De la soberbia y sus mezquindades

Cada generación vive su época. A la que pertenezco, a la de mis años mozos nos tocaron los hippies y «el amor y paz», la música de los Beatles y en lo doméstico la de Óscar Chávez y toda la que fuera de protesta, la mariguana en todo su apogeo, el boom de la liberación femenina, el movimiento del 68 que se convirtió en el parteaguas del México de entonces en el ámbito político, fue el primer rompimiento con el régimen autoritario del sistema encabezado por Gustavo Díaz Ordaz y también la primera respuesta devastadora de los tiempos modernos, de la hegemonía priista. El mundo entero se convulsionaba y México no fue la excepción.

Debo confesar que el movimiento del 68 lo vi de lejos, yo acababa de terminar la preparatoria y la oposición de mi madre a que me fuera a la facultad de Derecho y Ciencias sociales de la UNAM fue rotunda, de modo que los dos primeros años de la carrera los cursé en la Universidad Autónoma de Guerrero. Cuando al fin me fui a la capital de la república el tsunami ya estaba controlado. Tuve espléndidos maestros en la facultad, disfruté mi estancia en la Universidad, soñé tanto con ingresar a ella, me siento muy orgullosa de que haya sido mi alma máter. Mi gusto por la academia y por la política ahí quedó definido. Igual que mi pasión por México y lo orgullosa que siempre me he sentido de mis raíces. Votar fue una experiencia largamente acariciada, aún conservo mi primera credencial. Era la manera en que los ciudadanos podíamos tomar parte en los asuntos públicos.

La educación y la formación que recibí en las aulas, obviamente vinculado a la que traía de casa, tuvieron un papel definitivo en mi conducta y sobre todo en mi actitud. Era pecado mortal dejar de ir a votar, así me lo enseñaron, y también el entender con claridad que los gobernantes no eran mis amos, ni mis patrones, sino mis servidores a sueldo y temporales. Sabía también que la carrera que había estudiado sería el medio para realizarme profesionalmente. Eso me lo machacaba mi madre a mañana, tarde y noche, de modo que lo llevaba tatuado. Y cuanto se lo agradezco. No hubo en mi juventud ni computadora, ni teléfono celular, ni redes sociales, y esto no es reproche, ni queja, simplemente no existían; mis contemporáneos fuimos escuchas de la radio, luego de la televisión, y si de leer se trataba —que infortunadamente, nunca ha sido hábito que prospere en México, por desgracia— fui asidua y sigo siéndolo de los libros. Con ellos me trasladé a las civilizaciones de la antigüedad, al oscuro  medioevo, al renacimiento, a la ilustración, a las revoluciones francesa y norteamericana, a la nuestra. Me enamoré de Aristóteles, de Alejandro Magno, de Pericles, de Hipatia de Alejandría, de Aspasia de Mileto, de Marco Tulio Cicerón, de Carlomagno, de Tomás Moro, de Juan Jacobo Rousseau, de Jefferson, de Sor Juana Inés de la Cruz, de Morelos, de Gandhi… de tantos y tantas que marcaron el mundo de su tiempo, de aquí y de allende los mares. Mis años juveniles fueron luminosos, prístinos, alentadores, alegres, festivos, colmados de esperanza realizable.

Y todo este largo preámbulo viene a colación porque ser joven hoy en México, en 2021, no es nada fácil. Se trata de una vivencia en la que hay sombras desoladoras, como son el desempleo, la inseguridad pública, la pobreza material acentuada, el campeo del narcotráfico a lo largo y ancho del país sin autoridad que lo contenga e incluso con amasiato consentido, la falta de representación política, la incertidumbre laboral, el poco o nulo acceso a la seguridad social, los feminicidios a la alza, la violencia desatada en todos los ámbitos, el aumento de enfermedades mentales, el recorte irracional de programas a favor de la educación, de la cultura y las artes, de los deportes, entre otras. Atender este abanico de realidades que afectan de manera directa a jóvenes entre los 15 y los 29 años a través de políticas públicas ad hoc, demanda en primerísimo lugar conocerle los intestinos a la problemática, partiendo de que hay derechos que les corresponden por mandato de ley y que por ende deben de ser atendidos. Pero eso no está sucediendo.

Lo que un día fueron instituciones que le dieron sentido a la sociedad, hoy se están desquebrajando —familia, iglesia, escuela/educación, partidos políticos, etc.— ante nuestros ojos. Por eso hay quienes afirman que estamos ante una crisis civilizatoria. Y al mismo tiempo, están surgiendo nuevas formas de convivencia humana, con pros y contras, y sin duda como consecuencia de las nuevas formas de comunicación, en las que por cierto juega un rol esencial la tecnología. Estamos ante una nueva cultura muy sui generis que se centra en el individuo y pretendiendo a la vez coexistir con formas de socialización del pasado y post modernas, porque se acompaña de lastres de marginación y desigualdad del ayer buscando resolver con la apertura del presente. Y en México sabemos de esas desventuras. Y hoy se exacerban la desigualdad, la exclusión y la violencia. Y en ese pandemónium transitan los niños y los jóvenes en este presente.

Y la brecha no se cierra entre los poquísimos que tienen mucho y los muchos que tienen apenas algo. México es la patria en la que un 20% de la población percibe más de trece veces lo que gana la población que ocupa el 20% inferior. Esta desigualdad se retrata en la realidad económica, social, política y cultural de un enorme conglomerado de personas marginadas en el tener, el saber y el poder, en palabras llanas son todos aquellos que no tienen acceso a servicios de salud y atención médica de calidad, que no estudian, porque estudian o comen, o que estudiando lo que reciben es una educación de ínfima calidad, son los campesinos que tienen que abandonar su tierra y venir a perderse en el mundo urbano que no entienden ni los entiende, son los obligados por la falta de oportunidades en su propio país para emigrar a un país extraño en el que muchas veces pierden su propia identidad y se les enferma el alma por la separación de su familia y sus lazos afectivos. Y quienes me hagan favor de leer el presente texto dirán y con razón que esto desde siempre lo hemos arrastrado, pero hoy se agiganta y es el mundo con el que lidian y van a lidiar las nuevas generaciones. Da nauseas la colusión entre delincuencia, gobierno y mercados. Hay miedo e incertidumbre en todos los sectores de la población. El amasiato entre la delincuencia organizada y la clase política mexicana ha permitido la penetración de la primera en los asuntos de la segunda, con ello aniquila cualquier política pública tendiente a resolver la situación y además se ha abonado al descrédito y a la desconfianza en las instituciones públicas. Y no les pasa nada a los coludidos. La ley no opera para esta caterva de sinvergüenzas. Y eso es lo que están percibiendo los jóvenes.

Y si a esto le sumamos la violencia estructural que está invadiendo el núcleo familiar, pues es el acabose. La violencia se ha vuelto cotidiana, los niños y futuros jóvenes, hoy más que nunca se están volviendo víctimas de ella en lo físico, lo emocional y lo sexual… ¿qué estabilidad mental, que paz interior, les puede generar esta situación? Por otro lado, los chicos están creciendo solos. Muchos padres se lavan las manos como Poncio Pilatos y se desentienden de una responsabilidad que debiera ser de amor. Ya no hay convivencia, no hay juegos entre padres e hijos en las salidas al parque, al campo, el 60% de los chicos están inactivos físicamente, los sustitutos de esa cercanía indispensable para formar adultos equilibrados y en armonía con su yo interior y el mundo que los rodea son la televisión sin supervisión, igual que las redes, los juegos digitales que les están sorbiendo el seso, y que de ribete no promueven ni valores cívicos ni sociales. Yo no estoy en contra del uso de la tecnología, mi desacuerdo es que se utilice como pretexto para no hacerse cargo de los hijos.  Va a la alza el número de huérfanos con padres vivos.

Sería criminal quedarnos de brazos cruzados ante semejante escenario. La tecnología debe ser utilizada para construir redes sociales y familiares que promuevan la generación de ambientes que coadyuven a que niños y jóvenes aviven su esperanza y a la vez impulsen la salud física y emocional para responder con determinación y contundencia, a las salidas por las puertas falsas de las adicciones y de todo aquello que envilece la existencia de los seres humanos.

Volvamos la vista a la familia, si bien las actuales tienen variantes en su conformación, dicha institución sigue viva y hay que fortalecerla. Asimismo, la escuela, la otra gran estructura de cohesión tiene que revisar el tipo de individuos y de ciudadanos que está formando. Y hay otro aprendizaje relevante, el de enseñar a los jóvenes a ser ciudadanos. Y vuelvo a los medios digitales y los pongo sobre la mesa como nuevos instrumentos de socialización, bien se puede a través de ellos capacitar a los muchachos para que adquieran las habilidades necesarias para participar en la vida de su comunidad, a más de desarrollar nuevas formas de activismo. Se les tiene que enseñar a ser críticos propositivos, a distinguir entre lo baladí y lo que vale la pena.

México necesita individuos que sin perder su esencia como tales, sean capaces de poner lo mejor de sí mismos a favor de la comunidad a la que pertenecen. Son la parte sustantiva de cualquier nación exitosa. Y esto no ha pasado de moda. Y sin duda que obrará a favor de nuestro país porque esta nueva cultura se reflejará en la clase gobernante, toda vez que ellos emanarán de una sociedad educada y formada de manera diferente.

Licenciada en sociología por la UANE, Saltillo. Ha cursado estudios de Maestría en sociología, con especialidad en ciencia política, UNAM. Posee varios diplomados, entre los que destacan Análisis Político, en la UIA; El debate nacional, en UANL; Formación de educadores para la democracia, en el IFE; Psicología de género y procuración de justicia. Colabora en Espacio 4, Vanguardia y en otros medios de comunicación.