Corrupción: cabeza del «pulpo»

En Coahuila, los convenios de publicidad son usados como herramienta para silenciar a los medios de comunicación: Camelia Muñoz

Parte II

En entrevista concedida por la periodista Camelia Muñoz Alvarado, después de reflexionar concluye que las autoridades locales y estatales han encontrado que la manera más efectiva de conseguir que los medios de comunicación se ciñan a la difusión de lo que les conviene es a través de contratación de publicidad en paquete. Eso contribuye a crear un gran «pulpo» con tentáculos en casi todas las oficinas públicas.

José Palacios (JP): ¿Este «pulpo» alcanza hasta la Comisión Estatal de Derechos Humanos?

Camelia Muñoz Alvarado (CMA): Lo que he visto es que sí. Por experiencia propia, en las dos denuncias que presenté contra el Municipio (Saltillo), el actuar de la CEDH ha sido catastrófico, se comporta como oficina de partes y representación legal del propio Ayuntamiento. Los convenios de difusión de lo que hace un funcionario público tácitamente se silencia a las voces críticas, aun cuando las situaciones de corrupción sean evidentes o tenga la autoridad conflicto de interés con el medio. Y aunque existe una reglamentación al respecto, el solo hecho de hacerlo público lo exime de toda responsabilidad y permite otorgar nuevos convenios publicitarios.

Con el dedo índice de su mano izquierda, Camelia señala hacia el costado sur del Palacio de Gobierno como el «gran pulpo» cuyos tentáculos abarcan a todas las instituciones «autónomas»: la Comisión Estatal de Derechos Humanos, la Fiscalía General, el Instituto Coahuilense de Acceso a la Información Pública, la Comisión Estatal de Atención a Víctimas, y la Academia Interamericana de Derechos Humanos, entre otras más.

CMA: En 18 años de cobertura del quehacer del gobierno estatal me he enterando del control ejercido por medio de esos tentáculos. Ahora sé de dónde viene Luis Efrén Ríos —extitular de la Comisión de Atención a Víctimas y de la Academia Interamericana de Derechos Humanos—. Él era afín de Raúl Sifuentes, excolaborador cercano del entonces gobernador Eliseo Mendoza Berrueto y secretario de Gobierno del también gobernador Enrique Martínez y Martínez, y cuando Sifuentes estaba en la terna del proceso interno para próximo candidato a la gubernatura, se decide por apoyar a Humberto Moreira, haciéndole diversos favores políticos, mismos que fueron «pagados» posteriormente.

Estos y otros señalamientos han hecho que las autoridades en turno «veten» la labor que hacen diversos periodistas, desde el régimen de los Moreira en lo estatal, hasta en lo local con el actual alcalde (Manolo Jiménez). Por ello, Camelia ha ideado estrategias solidarias entre sus compañeros —sobre todo con las mujeres— para organizarse, obtener la información y difundir sus notas.

CMA: No podemos censurarnos. Una vez me preguntaron si había caído en la «autocensura» y me costó reconocerlo. Llegó un momento en que ya no quería broncas y no preguntaba; tal vez era inconsciente lo que hacía, pero cuando me hicieron esa pregunta me percaté de que así era, y no quiero volver a hacerlo. Preguntaré sin buscar el enfrentamiento. Los funcionarios tienen una obligación, para eso se les paga, pero cuando creen que como reportero haces mal el trabajo —porque esa no es la dinámica a la que están acostumbrados o la que han establecido para los medios de comunicación— entonces eres «el raro», y por consiguiente hay que «borrarte del mapa». Si me quedo cruzada de brazos, igual no va a pasar nada, y si hago mi trabajo seguiré engrosando mi expediente ante Derechos Humanos. No me importa.

El mesero rellena su taza de café… Camelia precisa que no es por valentía lo que hace, sino para que se documenten estas situaciones contra las reporteras.

CMA: Yo no quiero que me digan que soy valiente; a veces me da mucho miedo, pero si no lo hago me sentiría peor. Si no documento las agresiones, la inexistencia del acceso a la justicia, que no me dejan ejercer libremente mi trabajo e investigación, yo me sentiría peor. Pero me satisface tocar temas de interés social. La gente me ha tenido confianza, los familiares de víctimas me han abierto las puertas de su casa y su corazón, lloran y ríen, me comparten sus escritos, me piden consejos, aunque yo no los tenga. Me doy por satisfecha al escuchar «qué bueno que lo diste a conocer, porque estamos inconformes con lo que hicieron». Esto me hace pensar que mi función social como reportera cumple su cometido.

En la actualidad sí hay un grupo de reporteros como Camelia, con un periodismo en forma distinta, aunque los medios de comunicación puedan ser distractores y actuar al servicio de la autoridad.

CMA: Hay voces que se suman desde la sociedad civil, como el Consejo Cívico de las Instituciones de Torreón o Participación Ciudadana 29 A.C., que empiezan a cambiar el «chip» y se interesan en proponer leyes estatales de transparencia o para tener un buen proceso de acceso a la información. El ver concretadas acciones de la organización civil es también una satisfacción mía. Yo no busco reconocimientos, pero el que me detengan en la calle las personas y me pregunten si soy la que documenté un tema de su interés y te lo agradezcan es lo más satisfactorio.

La música ambiental del restaurante y las infusiones en refill hacen efecto, Camelia admite algunos de sus temores.

CMA: Mucha gente me ha preguntado si nunca le tuve miedo a Humberto Moreira. Claro que le tenía miedo, pero nunca se lo demostré. Por las amenazas de que este personaje denunciaría a quien lo difamara, siempre tenía las pruebas de lo que escribía y decía, por eso nunca me denunció. Yo siempre he respaldado a Sergio Aguayo —en relación a la denuncia interpuesta por Humberto Moreira por daño moral por este periodista, al cual pidieron una indemnización por 10 millones de pesos—, lo conozco desde mi época de estudiante de sociología, y sé que es un excelente investigador. Es muy canijo que alguien haga un trabajo de investigación —y sobre todo en el área de derechos humanos— y después venga un político a decirte que está inconforme y que agrediste su honor… Aguayo señaló que olía a corrupción cuando Humberto tenía toda la familia metida en la nómina o cuando les entregó los proyectos ejecutivos de algunas obras a sus familiares… con estas acciones, definitivamente sí huele a corrupción.

JP: ¿Por qué consideras que estas prácticas de control férreo por parte de la autoridad hacia los medios de comunicación —que datan desde Plutarco Elías Calles— se sigan reproduciendo en Coahuila y particularmente en Saltillo?

CMA: La mayor parte de los medios de comunicación han estado relacionados directa o indirectamente con la política, han sido juez y parte, y no se pueden dividir: son complementarios. En Coahuila son parte de todo, hasta prestanombres existen, tejiéndose una red terrible de poder para proteger todos los actos de corrupción de la cabeza del «pulpo», tienen sumido al estado en muchas broncas. Mi despido de Zócalo fue porque el gobernador no me quería, hasta me ofrecían un contrato de exclusividad, o sea que renunciara a ser corresponsal de otras agencias, me confesaron quiénes pidieron mi cabeza con amenazas de destruirme. Al no existir alternancia política, la gente no puede sacudirse de este pulpo y cree que este es un estilo de vida, aunque no tenga programas sociales o estén controlados y les ofrezcan dádivas.

JP: ¿Qué alternativa ves para el ejercicio del periodismo?

CMA: Para tener la certeza de seguir trabajando es no aislarte, que exista gente que esté al tanto de ti y que los lectores estén interesados en buscar alternativas. Afortunadamente las plataformas digitales han permitido que en las redes sociales aparezca una nota y pueda captar la atención del lector. Creo en la formación de las nuevas generaciones de estudiantes, de que crean sus propios medios de comunicación alternativos e ir escalando a un nivel de redes, favorecer el «emprendedurismo», tener alternativas y conocimientos en otras formas de hacer periodismo. Espero que exista un cambio y espero verlo.

Finaliza Camelia la conversación, al momento que el mesero trae la cuenta.

CMA: Soy una persona, y aunque no les guste a las autoridades lo que hago, están obligados a protegerme. Y ellos saben que no estoy sola. Siempre tengo presente a mi hermano periodista que ya falleció. Mi hermano Joel estaba enojado conmigo cuando iniciaba como reportera; al ver mi nombre en el periódico, me llamó y me dijo «me da muchísimo gusto leerte y lo único que te voy a decir es que tengas mucho cuidado en lo que escribes, de lo que digas debajo de tu firma». Efectivamente, lo que escribas debajo de tu nombre no puede ser un chisme, ni una especulación, ni dar cabida a que alguien venga a reclamarte por calumnias. Esto es mi vida, me apasiona, no me veo haciendo otra cosa. Y como bien dice el personaje de ficción y reportera de policiaca Olga Lavanderos: «a lo mejor alguien se tiene que ir, pero también alguien se tiene que quedar para terminar de contar la historia». E4