Crimen ambientalista en Cuatro Ciénegas

Sin considerar la fragilidad del ecosistema, tanto autoridades de sexenios anteriores como del actual sostienen concesiones que depredan una de las zonas más emblemáticas no solo de Coahuila, sino de todo México

Vivencias en un valle más que amenazado

Aunque no lo parezca, el título de este artículo se ha aplicado en dos ocasiones previas para abordar el mismo tema: la devastación de las pozas de Cuatro Ciénegas, en Coahuila. La primera vez, en un texto de Homero Aridjis, refiriéndose al sexenio de Vicente Fox (en 2006); después, en un artículo de Alejandro Saldívar, publicado en la revista Proceso (No. 2318, 4.04.21), y ahora se refuerza con experiencia personal, de explorador amateur de buena parte de esas pozas desde mi juventud, en 1965, hasta su paulatina degradación y destrucción ocurrida en los posteriores 50 años, en los que algunas autoridades locales, estatales y federales, más intereses empresariales y campesinos inconscientes, se obstinaron en secar las pozas, sin importarles el daño ecológico y la desaparición de todas las especies que habitan en ellas.

Tanto a escala nacional, como internacional, gran parte del Valle de Cuatro Ciénegas es un oasis enclavado en el Desierto Chihuahuense, constituido por más de 200 manantiales que forman pozas, ríos, lagunas, riachuelos y pantanos interconectados y en donde se encuentran más de 77 especies endémicas de fauna y flora, donde sobresale unas rocas parecidas a corales llamadas estromatolitos, creadas por colonias de bacterias primitivas, agrupadas en capas, y asociadas con algas, que evidencian las primeras formas de vida en la Tierra, y que contribuyeron a la generación del oxígeno que actualmente respiramos.

A pesar de que en 1994, 200 kilómetros cuadrados del Valle de Cuatro Ciénegas fueron declarados Área de Protección de Flora y Fauna Silvestre por la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp), dependiente de la Semarnat, el deterioro ha sido constante, y por ello cabría recopilar la devastación que sufre esta región.

Destrucción

La gran responsable —o como dijera Aridjis, la gran irresponsable—, del crimen contra Cuatro Ciénegas ha sido la Comisión Nacional del Agua (Conagua), ya que desde la época de la construcción de la carretera que va de esa localidad hacia San Pedro de las Colonias, obra realizada durante el sexenio del gobernador Braulio Fernández Aguirre (1963-1969), y cuyo trazo pasó a un lado de la poza de La Becerra, Conagua inmediatamente abrió un canal, luego otro para regalar el uso y aprovechamiento del agua para la producción agrícola de los campesinos del ejido Cuatro Ciénegas.

Al respecto, cabe señalar que desde el porfiriato se crearon canales para llevar agua de las pozas hasta lugares a más de 80 kilómetros de distancia —canal de riego La Salada, que llega a los ejidos La Cruz y Ocho de Enero, del municipio de Frontera—.

Posteriormente, en la década de los setenta del siglo pasado —durante el sexenio del Presidente Echeverría— se abre un nuevo canal para uso agrícola llamado de Santa Tecla, lo cual ocasionó la desaparición del humedal del mismo nombre.

Años después, más al norte, en el Valle de Ocampo-Las Calaveras, el Grupo Soriana efectúa la instalación de una unidad agropecuaria, extrayendo grandes volúmenes de agua a través de 50 pozos perforados con el permiso de la Conagua, destinados al cultivo de alfalfa para abastecer su respectiva granja lechera dejando sin buena parte del vital líquido a Cuatro Ciénegas.

Por los años noventa, al sur de esa zona, en el valle de El Hundido, el Grupo Lala también desarrolló extensos cultivos de alfalfa, extrayendo a su vez grandes volúmenes de agua a través de 32 pozos nuevos, también autorizados por Conagua. Lo anterior ha ocasionado la reducción de más del 50% del volumen de agua de los humedales del entorno; el caso más dramático es el de la laguna «Churince», que quedó completamente seca en 2013 al agotarse el afloramiento de agua en la poza de «El Bonito» y de una laguna auxiliar que alimentaba esa laguna de más de dos kilómetros de diámetro y reserva natural de las tortugas bisagra y de otras seis especies endémicas que ya desaparecieron, debido al efecto de falta de lluvias y la evaporación.

Es difícil de creer, pero la obstinación de convertir en erial este frágil oasis del desierto continúa en el actual Gobierno de la 4T. Basta con decir que recientemente se abrió un tercer canal en el humedal conocido como «El Garabatal», secándose completamente la llamada poza de «Los Güeros».

Mención especial, y como corolario de la destrucción ecológica, hay que considerar la virtual desaparición de las dunas de yeso —con más de un 90% de pureza—, conocidas como «Los Arenales», a partir de la instalación de una fábrica regiomontana que operó dos turnos diarios durante siete años, hasta desaparecer casi por completo una de las grandes maravillas de la naturaleza mundial —sólo dejaron una costra o capa de arena de unos cuantos centímetros, después de que las dunas llegaron a medir más de 20 metros de altura—.

Al respecto, y sólo como un ejemplo de la probable colusión de las propias autoridades, tenemos el caso de la señora Susana Moncada, expresidenta municipal de Cuatro Ciénegas y exdirectora durante muchos años del área protegida, misma que administró el balneario de la poza La Becerra, exclusivamente con fines de lucro y sin cuidado ecológico, además de que nunca manifestó —al menos públicamente—, su rechazo a la instalación de la yesera que acabó con Los Arenales.

Respecto a La Becerra, fue tanto su deterioro ecológico que el Gobierno de Coahuila la adquirió después de que fue clausurada por la Pofepa, cediéndosela por medio de una permuta al Museo del Desierto, alcanzando a la fecha un aceptable nivel de restauración. Sin embargo, recientemente se presentó una demanda de un supuesto propietario del predio, miembro de la familia Cantú que lo había vendido, y que también se considera con derechos sucesorios.

Además, en la actualidad ha aparecido en el valle una empresa turística filial del Grupo Fox, que ha despojado y acaparado alrededor de 9 mil hectáreas con los principales atractivos naturales de la zona —ríos San Marcos y Mezquital, las dunas de yeso, la mina de mármol y uno de los cañones del valle—, todo bajo el control del Grupo Hotelero 1,800, propiedad del empresario Luis Pérez Cano, mismo que ha presentado un plan de desarrollo turístico que carece de sustentabilidad, ya que hasta piensa construir un campo de golf, utilizando una planta tratadora de aguas negras que todavía no existe. Asimismo, cabría mencionar que la señora Yolanda Cantú, también expresidenta municipal de Cuatro Ciénegas, de quien se dice operó como agente inmobiliario para las adquisiciones realizadas por el Grupo Fox, también se ostentó como propietaria de La Becerra, rentándosela a Susana Moncada. Al final de cuentas el manejo de esa poza quedó en manos de la Oficina de Convenciones y Visitantes de Monclova A.C., años en los que alcanzó su máximo deterioro.

Responsabilidades

Aunque son varias las dependencias federales, estatales y municipales que han tenido injerencia en esta problemática, podemos identificar a tres oficinas federales en las que recae el mayor peso de la responsabilidad ecológica.

En primer lugar la Conagua es responsable, por otorgar los permisos de extracción, canalización y distribución de los recursos hídricos que, por su naturaleza, son propiedad de la nación. Por lo tanto, es esta dependencia la que tiene tanto los registros históricos como la información actualizada de los aforos existentes en Cuatro Ciénegas.

De igual modo, fue la responsable de otorgar las concesiones para perforar pozos en los valles de Las Calaveras y de El Hundido, argumentado que los mismos no afectarían el acuífero regional.

En consecuencia, para realizar cualquier evaluación sobre el deterioro ecológico presente y futuro de esa zona, es preciso contar con la información referente a los permisos otorgados, concesiones, volúmenes de extracción (aforos), apertura, revestimiento y/o entubamiento de canales de riego, así como los estudios de la interconexión de los flujos de agua entre los mantos acuíferos de los tres valles en mención.

Un segundo responsable es la Semarnat; por autorizar los manifiestos de impacto ambiental, cambio de uso de suelo, remediación ecológica, y demás estudios que justificaron inclusive la apertura de tierras para el cultivo de alfalfa, desarrollados por Soriana y Lala, a pesar de ser un cultivo altamente demandante de agua en pleno desierto.

Mención especial merece la destrucción de las dunas de yeso, que solo pudo llevarse a cabo con la complicidad y protección de dicha secretaría, siendo ya Área Protegida sin que hasta la fecha ni siquiera se logre ubicar a la empresa responsable de tal destrozo.

Como tercer responsable participa la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas. Urge revisar la actuación de esta dependencia encargada del área de protección de flora y fauna silvestre del valle de Cuatro Ciénegas, así como evaluar el desempeño de los exencargados y del actual responsable, Juan Carlos Ibarra, pues la excesiva tramitología y falta de recursos y de personal, la han llevado a la casi inacción, a pesar de la urgencia de proteger esa zona.

En adición, habría que incluir a una cuarta instancia. La injerencia de la iniciativa privada de corte empresarial, a través del Grupo Fox, consorcio con ramificaciones en varios sectores industriales, además del sector turístico.

Recuperación

Para la solución de esta grave problemática es necesaria una acción concertada, que por fortuna ya está en ciernes a nivel local, gracias a la participación del Museo del Desierto, de la Universidad Autónoma de Coahuila —con algunos apoyos a proyectos financiados por el Conacyt—, agricultores del ejido Cuatro Ciénegas, pequeños propietarios y asociaciones ecologistas como Pronatura Noreste, A.C., así como con los gobiernos estatal y municipal.

Sin embargo, hay que subrayar, la mayor responsabilidad recae en las autoridades federales de este Gobierno de la 4T, mismo que tiene la obligación de revisar y actualizar permisos, concesiones y resoluciones que propiciaron la destrucción de la zona y, con estos nuevos elementos, revertir el proceso para lograr su efectiva rehabilitación ecológica. De lo contrario, y con base en que ya quedan menos de tres años para el término de este sexenio, si las acciones de remediación ecológica no se llevan a cabo, reforzadas por una Institución inoperante como es la Conagua, que arrastra vicios y corruptelas de administraciones anteriores, situación que empeora por una «austeridad republicana» que la mantiene inmovilizada para efectuar cualquier proyecto o programa que atienda de fondo lo que todo mundo sabe y que esa misma institución se niega a reconocer: la destrucción de esa zona natural es consecuencia de que la extracción de agua es mayor a la recarga natural de sus acuíferos.

Finalmente, para realmente garantizar el nivel de protección ecológica del Valle de Cuatro Ciénegas será necesario que el Gobierno federal lo eleve a la categoría de «Reserva de la Biósfera», con la reglamentación, planeación y actividades inherentes a ese nuevo estatus, lo que le daría un reconocimiento y apoyo internacional permanente, al ser considerado como patrimonio de la humanidad. También habría que considerar el impulso a un proyecto novedoso, concebido por directivos del Museo del Desierto, llamado Turismo de Regeneración, mismo que implica obtener un provecho económico, e incluso de salud de esa región, pero manejado de una manera científica que evite el deterioro ecológico, detonando la ocupación y el empleo, creando efectivamente un polo turístico de alcance nacional e internacional. E4


Vivencias en un valle más que amenazado

En 1964, durante el gobierno de Braulio Fernández Aguirre, se inició la construcción de la carretera Cuatro Ciénegas-San Pedro de las Colonias, cuyo trazo pasaba a un lado de una poza de agua conocida como de La Becerra. En esa época yo tenía 12 años, pero ya era un consumado nadador.

Recuerdo que un año después mi padre me dijo «vamos a conocer esa laguna», ya que la carretera pavimentada ya llegaba hasta ahí. Yo me armé de equipo rudimentario de buceo —visor, snorkel y aletas— y nos fuimos a explorar ese lugar. Obviamente que no había nadie en sus alrededores, pero ya había una especie de escalinata de cemento para ingresar a la laguna, así como un canal para extraer parte del agua de la poza. Me sumergí y sentí una de las experiencias que más me han impactado en mi vida: solo, en unas aguas clarísimas, de temperatura semicálida, con grietas en el suelo de varios metros de profundidad, en donde brotaban, removidos por los ojos de agua, caracolitos como si fuera arena blanca, y con pececillos —unas mojarras que parecían «normales», y otras negras y con joroba y con dientes que parecían prehistóricas— así como otros animales que parecían fantásticos, como culebras de agua y tortugas acuáticas de concha blanda, además de una flora submarina exótica y maravillosa. Todo lo anterior, aunado a la leyenda de que sus aguas se tragaban a la gente y a los animales, constituyó una sensación que no dejó de causarme temor.

«Con la destrucción del Churince y de las dunas de yeso desaparecieron en promedio siete especies de plantas y animales en cada una de ellas».

Desde este momento me propuse regresar y explorar cada poza y lugares de la región, misión complicada, ya que son (o eran) más de 200 lagunas y afloramientos de agua. Sin embargo, cada año que podía, regresaba en mis vacaciones escolares, así hasta llegar a la edad adulta, lo que me permitió ser testigo de cómo poco a poco se fue afectando esta maravilla natural, hasta casi llegar a su más completa destrucción.

Cabe destacar que en los últimos años la Universidad Autónoma de Coahuila, el Museo del Desierto (Mude), la asociación Pronatura Noreste, A.C, y el Gobierno del Estado de Coahuila, han realizado acciones para frenar y evitar más deterioro ecológico, como la compra del predio que ocupa la poza La Becerra, con una superficie de 487 hectáreas, así como más recientemente la recuperación de 60 hectáreas del humedal de la poza Escobedo.

Puedo añadir anécdotas, como el descubrimiento de pinturas rupestres cerca del ejido Santa Tecla, al pie de la montaña de San Marcos, y que incluyen el dibujo de una cruz gamada (suástica), en color ocre, entre otras figuras que no nos fue posible descifrar.

Igualmente, en las dunas de yeso y en la laguna Churince, tuvimos experiencias únicas, como el hallazgo de víboras cornudas de cascabel, picadura de un ciempiés y, sobre todo, el encuentro con las tortugas bisagras que deben su nombre a que cuando se ven amenazadas cierran la mitad inferior de su cuerpo con el caparazón, lo que hace imposible abrirlas para que saquen su cabeza y sus patas delanteras sin lastimarlas.

Por desgracia, estos dos últimos lugares emblemáticos ya desaparecieron en tiempos recientes por la mano del hombre —se habla de que con la destrucción del Churince y de las dunas de yeso desaparecieron en promedio siete especies de plantas y animales en cada una de ellas—; por eso considero importante dejar constancia escrita de lo que era ese tesoro natural. E4

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