Decálogo para una justa insubordinación

«El mundo existe para todos, porque todos los seres humanos nacemos en esta tierra con la misma dignidad. Las diferencias de color, religión, capacidades, lugar de nacimiento, lugar de residencia y tantas otras no pueden anteponerse o utilizarse para justificar los privilegios de unos sobre los derechos de todos»

Seis de la tarde más dieciocho minutos. La sensación de inmensidad del auditorio de la Universidad Iberoamericana plantel Torreón me daba, de nueva cuenta, la bienvenida. En el centro del foro, el logotipo de la institución educativa jesuita, así como cada una de las letras de su nombre, tenían una iluminación de rojo intenso como fondo. Ese preciso tono era la metáfora de la sangre enardecida, en ebullición, y daba perfecta cuenta del origen histórico del espacio que pisaba en esos momentos y de los contenidos que estaba a punto de escuchar. Había llegado el momento de sentir, de viva voz, las posturas del fray Raúl Vera López, obispo emérito de Saltillo. Su lucha por los derechos humanos también ha ardido con una fuerza inquebrantable. Fui la primera persona en ocupar una de las cuarenta sillas colocadas de manera recatada para el evento organizado por el Colegio de Abogados de La Laguna, A. C. Entregarían preseas a abogadas y abogados con méritos subrayados a través de su trayectoria profesional. Y un reconocimiento más sería puesto en las manos de fray Raúl Vera por su figura de ombudsman a favor de los Derechos Humanos.

Seis de la tarde más cuarenta y dos minutos. Noto una especial inquietud en los asistentes e infiero el motivo. Giro mi mirada a las escaleras del auditorio y confirmo mi suposición: llegaban, ya, fray Raúl y el rector de la Ibero Torreón, el maestro José Luis Hernández Avendaño. Solicité a mi vecina de silla que velara por mi espacio mientras iba al encuentro de mis dos interlocutores. Luego de presentarme con el rector, escuché la voz tenue del obispo Vera. Sabía que la COVID-19 había mermado su salud y me pareció un acto de doble valentía que tomara la fuerza necesaria para estar esa tarde en Torreón y, además, tomar el micrófono para exponer un discurso. El tiempo no era ancho, pero sí de alto valor. Con el rector y el obispo abordamos temas relacionados con la academia, la investigación, los organismos públicos relacionados con áreas del conocimiento. Compartí un par de aspectos de mi trabajo de tesis de doctorado y recibí, entre líneas, un mensaje para no desistir. Para seguir en la encomienda. Para jamás claudicar.

Siete de la tarde y seis minutos. Fue breve la presentación del presídium, conformado por el presidente del Colegio de Abogados de La Laguna, el licenciado Fernando Todd Siller, y su presidente de la Comisión de Honor y Justicia, el maestro José Óscar Mejía Robledo, así como por el rector de la Ibero Torreón. En el aire rondaba una espiritual urgencia por escuchar las palabras de un personaje de la talla del obispo Vera.

El rojo de aquellas tipografías de acero subió de temperatura y, sin temor a equivocarme, el temple de la voz de fray Raúl cambió de manera drástica al hablar frente al cuerpo colegiado de abogados, sus familias e invitados especiales. De aquel cuerpo frágil, de paso parsimonioso y un tanto encorvado, emergió un sonido reverberante. Como si la garganta del religioso y activista hubiera sido amplificada. Imposible no seguir sus argumentos y comulgar, cada quien a nuestra manera, con sus llamados a la acción en la búsqueda de la justicia.

De las diez cuartillas leídas con cabal claridad por el obispo emérito de la diócesis de Saltillo, Coahuila, tituladas «La justicia para nuestras hermanas, hermanos, hermanes», extraigo, también, diez aseveraciones que bien podrían conformar un «decálogo para una justa insubordinación» en este México nuestro atiborrado de violentaciones y escenarios de hondo dolor.

Cito de mantera textual la pluma de fray Raúl y agradezco sus razones para buscar, una por una, varias de las razones que como humanidad hemos extraviado:

1. «Al paso de los años, las víctimas se han ido acumulando y un ejemplo de la acción de las organizaciones sociales del país, es la visibilización de la falta de justicia para muchísimos casos».

2. «Si las autoridades correspondientes no cumplen con su deber, las víctimas tienen derecho a gritarlo por sus pueblos o por donde lo deseen y manifestar lo sucedido, no solamente para sacar la rabia generada, sino para que el resto de la nación y los países interesados en México, tengan información de lo que sucede en las calles, en los rincones, en los valles, y en las montañas de nuestro rico país».

3. «Los antimonumentos comparten el deseo de recordar que sus casos continúan a la espera de justicia, ya que lo que buscan es “denunciar la inacción o poca empatía del Estado” y permanecerán instalados hasta que exista justicia en todos y cada uno de los casos. Así el recorrido de ejecuciones extrajudiciales, torturas, violaciones, masacres y evidentes casos en donde ha faltado voluntad política y justicia, quedan de manifiesto».

4. «Una sociedad organizada es una sociedad más sana, más democrática y más equitativa».

5. «Para cuestiones de justicia, no basta la aprobación de leyes, ni la aprobación de reglamentaciones secundarias, sino que se requiere de voluntad política y un tiempo razonable. A ello, yo agregaría la participación ciudadana, con la frase del: “Nunca más un México sin nosotros”, que venimos escuchando hace tiempo del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZNL) y que habla de la inclusión, de multiculturalidad, cosmovisión y justicia, que también puede decir un “nosotras”, o  un “nosotres”».

6. «Desafortunadamente vivimos en México y en el mundo momentos sumamente delicados y aún los podríamos calificar, con toda razón, en forma más severa, como situaciones muy graves, ya que estamos sometidas, sometidos, sometidos por un modelo económico, cuyo epicentro no es la dignidad de la persona humana, sino el  dios dinero al que se le sacrifican miles de millones de seres humanos».

7. «La ambición y acumulación de riqueza a través del negocio de las armas y de los estupefacientes, en estos momentos de la historia de la humanidad, son otro de los flagelos con los que se destruyen otras tantas de miles de vidas humanas, se altera la paz y con ello la convivencia social».

8. «Los sindicatos al servicio del patrón, presididos por los célebres caciques sindicales que han vivido —hasta la fecha— medrando de las cuotas sindicales de los obreros, siguen sin proteger a nuestra clase obrera».

9. «El mundo existe para todos, porque todos los seres humanos nacemos en esta tierra con la misma dignidad. Las diferencias de color, religión, capacidades, lugar de nacimiento, lugar de residencia y tantas otras no pueden anteponerse o utilizarse para justificar los privilegios de unos sobre los derechos de todos. Por consiguiente, como comunidad estamos conminados a garantizar que cada persona viva con dignidad y tenga oportunidades adecuadas a su desarrollo integral (Papa Francisco, Cat. Enc. Fratelli tutti n. n. 118)».

10. «No sólo se debe asumir que las víctimas se asuman como buscadoras, denunciantes y defensoras; es decir, como personas sujetas de su propia historia y de la colectiva, sino que se debe permitir que toda persona activista y defensora de derechos humanos en México, tenga derecho a defender derechos y no vivir en la angustia de sufrir algún ataque del Estado». E4

Columnista y promotora cultural independiente. Licenciada en comunicación por la Universidad Iberoamericana Torreón. Cuenta con una maestría en educación superior con especialidad en investigación cualitativa por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Doctoranda en investigación en procesos sociales por la Universidad Iberoamericana Torreón. Fue directora de los Institutos de Cultura de Gómez Palacio, Durango y Torreón, Coahuila. Co-creadora de la Cátedra José Hernández.