalizado del que somos parte, nos guste o no nos guste, es esencial para no perdernos en la debacle, que tengamos una identidad, eso es en términos llanos la patria. Esta patria a la que amamos y de la que renegamos con la misma pasión.

A la patria la concebimos como una madre y derivado de este concepto le transferimos sentimientos propios del amor filial, como son la lealtad, la disposición de amarla sin condiciones, y un amor de esa naturaleza se asume como absoluto, sagrado, por encima de contingencias. Amar a México es también querernos a nosotros mismos, a nuestra familia. Querer a México es poner lo mejor de nuestra parte para que el país avance, para que se convierta en el mejor lugar para vivir. Amar a la patria, como afirmaba don Carlos Abascal es comprender que: «La democracia va más allá de sólo limitarse a respetar a los otros, la democracia va más allá porque cada persona en democracia se hace responsable de que los demás puedan ejercitar sus derechos, porque los demás se hacen responsables de que cada uno ejerza sus derechos». Y esto es ejercer nuestra libertad de manera responsable, y si todos lo hacemos así desarrollaremos un ambiente de justicia.

El segundo acto de amor a la patria, subrayaba el maestro Abascal implica usar la política como «el instrumento principal (…) para resolver problemas y aprovechar las oportunidades, pues sólo así se podrá construir una sociedad democrática que se convierta en una sociedad justa, cada vez más justa». Y este objetivo se alcanza con diálogo entre los actores sociales, con participación ciudadana, no dejando la política en manos exclusivas de los políticos. Y el tercer acto de amor a México se traduce en entender y honrar los símbolos patrios por medio de una conducta cívica, pues estos «representan ideas, ilusiones, aspiraciones de millones y millones de mexicanos que nos han precedido».

Si cada uno de nosotros, de acuerdo con nuestro campo de especialidad y de acción nos comprometemos a hacer lo que nos toca hacer con niveles de excelencia, me parece que no hay manera más completa y noble de demostrar el amor que sentimos por nuestro país. Y nada más imagine el tamaño de la bonanza que generaríamos entre todos.

¡Que viva México!

Licenciada en sociología por la UANE, Saltillo. Ha cursado estudios de Maestría en sociología, con especialidad en ciencia política, UNAM. Posee varios diplomados, entre los que destacan Análisis Político, en la UIA; El debate nacional, en UANL; Formación de educadores para la democracia, en el IFE; Psicología de género y procuración de justicia. Colabora en Espacio 4, Vanguardia y en otros medios de comunicación.