Jardín de los eternos invencibles

Honrar, como forma exaltada de la manifestación del respeto, es una manera en que la sociedad dice gracias a quienes considera en alta dignidad, como ha sido el caso, en Viesca, de Gregorio Martínez Valdés y María Ignacia Martínez de Loza

Sobre cada una de las sillas de los invitados estaba un libro. Aquella estampa fue un páramo icónico en medio del flamígero desierto viesquense en Coahuila. Casi eran las once de la mañana y la ceremonia estaba por comenzar.

Al primero que pude agradecer, por fin en persona, fue a Fernando Loza. Él, desde la Ciudad de México, por la vía virtual, dio puntual respaldo a cada una de las peticiones editoriales que vitaminaron aquel ejemplar bibliográfico: fotos, cartas, actas, recados y, por supuesto, atender a una entrevista en videollamada. Era fundamental conocer cuáles eran sus recuerdos emocionales sobre su abuela, María Ignacia Martínez de Loza, y agregarlos a manera de capítulo vertebral.

La señora María, o la profesora Loza, como aún es recordada en ese norteño pueblo mágico, fue maestra y directora por décadas en la primaria de Viesca, el pueblo donde ella nació. Un poderoso día, a paso avalentonado y con la convicción docente en su discurso, la abuela de Fernando fue hasta la casa de los padres de uno de sus alumnos: Gregorio Martínez Valdés, también oriundo de Viesca.

«Goyito» era el apodo de aquel pequeño, poseedor de un «algo» que la profesora María detectó. Si ella no abogaba por la salvación de ese rasgo distintivo, la virtud del niño Martínez Valdés quedaría subaprovechada.

Quién sabe de cuáles palabras se valió la señora María en aquella reunión histórica, pero los papás de Goyo quedaron convencidos. Sumaron lo que tenían que sumar y enviaron a su recién graduado del nivel educativo básico a la vecina entidad de San Pedro de las Colonias, Coahuila, para que continuara con sus estudios de secundaria.

Lo que quizá no imaginaron la profesora María de Loza, ni los papás de Goyito —don Gregorio y doña Mercedes— era el trayecto académico que le deparaba al recién homenajeado doctor Gregorio Martínez Valdés en su tierra natal, sede del nuevo Centro de Investigación y Jardín Etnobiológico del Desierto de Coahuila (CIJE), y que llevará, por siempre, el nombre del entrañable académico. Y, en noble acto de reciprocidad, la Sala de Usos Múltiples del CIJE, porta el nombre de la valiente profesora, María Ignacia Martínez de Loza.

Rosario Martínez Valdés, hermana del doctor Gregorio, estaba sentada en espera del arranque del evento. Aguardaba en un lugar reservado para ella. A Chayito fue la segunda persona a quien me acerqué en señal de gratitud por el libro que tenía en sus manos. Semanas atrás, la había conocido en el pórtico de su casa ubicada en el centro de Viesca. Me presentó con ella Alma Leticia Espinoza Ruiz, colaboradora fundamental del CIJE y anfitriona generosa, también entusiasmada con la edición del libro conmemorativo.

Chayito y yo, al igual que sucedió con Fernando, necesitábamos platicar. Aquel caluroso mediodía, y con sendas micheladas artesanales, me permitió ingresar a los recuerdos de su familia nuclear y recrear los pasos no solo de su hermano Gregorio, sino de otros actores clave en la historia de los Martínez Valdés, así como de los Martínez Cajiga, la familia que Goyito formó al lado de su esposa Cristina en la Ciudad de México.

«¿Y dónde está Juan Pablo?», le pregunté a Chayito. El conductor de la ceremonia de la inauguración del CIJE ya nos solicitaba silencio, sentarnos y estar atentas a las palabras de los integrantes de la mesa principal. «No sé de él. Creo que acaba de aterrizar en el aeropuerto de Torreón», me respondió preocupada la hermana del también doctorado honoris causa, Gregorio Martínez.

Sin embargo, al primer viro de mi mirada, me topé con la imagen de una persona de camisa blanca, con saco azul marino, lentes y, sobre todo, un «algo» que lo volvía diferente al resto de los convocados. No dudé en encaminarme hacia él. Y, en efecto, confirmé que la sangre es la sangre.

En el momento en que era fundamental su presencia —como representante de su padre, de su madre, de sus hermanas, de sus hermanos y de sus familias— llegó Juan Pablo Martínez Cajiga al CIJE Doctor Gregorio Martínez Valdés. Otra tanda de veloces agradecimientos le pude ofrendar mientras me presentaba de forma accidentada. También desde la CDMX, una y tantas, pero tantas veces, Juan Pablo dio seguimiento a los contenidos fotográficos y escritos que fueron proyectados para el concepto integral del libro Goyito y la señora María (Ed. UAdeC-Idíleo, Saltillo, Coahuila, México, 2021), publicado como parte del homenaje de la Universidad Autónoma de Coahuila tanto a su padre como a quien fuera su primera mentora escolar.

En punto de las once de la mañana, a manera de simbólico preludio, estrecharon sus manos Juan Pablo, Chayito y Fernando con el también nacido en Viesca —generador y dínamo de formas y contenidos del CIJE— el rector de la UAdeC, el ingeniero Salvador Hernández Vélez. Al verlos reunidos el 28 de mayo de 2021 en el CIJE, y después de haber transitado por los detalles de las narrativas e interlocuciones de las familias de Goyito y de la maestra María para dar a luz el libro obsequiado esa mañana de tantos soles, los motivos para estar agradecida quedaron multiplicados. Sus dimensiones fueron aún más amplias y sensibles. Ahí, en la árida Viesca, aquel jardín reunía a los eternos invencibles Entre espinas, terregales y hormigas rojas, el fuego del CIJE tomó la palabra. Nos refrescó la esperanza por un planeta sostenible.

El doctor Lorenzo Alejandro López Barbosa y la maestra Norma Eugenia Sánchez García, compañeros de esfuerzos académicos junto a Goyito en la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro, y yo, compartimos el júbilo de la misión cumplida. Ninguno de los tres nos conocíamos en persona. Sin embargo, al estrechar un mismo abrazo emocionado, calé el valor de esa clase de amistad que construye lealtades de ida y de vuelta, así en el desierto como en el cielo. Lorenzo y Norma, sumados a Juan Pablo, a Chayito a Fernando, y también a Alma, igualmente ofrecieron su óptica biográfica para aderezar —y referenciar— los textos e imágenes compendiados en Goyito y la señora María.

Me atrevo a cerrar esta primera entrega en torno al CIJE y sus sempiternos protagonistas, con la cita textual del mensaje que Juan Pablo Martínez escribió a su padre, el doctor Gregorio Martínez Valdés, egresado de la Narro y de la Universidad de Winsconsin. La pluma del menor de los Martínez Cajiga quedó estampada en la página 68. Lleva por título, «Goyo».

«La puntuación había sido establecida de forma unánime. Cinco puntos si el chiste era relativamente «malo»; diez puntos, si no tenía remedio. La tabla se encontraba en una hoja blanca de papel, pegado al refrigerador con un par de imanes. No existía una autoridad, per se, de jueceo. No era necesario. Cada uno de los miembros de la familia podía dictar el parámetro de la calidad del comentario/chiste/anécdota. Al «ganador», quien más puntaje tenía, le tocaba —de igual forma, consensuado por todos— darles algún tipo de premio a los demás.

»Además de llevarse la ignominia pública de ser el que peores chistes decía dentro del ámbito familiar, Goyo fue el merecedor de tal título en forma invicta durante tres meses. Alegó en cada uno de ellos que “no eran chistes, solo son comentarios u observaciones”.

»El concurso se suspendió después, en palabras de mi papá, por falta de equidad en la valoración de los chistes. Su humor, sencillo y fresco, era contagioso. Siempre lo disfruté. La imagen que tengo de él es con una sonrisa. Es la que me acompaña cada mañana porque la veo en mis hijas. Es la que quiero que ellas conozcan del abuelo al que tuvieron físicamente por poco tiempo, pero que siempre (siempre) será parte de ellas. Y, por supuesto, en la parte de mi memoria donde vive la felicidad».

Columnista y promotora cultural independiente. Licenciada en comunicación por la Universidad Iberoamericana Torreón. Cuenta con una maestría en educación superior con especialidad en investigación cualitativa por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Doctoranda en investigación en procesos sociales por la Universidad Iberoamericana Torreón. Fue directora de los Institutos de Cultura de Gómez Palacio, Durango y Torreón, Coahuila. Co-creadora de la Cátedra José Hernández.