Cuesta federalista de gobernadores

La Alianza Federalista de gobernadores tal vez debería llamarse la cuesta federalista de gobernadores, una alianza con fuerza por lo menos la compondrían más de la mitad de los ejecutivos estatales, pero solo la conforman alrededor de cinco, de los cuales dos de ellos en los próximos días dejarán el puesto en virtud de que su periodo sexenal termina.

Ese grupo formado por un mínimo de gobernadores de los 32 que gobiernan al país, con el paso del tiempo se ha ido achicando en su número, de tal forma que su presencia sugiere figuras amorfas que dan la impresión de una alineación asimétrica que se vislumbran dispersas en la atmósfera que ni siquiera adquieren un impulso, comparado con una simple amenaza de rocío, mucho menos intentar aparentar vientos de fronda.

En Coahuila, el gobernador ha sido un fuerte impulsor de lo que fue el antecedente de la llamada Alianza Federalista, que ha luchado contra fuerzas adversas desde un principio, pues su gobierno no pudo conformar un gabinete de primera línea con el sello de su casa, ya que fue muy visible la imposición en su territorio del equipo que acababa de terminar un periodo, pero fue sorteando los vientos huracanados que lo envolvieron, sobre todo en materia económica al estar ajustando las cuentas que debían ocupar los presupuestos anuales que conformaban las actividades oficiales para ir abatiendo las necesidades que el desarrollo del Estado demandaba.

Señor Riquelme: usted se quiso mostrar como un gobernador propietario de un poder frontal ante la federación, la cual no ha sido la mejor decisión, pretendió exponer una fuerza que su nueva posición le aportaba pensando que era mayor de la que experimentó cuando fue alcalde de una ciudad mediana de poco más de medio millón de habitantes, y que, aunque importante, no dejaba de estar circunscrito a cierta dependencia del gobernador, tal como lo que ahora experimentan los alcaldes con usted.

El sistema político mexicano es así, ya que como gobernador también está a expensas de la decisiones del presidente, que es el que reparte el dinero, y que aunque pregonó que «a Coahuila lo que le corresponde», las cosas no han sido así, pues el presupuesto federal solo aumentó con base a la inflación, mecanismo similar que se lo trasladan al Estado en sus participaciones, que además le van recortando conforme pasan los meses, lo que hace que cada vez se hagan arreglos para que se vaya cumpliendo, hasta donde se puede, con las necesidades del quehacer gubernamental.

Su sexenio ha caminado, presupuestalmente, con pasos que, si no caen dentro de la parsimonia extrema, sí los ha llevado lo más calculado que se ha podido, con el fin de que no se brinquen los parámetros que luego obliguen a tomar recursos que pertenecen a otros renglones.

Quedan dos años a su administración. Deberá subdividirlos en dos porciones, una que deberá destinar a desplegar su capacidad política, ocupándola en descifrar al candidato que jugará por su partido en la sucesión del 2023, y la otra dedicada a limpiar la casa para el nuevo inquilino.

Cuando tomó posesión de la gubernatura se vio como una persona incentivada por el poder que acababa de adquirir; asimismo, en el momento de la inauguración de su mandato reflejó un ímpetu que se tradujo en fijar una ruta que solo en su visión perduraría en el horizonte, nada más que los caminos políticos a veces no respetan intenciones y devienen en renglones torcidos disruptivos que dificultan la realización de lo que se tenía planeado, truncando la vía, como ejemplo está la disminución de recursos que impone la federación y que lo limitan para desarrollar el programa de trabajo de beneficio social como lo planeó.

Su alianza dudó de su prosperidad, o lo invitan al gabinete presidencial para disminuirlo o la venganza lo excluye de su escalada, si es que la tiene planeada. Se lo digo en serio.

Autor invitado.