La pandemia de la ansiedad, hipocondría y emociones

¿Qué puedo resumir de estos 12 meses? Fue como subirse a un juego mecánico de emociones. Tomé con bastante (y sorprendente) calma el aislamiento social. Era una situación atípica, desconocida, incierta. No obstante, me sentí a gusto haciendo home office; pude ordenar cosas en casa, deshacerme de papeles y artículos que ya no necesitaba; pinté, quité y puse. Me alegró atender pendientes que, por falta de tiempo, dinero o por desidia, había postergado. Los primeros meses del aislamiento transcurrieron sin sobresaltos. Procurar mi estabilidad emocional pareció funcionarme. Después de una decepción amorosa, al fin recuperaba la calma interna; me sentía en paz. Este proceso no lo hice sola, una amiga se convirtió en mi confidente y yo en la suya; me ubicaba cuando me salía de contexto y sus puntos de vista me asomaron a una realidad que quizá no quería o no podía ver. Fue una ayuda y motivación mutua. También ella sufrió altibajos. Nos fortalecimos.

Sobraron horas para las reflexiones personales, a veces, muy íntimas; de la vida, del romance, de la familia, de amigos, de la salud y, obviamente, de la muerte. Precisamente esto último fue lo que más me estrujó. La sola posibilidad que alguien de mi familia falleciera me sacó de la estabilidad emocional que creía tener. Y es que uno de mis sobrinos, que vive con mi mamá y con su madre, Lety, mi hermana la mayor, empezó con los síntomas del Coronavirus en el último trimestre del año. Para agravar la situación, mi madre, de 89 años, ese día se había caído y cortado de una mano, y también presentó fiebre alta. Temí lo peor. Fueron días y semanas difíciles. Sin saberlo (para no preocuparla) mi mamá recibió medicamento y casi de inmediato se recuperó; batalló más con algunos síntomas mi joven sobrino. Gracias a Dios mi madre es un roble; hace unos años mi hermana y su hijo enfermaron de Influenza en dos ocasiones y en ambas, ella jamás se contagió. Cuando pensaba que lo peor era historia, un domingo en la tarde, el mero día de las elecciones en Coahuila, Lety se sintió muy mal y fue a dar a urgencias en la clínica del IMSS de Castaños, donde residen. Otra vez la preocupación. Caí en desesperación y angustia por la salud de mi familiar. Se hizo pruebas y resulta que era dengue.

De todos modos, el tema de la muerte estaba presente en esta contingencia, aunque lo guardé unos meses, hasta que ya no pude más. Era un asunto que, de hecho, había suprimido por 30 años, cuando mi padre murió en 1990, precisamente un mes de diciembre. Tenía yo 17 años. Al fin decidí ir con mi psicóloga.

Hacia finales del 2020, mi amiga y confidente dio positivo a COVID. Con diabetes, recientemente diagnosticada, padeció el virus con gran malestar y dolor, aunque no hubo necesidad de hospitalizarse ni de apoyo respiratorio. Me compartía sus molestias diarias que fueron desde lo que creyó al principio era un resfriado y una nariz mormada, hasta la pérdida de olor y sabor y el agotamiento físico. Conocí de primera mano el infierno que viven. El tema de la muerte retumbó de nueva cuenta en mis pensamientos. Una de mis hermanas mayores es diabética y tiene 60 años. Sólo de imaginar que un día se contagie del virus y los malestares que podría sufrir, y la expectativa si lo soportará su salud, me quebró. Lloré como nunca lo había hecho durante la contingencia sanitaria. Hacía unas semanas que esa hermana enfermó y se sentía muy mal. Pensamos lo que todo mundo pensamos en estos tiempos: que era COVID. El examen de sangre indicó que era dengue. De hecho, yo también enfermé de dengue en el mes de octubre. En mi colonia días antes se registró un caso y la calle de la vecina afectada fue fumigada por las autoridades de Salud. Andaba el mosquito transmisor cerca. Sin embargo, cuando empiezas con las molestias crees que es COVID y más si en días recientes conviviste con un positivo. Esta pandemia quebranta también los nervios. Llegué a suponer que tenía el virus. Igualmente me hice una prueba de COVID y salí negativa, fue entonces que me practiqué la del dengue, pues seguía con algunos malestares, y dio positivo.

Estos últimos meses han sido de subidas y bajadas emocionales, de estremecimientos repentinos y brotes de hipocondría, de buenas y malas noticias, de amigos o conocidos que perdieron la batalla ante este virus tan mortal como cambiante, y de otros que, con mucho dolor, pero afortunadamente, la superaron.

Para cuando escribo estas líneas, el gobierno ha anunciado el arribo a Coahuila este mismo mes de diciembre de las vacunas. En una primera etapa, serán inmunizados los médicos que están en la primera línea de atención COVID; posteriormente la población civil en riesgo y luego el resto por rango de edades.

La historia de esta pandemia que nos tocó vivir y se empezó a escribir hace más de un año en un lugar tan distante y exótico como China, aún no tiene un final, ya no digamos feliz (vamos a restarle adjetivos) simplemente un final y punto. Quizá estemos en las últimas páginas de ese libro maldito, que se va redactando casi al momento y que es de pronto como una espiral o una historia retorcida. No imaginamos el remate porque ni siquiera sabemos con qué nos encontraremos mañana. Es una edición inédita y seguramente también así será su epílogo. E4

Monclova, Coahuila, 1973. Licenciada en Comunicación por la UAdeC. Desde 1996 ha trabajado como reportera en radio, prensa y el sector público. Premio Estatal de Periodismo en el 2000 y en 2005, además de Premio Estatal por Trayectoria Periodística de 25 años. Obtuvo Mención Especial en el «Primer Certamen Literario Internacional de la Fundación SOMOS» año 2015, de EE.UU. Sus fotografías han sido publicadas en medios locales, en el periódico español El País y en la revista Hispanic Culture Review. Colabora en Espacio 4 desde 2013.