Pérdidas y ganancias

Tras un año y meses de la terrible pandemia que tardará el mundo en superar, apenas empezaba a declinar su azote cuando nos vimos envueltos en un proceso electoral sumamente agresivo y poco convincente. Cada partido luchó por sobrevivir y creyó correcto destruir a quien consideraba posible triunfador. Las ofensas menudearon. Primero golpear y luego discutir. Lo que se criticaba de otro partido era lo que estaba realizando justamente el ofensor.

Un resultado de la elección es que casi todos los contendientes creen haber ganado. Es un mundo mágico éste en el cual vivimos y no me refiero a la parte física, sino a la simbólica. Es mejor eso que nada, puesto que sin esa certeza tendríamos ahora mismo un país en plena guerra, tal vez no de balazos, sí de injurias. Ya de por sí leer un periódico o encender la televisión era un albur: de las «noticias» brotaba caca, escurría la inmundicia. Total, los partidos mostraron de lo que son capaces para llegar al poder o permanecer en él.

Ahora algunos de los partidos históricos han olvidado cómo llegaron al dominio del pueblo y dirigen sus armas hacia los demás. La memoria no parece ser su recurso. Si volteamos hacia el sexenio de Peña Nieto, el más descarado, el peor que hemos tenido, el mayor saqueador, la desmesura misma, el cinismo… no entendemos por qué ahora condenan en Morena lo mismo que hicieron. Y no me refiero nada más al Ejecutivo federal, puesto que jamás había existido tanta impunidad entre los gobernadores: diez de ellos robaron miles de millones de pesos y nadie se acuerda.

Con los resultados conocidos brota una pregunta: ¿para qué sirven los partidos? Para el caso mexicano no tengo una respuesta. Como fundamento de la democracia sí considero que los partidos debieran ser una alternativa a la dictadura o a la guerra civil. Recuerde usted que nuestro gran héroe, Francisco Ignacio Madero, inició una etapa de rectificación con respecto a la reelección y a las injusticias del maldecido porfiriato. Después de su asesinato, los que lo siguieron en su puesto se dedicaron a matarse.

¿Y los partidos? Tienen una importante labor: «Los partidos ponen de relieve claramente el grado de desigualdad que existe en el equilibrio de poder entre gobernantes y gobernados. En los Estados multipartidistas el equilibrio de poder, aunque desigual todavía, es menos desigual que en los Estados de partido único». Estoy citando a uno de los grandes sociólogos del siglo 20, Norbert Elias. Y bueno, aun con lo rastreros que son muchos de los miembros de partidos y, sobre todo, sus candidatos, parece que, a su pesar, cumplen una tarea histórica.

Los resultados de la justa electoral parecen positivos, y una primera muestra de su utilidad es que todos creen ser triunfadores. Menos mal. Por su parte, el árbitro, el Instituto Nacional Electoral, con todo y el protagonismo narcisista de Lorenzo Córdova Vianello, sacó adelante, de manera pacífica, lo que se perfilaba una jornada farragosa. Fue importante.

Tengo la idea de que una buena parte de los propagandistas de determinados partidos no buscaban otra cosa que el tesoro de la nación. Salieron a relucir no pocos actos de ratería de muchos candidatos, que de limpios nada tienen.

Después de la jornada electoral despertamos en un mundo que, claramente, no es un nuevo mundo, es el mismo, pero con remiendos en cada uno de los grupos de poder, tanto los partidos políticos como las grandes corporaciones industriales y bancarias. No obstante, el hecho de haber acotado el dominio absoluto que ha tenido Andrés Manuel López Obrador, es una ganancia para la nación. Éste tiene, también, sus mecanismos de defensa que normalmente ejerce atacando. Se impide el absolutismo del presidente. Pero los tres grandes partidos salieron perdiendo: ellos están al borde del abismo. Un primer síntoma es que no saben contar: once de quince gubernaturas no son cualquier pérdida, es una tremenda derrota. Otros únicamente luchaban por tener el negocio más productivo del mundo: un partido; ganaron, siguen con un azadón en mano.

¡Buenas elecciones!, ganó el que ganó, perdió el que perdió. Le llaman democracia.

Investigador, académico e historiador