Democracia representativa o democracia directa, ¿qué le conviene a México?

Con los recientes procesos electorales en los Estados Unidos en donde, se mostró el reflejo de una sociedad desesperada, desesperanzada y también qué «la mejor democracia del mundo» es un chasco de mal gusto, vale la pena recapitular, repensar y poner en la mesa de debate que es mejor para nuestro país.

La Democracia como mayoritariamente la conocemos es una Democracia representativa en donde por medio del voto, que se asegura que sea libre y directo por mecanismos legales y de seguridad que el Estado proporciona, consentimos a que nos gobiernen; es decir, son gobiernos condicionados por la opinión mayor. Por otro lado, este consenso debe ser expresado mediante elecciones libres. Sin embargo, esto tiene un principal enemigo lejos de las garantías que nos pueda propiciar el Estado, y este es, el desinterés, la desatención y la ignorancia de la gran mayoría. La pobreza es rentable en política, no solamente la económica sino la del lenguaje, la cultural y la pobreza que provoca el ocuparnos única y exclusivamente de nosotros; la insolidaridad.

Es por ello que resulta preciso reflexionar, para renovarnos y renovar a la Democracia para que seamos ciudadanos mejor instruidos —a gusto propio, o por defensa del Estado— sobre asuntos públicos y que se promueva no solo en términos de información, sino en términos de competencia. Debe de haber ciudadanos interesados, posteriormente informados y finalmente competentes. Aunque se ponga ahora a la Democracia electorera, disfrazada de Democracia Liberal como la gran panacea, considero que no estamos en la vía correcta para resolver con mayor satisfacción nuestros intereses personales, y de paso; atender y ayudar a la colectividad de la cual formamos parte.

Por otra parte, de una manera elemental, la Democracia directa es una Democracia sin representación que se vuelve mejor en la medida en que elimina a sus representantes. La Democracia directa es inmediatez de interacciones, es lo que más se acerca al autogobierno. Es en la Democracia directa, en la que se aspira no solamente a una participación efectiva del pueblo en la esfera política, electoral, sino en todas las esferas de la vida social, esta aspiración obliga a superar el sistema democrático en el que vivimos actualmente. Quizá, podríamos comenzar por hacer más transparente el mecanismo de representatividad; ya que, —en un principio— no se trata de propugnar la abolición de la democracia representativa, más bien, de primera mano habría que enriquecerla.

Por otro lado, resulta inevitable, evidenciar un posible riesgo de la Democracia directa: el riesgo de un corporativismo cuando los grupos que la practican en determinados centros, movidos por un interés particular pierden de vista el interés general.

Los dos tipos de Democracias en todo caso, deberían enriquecerse, solo una prevención constante ante uno y una complementación de estas dos permitirán enriquecer la Democracia. La exclusión de la Democracia representativa en nombre de la Democracia directa, acaba con la Democracia misma, es decir, con toda forma de Democracia. En ese sentido Rosa Luxemburgo lo advirtió en 1918: «se empieza a abolir la Democracia representativa y se acaba por abolir toda Democracia».

Como resultado, podemos decir que la Democracia es un valor que debe ser reivindicado, no solo ante el olvido ni a las subestimaciones de ella, sino ante sus limitaciones. No es casualidad ni destino que hoy la Democracia sea una bandera universal. Lo es tanto para los países de izquierda como para los países en donde gobierna la derecha —aunque en esta línea su delimitación ya sea muy tenue— ya que la Democracia siempre entraña un espíritu solidario, una participación común.

Norberto Bobbio afirmaba que ya no vivimos en Democracia y esa era su mayor crítica, justificándola con el crecimiento de la tecnocracía. Ante los embates de la globalización, debemos defenderla desde la práctica en valores democráticos, ya que pareciera ser que hoy, la realidad nos muestra que esta forma de organización —la vida en democracia— suele ser incompatible con nuestra realidad; debiéramos cambiar lo que se tenga que cambiar y cuidar como celador lo que nos haya resultado mejor para la vida en sociedad, en comunidad.

Aguascalientes, 1982. Cursó sus estudios de Licenciatura en Derecho en la Universidad Autónoma de Coahuila, posteriormente hizo sus estudios de maestría en Gobierno y Gestión Pública en la Universidad Complutense de Madrid. Labora en la administración pública estatal desde el año 2005. Es maestro de Teoría Política en la Facultad de Economía de la UA de C desde el año 2009. Ha sido observador electoral de la Organización de los Estados Americanos en misiones para Sudamérica, en la que participa como miembro de observadores para temas electorales.