Democracia amenazada

José Saramago, Premio Nobel de Literatura en 1988 y pensador de indiscutibles alcances, dice que el acto de votar implica una renuncia temporal a una acción política que se posterga hasta las siguientes elecciones, momento en que los mecanismos de delegación volverán al principio para acabar de la misma manera. Esta renuncia es el primer paso de un proceso que, aun estando democráticamente justificado por los votos, nada tiene de democrático, incluso puede llegar a ofender frontalmente la Ley.

Eso dice el escritor. Y sí, en efecto, la democracia no son los votos, por más que me digan que el gobierno actual representa la democracia sólo porque obtuvo una buena cantidad de votos. No creo eso; la democracia no nace de manera espontánea sólo porque se ha emitido un sufragio. Más bien, esta esperanzadora experiencia de relación social está vinculada estrechamente con los procesos históricos en los que nace y se desarrolla.

Y en México una serie de circunstancias históricas ligadas de manera sustancial a una incorporación brusca a los ejercicios democráticos, aunado a una accidentada evolución cultural en cuestiones políticas, han hecho que la democracia se asuma precozmente sin haberse perfeccionado, como lo demuestra el nacimiento de órganos formales representativos de un derecho del individuo, suplantando y vulnerando su derecho que debiera ser, no formal, sino natural.

Este hecho significativo ha vulnerado también la plena ciudadanía política golpeando profundamente los fundamentos mismos de esa ciudadanía mediante un trabajo netamente legislador que ha convertido a la democracia en una complejísima construcción técnicamente articulada por los institutos del orden.

Semejante construcción se apoya en la retórica de los partidos políticos, en sofisticados procesos electorales, en tribunales judiciales para dirimir controversias y en todos los movimientos garantizados por la libertad de reunión, de asociación y de expresión política.

En todo ese entramado se pierde la noción de que en la democracia ningún interés puede vencer erigiéndose luego como una jerarquía imperial que termina actuando como una dictadura. Más bien, en la democracia, se trata de alcanzar los consensos para realizar el ejercicio político-jurídico y la dignidad moral ciudadana.

El Estado democrático moderno, se presenta hoy como el régimen que es capaz de transformar los intereses de todos en derechos y deberes; es decir, un Estado que sea capaz de emitir leyes deseadas por los ciudadanos porque tienen una razón comunitaria fundada en la tendencia inclusiva de todas las voluntades y los intereses colectivos.

La razón de eso es porque hoy el Estado democrático moderno no se define a semejanza de la polis griega, dividida en hombres libres y esclavos, carente por ello de estructuras representativas y de garantías jurídicas, sino que debe entenderse por democracia el modelo de convivencia no sólo entre seres humanos, sino también que alcance otros ámbitos como la economía, la política, la moral o la ética, es decir, todo un sistema institucionalizado, donde el Estado de derecho se corresponda con el Estado social y la cultura.

El elemento clave es el ciudadano, no el voto. Hablo del sujeto que ejerce la ciudadanía política plena porque razona su participación para mover a la sociedad en que desenvuelve su quehacer para construir los instrumentos políticos que permitan alcanzar el bien común, a pesar de no coincidir a veces con el resto de los que también razonan y participan.

Por supuesto no hablo del otro, del ciudadano incompleto, el fragmentado, al que le hicieron añicos su conciencia y que por eso anda por ahí, dispuesto a comercializar su voto a cambio de la humillante membrecía en una pensión, de una beca o ser invocado durante las mañaneras en el vocabulario del que se sueña profeta. El voto de esta masa informe llamada pueblo, legitima la permanencia en el poder de un miserable politiquillo con aspiraciones de sanguinario gánster.

No, no hablo de ese que ha construido un país desarticulado que a diario representa una obra ajena a sí mismo, en donde cada personaje intercambia rostros, nombres y actitudes, dejándolos sin la esencia de la identidad, donde los escenarios tienen como base constructiva el azar, sin relación con la obra representada bajo una decoración que crea la sensación de estar en otro escenario, ajeno y extraño a lo que este país es en su más dolorosa intimidad.

Porque así viven millones de mexicanos, aislados, acribillados por la propaganda, acotados por la carencia de información, embrutecidos por el adoctrinamiento de los partidos políticos que los ha hecho serviles de la manera más indigna y que en el colmo de la degradación, hoy han llegado a divinizar esta forma de vida y ya no saben que en verdad hay otra donde el desafío constituye la piedra angular de la esperanza que eche por tierra la incertidumbre.

No, no entiendo por qué los mexicanos más preparados, hablo de médicos, abogados, catedráticos, ingenieros, artistas, periodistas; es decir, los que debían ser la cabeza pensante del país, han aceptado ser vejados y humillados por el ejército de zánganos que gobiernan a México con la tranquilidad de quien sabe que su coto de poder no se encuentra amenazado por nada.

Por eso hablo del ciudadano que participa razonadamente en la construcción de su sociedad. Por eso también, espero con ansia en que llegue el día en que los mexicanos empiecen a referirse a los principios ciudadanos y no a los principios políticos, como una práctica de otro orden más elevado en la jerarquía de valores de una sociedad madura y lista para mejores y más grandes momentos de su historia.

Cuando eso ocurra, aparecerá entonces la idea precisa de que lo que legitima a la autoridad política es, justamente, la autoridad ciudadana, no el voto.

En efecto cuando eso ocurra, este país estará muy cerca de la madurez intelectual que lo proyecte hacia una condición de grandeza inalcanzable, porque rozará entonces esa construcción intelectual llamada democracia, aunque eso parezca hoy una utopía.

Siempre he desconfiado del siguiente hecho: que sólo el voto sea motivo de análisis para otorgar la certeza de que así se expresa la verdadera voluntad mayoritaria. No creo que eso sea democracia. Tomar únicamente ese componente de la democracia es amenazarla con las armas de la intolerancia y de la sinrazón creando así un escenario donde se enseñorea la rapiña por un coto de poder y la discordia con aquellos que piensan de otra manera.

San Juan del Cohetero, Coahuila, 1955. Músico, escritor, periodista, pintor, escultor, editor y laudero. Fue violinista de la Orquesta Sinfónica de Coahuila, de la Camerata de la Escuela Superior de Música y del grupo Voces y Cuerdas. Es autor de 20 libros de poesía, narrativa y ensayo. Su obra plástica y escultórica ha sido expuesta en varias ciudades del país. Es catedrático de literatura en la Facultad de Ciencia, Educación y Humanidades; de ciencias sociales en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas; de estética, historia y filosofía del arte en la Escuela de Artes Plásticas “Profesor Rubén Herrera” de la Universidad Autónoma de Coahuila. También es catedrático de teología en la Universidad Internacional Euroamericana, con sede en España. Es editor de las revistas literarias El gancho y Molinos de viento. Recibió en 2010 el Doctorado Honoris Causa en Educación por parte de la Honorable Academia Mundial de la Educación. Es vicepresidente de la Corresponsalía Saltillo del Seminario de Cultura Mexicana y director de Casa del Arte.