El síndrome VIP

Érase una vez, un joven de 30 años, hijo de un «personaje muy importante». El joven con dolor abdominal de leve a moderado se presentó en un hospital público en el que en forma expedita le diagnosticaron apendicitis aguda programándolo para cirugía de urgencia. Por la investidura sociopolítica del enfermo, fue atendido exprofeso por el director médico de la institución con especialidad en cirugía general y por el subdirector médico con especialidad en anestesia general.

Por teléfono, desde el hospital, el paciente, a quien yo atendí por otros problemas, buscó mi opinión.

Los síntomas típicos o más frecuentes de apendicitis son: fiebre, dolor de moderado a intenso localizado en fosa iliaca derecha, náuseas, vómitos, sugestivos de peritonitis aguda. El enfermo solo tenía dolor moderado en fosa iliaca derecha. No concuerdo con diagnóstico de apendicitis. Necesito confirmarlo. Le informé. Solicitaré mi alta voluntaria del hospital y voy contigo para que me revises. Me dijo.

Ya en la entrevista directa confirmé que el paciente padecía de estreñimiento crónico, había retraso en las evacuaciones hasta de cuatro días y esa era la causa de dolor abdominal localizado en el área del apéndice. Por más que busqué datos de apendicitis al interrogatorio, exploración clínica, radiografías de abdomen —todavía no había ultrasonido— y en la biometría hemática, no encontré el conjunto de datos mencionados. Esencialmente un dolor abdominal sin fiebre, poco probable que sea peritonitis por apendicitis aguda.

Así le expliqué, al enfermo y su familia: no coincido con el diagnóstico de apendicitis. No es apendicitis, se trata de una colitis nerviosa con estreñimiento y dolor leve. No es caso quirúrgico. Ustedes deciden con cuál opinión se quedan. Les dije.

Cuando hay dos opiniones contradictorias respecto a un problema: una de las dos es verdadera. O tiene o no tiene apendicitis. O se opera o no se opera.

No se operó, pero los médicos con el síndrome VIP, estuvieron marcando al domicilio diciéndoles que ya el quirófano estaba listo y que si no se operaba el apéndice podría perforarse y podría ser mortal.

Unas 24 horas después, el enfermo logró drenar abundante excremento retenido y el dolor cedió en 95%.

El «Síndrome VIP» (Very Important Person) fue descrito por primera vez como tal en 1964. Ocurre cuando una persona muy importante se interna en una institución de salud y su condición de famoso, termina afectando las decisiones sobre su atención médica. Es relativamente común que en estos casos surjan complicaciones en el manejo clínico de estas personas muy reconocidas por la sociedad.

El síndrome puede manifestarse de distintas formas. A veces, para tratar de evitar dolor o contratiempos al paciente, los médicos modifican las prácticas habituales. Se realizan entonces menos estudios y procedimientos invasivos, pudiendo esta decisión llevar a errores y retrasos en el diagnóstico o el tratamiento. Otras, lo más frecuente, los médicos pueden querer estudiar al máximo cualquier minúscula anormalidad, sometiendo al paciente a estudios que no realizarían a otros. Estas prácticas, a su vez pueden agregar nuevos riesgos.

No obstante, el problema no queda ahí. Existe un escenario particularmente complejo: el paciente «VIP». Este acrónimo, usado en diferentes ámbitos para designar a personajes destacados —políticos, empresarios, artistas, entre muchos otros— y que indica a una persona muy importante, también ha permeado en el ámbito sanitario.

Sin embargo, en la actualidad no es necesario ser exclusivamente un «personaje muy importante» para constituir en medicina un paciente «VIP». ¿Quién no se ha enfrentado al paciente cuyo pariente cercano resulta ser su ex jefe de servicio? ¿O cuyo familiar acompañante es un colega que vive fuera de la ciudad y su cercanía con el paciente se establece a través de las múltiples llamadas que recibe como médico tratante? ¿Quién no ha tenido que atender a un séquito de acompañantes del paciente, no siempre facilitadores, para tener que explicarles la situación de gravedad una y otra vez?

En otras palabras, ¿quién no ha sentido la presión ejercida, directa o indirectamente, por otros actores no implicados en la atención directa del paciente? Es posible que algunos médicos jóvenes todavía no tengan la suficiente experiencia como para haberlo vivido en carne propia, pero probablemente conocieron de algún caso durante su formación.

Este es un enlace al respecto

Lea Yatrogenia

Egresado de la Escuela de Medicina de la Universidad Veracruzana (1964-1968). En 1971, hizo un año de residencia en medicina interna en la clínica del IMSS de Torreón, Coahuila. Residencia en medicina interna en el Centro Médico Nacional del IMSS (1972-1974). Por diez años trabajó como médico internista en la clínica del IMSS en Poza Rica Veracruz (1975-1985). Lleva treinta y siete años de consulta privada en medicina interna (1975 a la fecha). Es colaborador del periódico La Opinión de Poza Rica con la columna Yatrogenia (daños provocados por el médico), de opinión médica y de orientación al público, publicada tres veces por semana desde 1986.