Hay que recobrar el lenguaje primero

Vivimos tiempos en que se desarrolla una mutación del deseo; grupos cada vez más nutridos y numerosos de ciudadanos abandonan sus valores, sus reglas del juego. El sistema, de seguir así, se verá cercado por una red de insurrecciones periféricas cada día más frecuentes.

«Defiéndeme con la espada y yo te defenderé con la pluma», cuenta la leyenda que eso dijo el franciscano y escritor londinense Ockham, —refugiado en Pisa el 8 de junio del año 1328, cuando huía de Aviñón a causa de una controversia teológica contra el pontífice Juan XXII—, al emperador Luis IV «el Bávaro». Y, desde entonces, legiones de intelectuales han puesto su pluma al servicio de los poderosos o se han consumido en un enfrentamiento estéril con el poder.

Carlos Marx fundió la pluma y la espada, y Lenin, Trotski, Stalin, Mao, siguieron ese camino. Durante un tiempo, la lucidez y la fuerza caminaron juntas. Hoy los intelectuales revolucionarios se instalan como pueden, o se marchitan en la resistencia marginal a aparatos burocráticos. Otra vez condenados a ser meramente críticos: mientras los aparatos y el sistema están controlados por hombres de estatura teórica cada vez más escasa y penosa.

Miseria del intelectual, pero también miseria de nuestra época. Pensar y escribir no cambiará el mundo, «me lo decía mi abuelita, me lo decía mi mamá». ¿Qué hacer? Sólo se puede salvar el lenguaje, rescatarlo de la prostitución publicitaria en espera de tiempos mejores. Y mientras tanto, fundirnos con los demás compañeros en las luchas cotidianas: en el trabajo, en la escuela, en la colonia, en la escena.

Salvar el lenguaje es evitar que caiga en manos de la autoridad, de los mercenarios de la comunicación, del poder. Si autorizamos a la autoridad nos haremos sus autores. La crítica es una permanente desautorización de la autoridad, un permanente poner a la autoridad fuera de la ley. Podemos ceder sobre los hechos, no sobre las palabras. Neruda dijo al morir que nunca el poder le arrancó una palabra.

Superar la apatía, la banalidad, la vulgaridad. Si perdemos el lenguaje ya no tendremos nada con qué orientarnos en el mundo. Para recobrar la realidad, habría que recobrar el lenguaje.

Teatrista.