COVID-19: otro balance

El año saliente puso a prueba a todo el mundo. Nadie esperaba un sacudimiento tan severo y prolongado. Al cierre de 2020, la pandemia de coronavirus SARS-Cov-2 habrá afectado a unas 80 millones de personas y provocado la muerte de casi dos millones. Un auténtico cataclismo. Siempre ha existido el riesgo de epidemias planetarias, pero pocos países —esa es una de las verdades expuestas por la COVID-19— están lo suficientemente preparados para afrontarlas.

En el mundo somos siete mil 700 millones de personas. ¿De cuántos hospitales, camas y especialistas se dispone para atender el peor pico de una enfermedad letal y las que en el futuro se presenten? Por elevado que sea el número, sin separar a países ricos y pobres, es insuficiente. Los sistemas de salud están diseñados para demandas normales, y cuando plagas como la actual los exceden, sencillamente colapsan. Los Estados reaccionaron de manera diferente frente a la primera emergencia sanitaria del siglo, y diseñaron su propias estrategias. Unas fueron más eficientes que otras. Al final, cada gobierno será recordado por sus resultados.

Para encubrir los pogromos durante su dictadura, Josef Stalin ironizaba: «Una única muerte es una tragedia, y un millón de muertes es una estadística». Sin embargo, detrás de cada vida segada en guerras, linchamientos o epidemias, existe una historia imposible de ignorar. El impacto emocional de la COVID-19 ha sido enorme por varias razones, además de la consabida fragilidad humana. Aisló a un mundo hipercomunicado, pero abstraído de antemano por la tecnología y las redes sociales.

El coronavirus también despertó sentimientos solapados u olvidados como la solidaridad con los más vulnerables y el respeto y admiración hacia determinados agentes, en particular por el personal sanitario cuya función se valora más en situaciones críticas. Empero, se trata de un sector marginado a la hora de asignar presupuestos, no solo para mejorar la infraestructura hospitalaria, sino también sueldos y condiciones generales de trabajo. Reconocer de dientes afuera, en medio de la pandemia, a quienes tienen la responsabilidad de salvar vidas, con más corazón que con apoyo institucional y ciudadano, resulta oportunista e hipócrita.

Existe una propensión natural a buscar culpables. Los gobiernos están obligados a proteger a la población, pero no lo pueden todo ni lo pueden solos. Sin la participación y el compromiso social, todo está perdido. Los políticos han tomado en la pandemia decisiones equivocadas e irresponsables, negado la realidad aun frente a la evidencia científica y procurado réditos electorales. Por ello deberán ser juzgados. Los ciudadanos también hemos fallado y puesto a los demás en riesgo al no acatar las medidas sanitarias y de distanciamiento necesarias para frenar la propagación del virus.

Sin embargo, en vista del periodo de investigación, ensayo y aprobación de las vacunas —menos de un año cuando para otras enfermedades han tardado lustros e incluso décadas— y del registro actual de infectados y fallecimientos con respecto a la población del planeta, la ciencia hizo su parte y la generalidad de las personas también. El cierre parcial o total de espacios de convivencia ha generado protestas, la economía cruje y muchos gobiernos no han estado a la altura del reto, pero el mundo se mantiene en pie. No hay lugar para el fatalismo ni para el triunfalismo, sino para la reflexión. La COVID-19 sigue entre nosotros. La vacunación para inmunizar a la mayoría tardará meses o años. Debemos estar preparados y recordar que, si no respetamos a la naturaleza ni observamos sus leyes, nuevos virus vendrán para cobrar nuestros agravios.

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