¿Dios odia a los zurdos?

Me considero agnóstico. La aclaración me parece adecuada y casi necesaria para contextualizar tanto mis comentarios como mi propia percepción de un fenómeno —la religiosidad en todas sus formas— que me llama poderosamente la atención aun cuando no comparta la fe imprescindible e intrínseca de un buen devoto.

Dos de mis hijos, sin embargo, arriesgan sus primeros pasos dentro del catolicismo, un poco por curiosidad, un mucho por la motivación que les procura mi esposa y alguna que otra tía. Como parte del inicio de ese largo camino espiritual recién presentaron su examen de la primera comunión. Para mí, como para ellos, una experiencia inédita. Luego de haber mamado por 30 años de la leche dialéctico materialista, debo confesar que ni siquiera imaginé la existencia de esa clase de exámenes así que, a escondidas —para no intervenir en la dinámica ni aportar una peligrosa punzada extra a sus nervios— atestigüé el desempeño de cada uno de ellos ante las preguntas que les proponía la catequista. Les escuché recitar oraciones, enumerar mandamientos, citar pecados capitales, disertar sobre la palabra de Dios y, en general, les iba muy bien, hasta que a mi hijo le piden persignarse… y ahí falló. No. No equivocó el trazo del signo de la cruz, pero lo hizo con la mano equivocada. Debió usar la derecha, en lugar de la izquierda. El detalle es que mi hijo es zurdo.

Tampoco lo reprobaron por ello. De hecho, pasó finalmente la prueba y en el momento en que escribo estas líneas se organizan los preparativos para celebrar su primera comunión, pero yo no podía sacudirme de arriba la curiosidad. ¿Por qué una mano y no la otra? Ya bastante batallan los zurdos con los inconvenientes que les depara el mundo material. Para quien no lo haya notado, la mayoría de los pupitres en las escuelas fueron diseñados para diestros, así también la palanca de los cambios de velocidad que tienen los carros en occidente, el ajuste de los tornillos también suele favorecer a los diestros, incluso demoramos en encontrar un guante para que practicara béisbol y, cuando por fin lo hallamos, nos costó mucho más caro. Y resulta, pensé yo, que el mundo espiritual también le pone zancadillas a los zurdos.

Acepto que ciertas ceremonias, especialmente aquellas que se ejecutan de forma colectiva, marcan el uso obligatorio de la derecha. El saludo a la bandera es un caso, aunque curiosamente recuerdo que en Cuba, en el ejército, al momento de marchar, el primer paso se practica siempre con el pie izquierdo. No importa si se trata de uno u otro, usar un lado específico busca garantizar la uniformidad en los movimientos, pero no atenta contra el significado de la ceremonia. Si alguien se equivoca será tildado de torpe, no de apóstata.

La primera vez que leí sobre el presunto desapego que siente la Iglesia por esta singularidad humana fue en la novela El testigo, de Juan Villoro, donde cierta monja exige a Nieves, uno de los personajes, utilizar su mano derecha, en lugar de la izquierda —su mano hábil— y el proceso de aprendizaje, vale decirlo, no resultó nada agradable. «Nieves era zurda, pero la obligaron a dominar su vida con la mano derecha», resume Villoro.

De inmediato me sumergí en Internet y me topé con un par de razones de por qué la Iglesia considera la derecha como preponderante. Al parecer, este lado recuerda el gozo de los salvados, de los que hacen la voluntad de Dios ya que el Hijo separará las ovejas de las cabras, poniendo a las ovejas fieles a su derecha y las cabras a la izquierda (Mateo 25, 33). Así también La Biblia recoge que «cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mateo, 6,3). Sin embargo, se trata de frases sacados de contexto y no me convencieron del todo, así que opté por dejar los intermediarios y preguntarle directamente a un sacerdote.

Aproveché que debía presentarme en la iglesia, acompañado por los padrinos de mis hijos, como parte de la liturgia que conlleva la primera comunión para que el cura abundara sobre el tema.

Primero, no obstante, tuve que escuchar en voz de la catequista comentarios didácticos sobre los sacramentos. Algunos de estos comentarios son verdaderas blasfemias para las feministas y, hasta cierto punto, divertidos para mí. Aprendí, por ejemplo, que el matrimonio es un sacramento de servicio. Y para demostrar esta relación la catequista argumenta que por eso la mujer debe servir a su esposo y a sus hijos. Que los hombres aportamos la fuerza en el hogar, mientras que las mujeres se caracterizan por brindar atenciones. De ahí —deduce la catequista— se justifica la conocida frase «deja que llegue tu padre» con que se pretende amedrentar a los niños.

En lo personal, no sé si porque cuando llego del trabajo, regreso cansado y con ganas de mimar a mis hijos o porque, en realidad, nunca he tenido muy claro realmente cuándo «llego» del trabajo pues buena parte del mismo lo hago desde casa, pero la verdad es que mis hijos se desternillarían de la risa si alguien los amenaza con mi arribo. Sin contar, en honor a la verdad, que el pilar, las bases y, por supuesto, la fuerza de mi hogar lo personifica mi esposa.

Si bien la catequista me sonó decimonónica o dieciochesca, el cura, en cambio me cayó bien de inmediato por su estilo desenfadado. En su rol didáctico, apuntilló la necesidad de conocer la obra de Dios con una frase hilarante: «católico ignorante, futuro protestante». Y no fue la única, aunque sí la única que ahora recuerdo.

El punto es que, terminada la misa —que también hubo de celebrarse— me acerqué y le comenté el incidente de mi hijo y su persignada con la zurda, no a modo de reclamo sino de sana curiosidad. Cuál no sería mi sorpresa al comprobar que él también se sorprendía. Sí se espera que todo gesto litúrgico se ejecute con la mano diestra —mano fuerte, dijo él— para garantizar su efectividad, pero en el caso de los zurdos —otra vez, las palabras son suyas— es lógico que lo hagan con la izquierda.

Satisfecho con su respuesta —quizás porque en mi fuero interno era lo que quería escuchar y, también quizás, porque el cura supo advertirlo y complacerme— le agradecí por su tiempo y volví con los míos, no más comprometido como devoto, pero sí más tranquilo como padre. Deduje que, otra vez, el problema no estaba en Dios per se, sino en sus representantes terrenales.

A propósito y a modo de despedida. Los zurdos tienen su día. Es el 13 de agosto. Mejor celebrar esa fecha por la zurdera y no por el nacimiento de algún otro. Los cubanos comprenderán.

Y si no, mucho mejor.

La Habana, 1975. Escritor, editor y periodista. Es autor de los libros El nieto del lobo, (Pen)últimas palabras, A escondidas de la memoria e Historias de la corte sana. Textos suyos han aparecido en diferentes medios de comunicación nacionales e internacionales. Actualmente es columnista de Espacio 4 y de la revista hispanoamericana de cultura Otrolunes.