Fe en tiempos de pandemia

La Iglesia se ajusta a las condiciones impuestas por la lucha contra la COVID-19 para mantener viva su labor eclesiástica. Cubrebocas, misas virtuales, certificados de Protección Civil, son algunas de las medidas con las que buscan alcanzar hoy su objetivo prioritario: brindar apoyo incondicional a los feligreses

Combaten con milagros la ineptitud del gobierno

Nuevo año trae nuevo obispo a Saltillo

La pandemia causada por la COVID-19 ha ralentizado la economía alrededor del mundo, ha cerrado negocios, quebrado planes familiares, cancelado inversiones, viajes, proyectos y, sin duda lo más doloroso, puesto fin, hasta el momento, a más de 1.7 millones de vidas. En el caso de México la cifra supera los 118 mil decesos… y contando.

Sin embargo, hay algo que no ha logrado detener o siquiera hacer disminuir: la fe de los creyentes. Ese último hálito de esperanza al cual millones de personas se aferran para sortear los riesgos del día a día y que hoy van mucho más allá de mejorar el patrimonio familiar o no ser víctima de la violencia que azota la región. Padres rezan, literalmente, para conservar su plaza laboral —se calcula que, ha causa del coronavirus, en el país se perdieron 12 millones de trabajos informales y un millón 157 mil puestos formales registrados ante el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS)—, algo similar hacen las madres para que ninguno de sus hijos de positivo al virus o, en una súplica común con los habitantes del resto de las naciones, para que los ensayos de vacunación arrojen resultados positivos y así salir, de una vez por todas, de este castigo.

Para el padre Roberto Carlos Robledo Sifuentes, vicario de la parroquia Santa Teresita del Niño Jesús, en Saltillo, no es raro que las personas busquen apoyo divino durante los momentos más difíciles de su existencia. Cuando el hombre «es tocado en su trascendencia, cuando sabe que es vulnerable a la inexistencia […] es ahí cuando se le pide a Dios su auxilio», advierte.

A su juicio, esta pandemia, a pesar de su devastadora mortandad, nos ha servido para recordarnos la importancia de mantenernos unidos espiritualmente pues todos somos vulnerables a esta enfermedad, contar con la ayuda del prójimo y «nos ha recordado que el egoísmo es la dolencia más devastadora que el hombre padece cuando se aleja de Dios».

Mediante una entrevista virtual, el padre Roberto explica a Espacio 4 cómo la Iglesia, consciente de la enorme importancia que tiene brindar apoyo en tiempos difíciles, ha buscado la forma de acoplarse a las nuevas circunstancias, sobre todo haciendo uso de la tecnología, para garantizar el sustento espiritual que buscan y requieren sus devotos.

Entre contagios, muertes y necesidades económicas, hoy, como nunca antes, la sociedad necesita de un bálsamo espiritual. ¿Se ha preparado la Iglesia, de alguna forma especial, para servir de sostén a sus fieles en estos tiempos tan azarosos?

La iglesia se ha preparado siempre espiritualmente, antes y ahora en esta contingencia. Se impartieron cursos por parte de especialistas para atender a los feligreses durante la pandemia. Las iglesias se certifican por medio de Protección Civil para poder abrirse y seguir protocolos para la atención de los feligreses. De entre los agentes pastorales se les capacita a algunos de manera especial para que se pueda atender a la feligresía.

La iglesia siempre estará abierta y lista para responder a las necesidades que la feligresía necesita y necesitará.

Por siglos, la Iglesia ha convivido muy estrechamente con sus feligreses. ¿De qué forma se las arregla ahora para seguir en contacto con ellos, sin poder congregarlos ni tener contacto físico?

En estos tiempos críticos de pandemia ha aumentado el interés por los medios de comunicación, pues a través de ellos nos podemos acercar a nuestra gente que necesita de la vida espiritual.

Se celebran misas en plataformas virtuales en nuestra diócesis, especialmente para las personas más vulnerables: niños y adultos mayores.

Para los que sí han podido acompañarnos físicamente en las misas, se hace de manera muy especial con su respectiva seguridad que nos marca nuestro sistema de salud y Protección Civil.

La evangelización no se detiene ya que es una necesidad y exigencia espiritual. Y la atención espiritual está siempre presente a quien lo necesita. Ahora, gracias a la tecnología tenemos la manera de llegar a las personas más vulnerables pues requieren de una atención especial.

El azote de la pandemia nos ha obligado a adoptar nuevas costumbres, especialmente sociales y de salubridad. ¿Cómo se acoplan los representantes de la Iglesia a esta nueva realidad?

Esto es nuevo para todos, nos hemos estado ajustando conforme avanzan la situación. Nos acoplamos a las necesidades de la parroquia, necesidades personales y necesidades pastorales. Nadie estaba listo para esto y más aún por un tiempo tan prolongado.

Como ya he mencionado, la Iglesia, a través de la historia, iluminada por el Espíritu Santo, ha sabido responder siempre ante cambios inesperados, ha sabido mantenerse con fe, aunque los vientos soplen contrarios. «Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas; porque el viento era contrario», Mateo 12,24.

Escuché a una persona asegurar que la gente muere más por miedo a la pandemia, que por la pandemia misma. ¿Puede la Iglesia intervenir de forma satisfactoria en esta relación?

Nadie muere solo por miedo. El miedo es un mal signo, nos paraliza, no nos deja avanzar.

Con respecto a la pandemia, quizá sea consecuencia de un encierro tan prolongado que ha suscitado desequilibrio emocional y psicológico dentro de las familias, al no estar ni siquiera con un poco de autocontrol y, lo más crítico, no contar con una mínima preparación espiritual. Añadamos, además, el no percatarnos de la gravedad de la situación que vivimos y que no nos cuidamos con las recomendaciones mínimas. No salgas, quédate en casa, usa cubrebocas…

Impacta sobre todo en el centro de la ciudad con gran afluencia de personas, con niños, y sin el cuidado necesario. No sé si no crean o le toman poca importancia. Fiestas entre familias, reuniones de jóvenes. Si ellos no son capaces de dimensionar el peligro, seguramente vendrán las consecuencias. De ahí el gran número de personas contagiadas como lo estamos viviendo. Hemos pedido dentro de las reflexiones que seamos conscientes, pero creo que no se ha entendido.

¿Considera que el hombre, al ser víctima de este flagelo, se acerca más a Dios o reniega de Él?

Lamentablemente se acerca a Dios cuando es tocado en su trascendencia, cuando sabe que es vulnerable a la inexistencia, y es ahí cuando se le pide a Dios su auxilio. Si no se puede liberar de esta enfermedad u otras, entonces se crea la imagen de un Dios que es malo, de un Dios que no existe, de un Dios que no sabe escucharnos. Cuando nuestra subsistencia está de por medio, entonces sí nos acordamos de Dios.

Y lo más maravilloso es que nuestro Dios no guarda rencor en su corazón, porque es un Dios de misericordia, y cada momento del hombre en situación crítica es también una ocasión en recordar que tenemos un Padre bueno, un Padre que nos esperará con los brazos abiertos, cerrando su mirada ante nuestras injusticias y que siempre nos amará.

Finalmente, ¿considera que Dios tiene algún plan concebido a partir de esta pandemia?

Claro que detrás de esta pandemia y de toda la historia de la humanidad Dios tiene una pedagogía exclusiva para cada uno de nosotros.

Hemos descubierto que no hay exclusividad en quién se contagia y quién no. Aquí no importa si eres profesionista, religioso, técnico o líder político, todos somos vulnerables a esta pandemia.

Esto nos ha direccionado nuevamente nuestra mirada hacia Dios, nos ha recordado que el egoísmo es la dolencia más devastadora que el hombre padece cuando se aleja de Dios, y en estos tiempos de pandemia nos ha recordado que todos necesitamos de todos, haciendo a un lado el interés personal y dando lo mejor de mí a aquellos que lo necesiten. Y cuando, sin merecer las respuestas generosas de quien menos esperamos o de quien hemos descuidado por múltiples razones, nos hace sentir agradecidos, es momento de revalorar a los que tenemos a nuestro lado. E4


Combaten con milagros la ineptitud del gobierno

Las estrategias trazadas por las autoridades no mejoran la precaria situación de una sociedad que, sin hallar otra salida a corto plazo, busca en remedios divinos, brujos y curanderos la solución a sus problemas

El 12 de diciembre, los medios de comunicación compartieron imágenes inéditas de la Basílica de Guadalupe. Donde el año pasado, en esa misma fecha, se calculó la visita de aproximadamente 10 millones de personas venidas de todos los estados de la República y no pocos que habían cruzado la frontera, se descubría de pronto un lugar prácticamente vacío. Algunos fieles que se aventuraron a quebrantar las medidas de confinamiento establecidas y decenas de elementos de seguridad que patrullaban la zona para garantizarlas, eran los únicos personajes a la vista. La propia jefa de Gobierno de Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, agradeció a los devotos de la Virgen de la Guadalupe su disciplina. En su cuenta de Twitter compartió un video tomado al reciente el día anterior, acompañado por el mensaje: «La Basílica de Guadalupe en 11 de diciembre de 2020. Gracias a todos los fieles y al esfuerzo compartido para mantenernos en casa. #JuntosVamosASalirAdelante».

Aunque ni el agradecimiento de la funcionaria ni el buen comportamiento demostrado por la mayoría de fieles, peregrinos y presuntos turistas evitó que, apenas tres días después, la capital del país llegara a las 4 mil 498 personas hospitalizadas por COVID-19, cifra que superó a la registrada siete meses atrás cuando los picos por contagios se empezaban a disparar.

«Estamos justamente en el límite que estuvimos en mayo y por eso es esta insistencia a la ciudadanía, este llamado, y por eso le llamamos emergencia por COVID-19», aseveró la jefa de gobierno.

Está claro que las estrategias pautadas por los gobiernos, en cualquiera de sus niveles, no han servido para amainar el embate de la enfermedad ni para controlar los comportamientos riesgosos de la gente que sigue asistiendo a fiestas, reuniones y usan las mascarillas sanitarias un día sí y el otro tal vez. ¿Consecuencias? Los contagios van al alza, los decesos otro tanto, la percepción económica en el seno familiar cae en picada, la falta de credibilidad en el gobierno se ha generalizado y el regreso a la supuesta nueva normalidad —dentro de aquellas entidades federativas que lo anunciaron— no convence a nadie.

No en vano cada vez más personas buscan alivio para sus males en portentos divinos en lugar de esperar una reacción positiva a partir de las medidas que promueve el gobierno. Basta darse una vuelta por las zonas rurales para comprobar que las consultas a videntes, brujos y curanderos se multiplican a medida que la situación empeora.

En Paredón, por solo citar un ejemplo, las visitas a la niña Adriana —que ya dejó de ser una niña hace bastante tiempo— se han incrementado. Si bien no la consideran una figura santa, dentro de los cánones preestablecidos, ninguno de los que acude a su encuentro pone en duda su capacidad para canalizar las plegarias a Dios o hallar, según la combinación de insumos y rezos prescrita, la curación del mal que aqueja al afligido. No se trata solamente de achaques físicos, en conversación con algunos de sus fieles que —vale aclarar— respetan las medidas de seguridad sanitaria impuestas en el lugar, podemos descubrir requerimientos de toda índole. Los más comunes, además de la salud, son la conservación u obtención de un empleo, la prosperidad de los negocios o alcanzar la paz familiar. También los hay más raros. Una joven, recién llegada de Texas, esperaba lograr, entre otros asuntos que prefirió reservarse, la salida de Donald Trump de la Casa Blanca. Al menos esa solicitud va bien encaminada.

Algunos comparten sus pedidos con la niña Adriana, otros directamente con la imagen del niño Fidencio, ya fallecido y predecesor de esta práctica, pero todos, tarde o temprano, pasarán por el dispensario que está ubicado en la misma casa que los acoge. Allí comprarán los productos que le fueron encomendados según el ritual a seguir. Desde imágenes de santos, pomadas para el cuerpo, lociones, tés de diferentes sabores, bálsamos, veladoras, hasta oraciones impresas.

Esta tendencia, antiguamente reservada para ranchos, pueblos pequeños y, con mucho, zonas periféricas metropolitanas, cada vez es más frecuente en el corazón de las ciudades donde las tiendas de productos milagrosos —no confundir con productos milagros, si bien ambos carecen de sustento científico— se difunden a gran velocidad y ganan adeptos. Especialmente allí, en las regiones donde vivir se ha convertido en un ejercicio de pronóstico reservado y las autoridades no logran desempeñar correctamente sus funciones. A falta de un buen gobierno, no es de extrañar que muchos apuesten por un mejor milagro. E4


Nuevo año trae nuevo obispo a Saltillo

El nuevo año traerá un nuevo obispo a la diócesis de Saltillo, luego de que se cumplan los dos meses que, como máximo, el Derecho Canónico le concede a la persona que ocupará el cargo para cumplimentar sus preparativos. Ya sea a mediados o finales de enero, se espera que fray José Raúl Vera López acompañe a monseñor Francisco Villalobos Padilla y ambos sean los dos obispos eméritos de la capital coahuilense, aunque el primero permanecerá en el rol de administrador diocesano hasta que se formalice el reemplazo. «Siempre tiene que haber una cabeza, seré el administrador de aquí a que llegue el nuevo obispo», comentó Vera al dar la noticia de que el papa Francisco había aceptado su renuncia.

A cargo de la diócesis quedará entonces Hilario González García, quien hasta el momento ha sido obispo de Linares, Nuevo León, estado donde nació hace 55 años. Como dato curioso, vale destacar que antes de recibir la ordenación sacerdotal el 15 de agosto de 1995, González García ya se había graduado de Ingeniería en Computación Administrativa y durante sus prácticas llegó a ocupar el puesto de analista de sistemas y maestro de matemáticas a nivel preparatorio.

La designación papal seguramente lo obligará a dejar Monterrey, ciudad en la que ha radicado toda su vida, para trasladarse a Saltillo y ocuparse de los asuntos que deja pendientes Raúl Vera. El compromiso es grande y seguramente requerirá de esfuerzo.

Resulta harto conocido la posición de Vera, a quien llegaron a catalogar como el obispo rojo o el revolucionario de la Iglesia por sus repetidos encontronazos con el poder. Comprometido con las causas sociales y políticas, Vera ya era conocido por su labor de pacificación en Chiapas, tras el levantamiento del movimiento zapatista, cuando arribó a Coahuila a finales de 1999. Inmediatamente unió su voz a la de los más desfavorecidos y su lucha otra vez alcanzó notoriedad al unirse a las familias de los mineros atrapados en las minas de Pasta de Conchos. Desde entonces ha sido un crítico feroz del gobierno y es común su presencia cuando se trata de denunciar casos de secuestro, desigualdad de género, maltrato a los trabajadores, violencia contra las mujeres o corrupción entre las autoridades.

Muy pronto los problemas de la comunidad saltillense pondrán a prueba al nuevo obispo, Hilario González García, y el tiempo juzgará su proceder. E4

La Habana, 1975. Escritor, editor y periodista. Es autor de los libros El nieto del lobo, (Pen)últimas palabras, A escondidas de la memoria e Historias de la corte sana. Textos suyos han aparecido en diferentes medios de comunicación nacionales e internacionales. Actualmente es columnista de Espacio 4 y de la revista hispanoamericana de cultura Otrolunes.