Desmemoria histórica

Incontables civilizaciones han utilizado los símbolos como estrategia de dominación y poder. Desde petroglifos, minotauros, esfinges, obeliscos, gárgolas, crucifijos, pirámides, catedrales, desfiles militares, sermones, amuletos, «detentes» y más, los símbolos son armas poderosas, representan ideas, inspiran creencias y conductas, pilares de una cultura. En buena medida los símbolos definen lo que se acepta y lo que se rechaza socialmente. Forjan la narrativa de una nación y más, su psicología colectiva.

Los símbolos también pueden ser usados para manipular a la gente. El gobierno de la autollamada Cuarta Transformación, por ejemplo, tiene como su mayor símbolo a Andrés Manuel López Obrador, quien a su vez usa otros símbolos para expresar su ideología, caracterizada por la confrontación permanente. La retórica como recurso para generar conflicto e imponer agenda. Una de las especialidades del presidente es enfrentar a los mexicanos entre sí y más, contra su propia historia. Para ello se vale de los símbolos, a unos los desprecia, a otros los encumbra.

Así como los conquistadores (un grupo de europeos e indígenas) destruyeron los símbolos aztecas en lo que hoy es México y los sustituyeron por nuevos símbolos (religiosos y culturales), el gobierno opera una estrategia de sustitución simbólica, no con el fin de hacer más grande a nuestra patria ni unificarnos para un futuro armónico y próspero, lo hace impulsando el odio y el rechazo hacia una parte esencial de lo que es ser mexicano: nuestra herencia cultural hispana. De ahí los ridículos lances al exigir perdón a España, o la sustitución de estatuas por personajes indígenas.

«Si un mexicano odia lo español, se odia a sí mismo», escribió con erudición Miguel León-Portilla. «¿Quién nos enseñó a odiarnos a nosotros mismos?», se pregunta Juan Miguel Zunzunegui, cuando alude a lo absurdo de rechazar nuestra herencia, es decir, nuestra identidad. Nos odiamos, sí, por un lado, amamos a México, somos nacionalistas, y por otro asumimos como trágico que se haya destruido buena parte de la cultura indígena, sin pensar que, sin ese episodio, no seríamos lo que somos. En otras palabras, dice Zunzunegui, deseamos: «ojalá mi padre hubiera sido otro». Conmemorar la resistencia de Tenochtitlán y no la Conquista, ancla nuestra narrativa en una derrota, niega que el nacimiento de México sucede gracias a esa transformación, física, cultural, ideológica; dolorosa sí, también digna de celebrar que creó un mestizaje único en el planeta.

¿A quién le conviene este odio? A quien puede convertirlo en votos, a los intereses de la misma persona que en otras ocasiones ha dicho que la riqueza del pueblo de México es su cultura. En «El espejo enterrado», Carlos Fuentes vio venir esta desmemoria histórica, escribió: «Sospecho que (…) con demasiada frecuencia, hemos buscado o impuesto modelos de desarrollo sin mucha relación con nuestra realidad cultural». Y es que la realidad cultural que pretende imponer López Obrador es obtusa, caprichosa y no aguanta el más mínimo rigor analítico. ¿Piensa el presidente de México o su actual comparsa y jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum (perdone, doctora, ¿de dónde es su apellido?), hacer una operación inversa y desaparecer poco a poco a la Virgen de Guadalupe para dar nueva vida a Tonantzin? ¿Se les olvida que buena parte de los vencedores de Tenochtitlan fueron otros indígenas?

Renegar de nuestra herencia cultural es renegar de nosotros mismos, estallar nuestra identidad, provocarnos una crisis de personalidad, con el fin de avivar las llamas del combustible electoral de AMLO: el odio y el rencor. Podrán cambiar estatuas, modificar los libros, eventualmente el peso de la historia habrá de imponerse y sus intenciones quedarán en el descrédito. Habrá, eso sí (finalmente así es el fanatismo ideológico), quien crea que es la cola la que mueve al perro; vendrá, eventualmente, un líder que nos haga sentir orgullosos de ser herederos de un gran crisol, de tradiciones aztecas, tlaxcaltecas, mayas, toltecas, otomíes, mixtecas, zapotecas (entre otras), así como de Iberia, mediterránea, romana, griega, árabe y judía, ¿qué otra nación en el mundo podría decir lo mismo?

Fuente: Reforma

Columnista.